Un proyectil alcanza un campo de refugiados en Trípoli
Un proyectil alcanza un campo de refugiados en Trípoli - REUTERS

Las luchas entre milicias sumen a Trípoli en la peor ola de violencia desde 2014

La guerra se ha instalado en la capital libia, donde el poder lo ostentan los grupos armados y las autoridades no logran frenar los enfrentamientos

Corresponsal en JerusalénActualizado:

«En algunos barrios de Trípoli el bombardeo es indiscriminado y en otros hay cierta sensación de normalidad, con la gente incluso en las cafeterías, pero esto no es una batalla más entre los distintos grupos armados de las que ya habíamos visto desde 2014, esto es más fuerte», asegura Emad Badi, analista político y escritor. Responde desde la capital libia a través de las redes sociales cuando los cortes de electricidad se lo permiten. No puede usar el teléfono porque la línea no es estable. Badi tiene 26 años y desde hace siete solo conoce la guerra, como el resto de libios que han visto cómo los sueños que tenían en 2011 tras el derrocamiento y asesinato de Moamar Gadafi se han convertido en pesadilla. Libia acelera el descenso al caos en el que vive desde la llamada «primavera árabe», que puso fin a 42 años de dictadura, y Trípoli se ha convertido en la última semana en el espejo al mundo de ese desgobierno absoluto. Al menos cincuenta personas han muerto a causa de los choques entre diferentes grupos armados y el Gobierno libio de Acuerdo Nacional (GNA), sostenido por Naciones Unidas, ha decretado el estado de emergencia.

La guerra se ha instalado en las calles de la capital y las autoridades son incapaces de controlar la situación porque la auténtica autoridad en las calles de este país la imponen los distintos grupos armados como la «Séptima Brigada», la milicia Al Kani, las Brigadas Revolucionarias de Trípoli, la Fuerza Especial de Disuasión (RADA), la Brigada Abu Selim o la Brigada Nawassi, inmersas en una especie de pulso por erigirse en la más fuerte para convertirse en el brazo armado del Gobierno que cuenta con el respaldo internacional.

Los choques estallaron el fin de semana pasado en una zona próxima al antiguo aeropuerto internacional de la capital y se han ido extendiendo por otros barrios. «No ha sido una sorpresa para nosotros y por eso tratamos de vivir con la mayor normalidad. Estos grupos combaten por el control de la capital desde 2014 y estos últimos choques no cesarán hasta que los que han perdido terreno vuelvan a recuperar algo de poder», piensa Nadia Ramadán, activista de la capital de 28 años que también atiende a este medio a través de las redes cuando la electricidad se lo permite y que como Badi pertenece a esa generación de libios que creció con Gadafi y fue protagonista de la guerra que acabó con el antiguo régimen.

Esta «no sorpresa» explica que no se haya producido un éxodo masivo de civiles, «lo que tenemos son desplazados que huyen de las zonas más calientes a otras partes de la ciudad», explica Badi. Muchos de ellos buscan refugio en escuelas y mezquitas, pero el lanzamiento de cohetes y morteros es indiscriminado y «no hay lugar seguro», lamenta.

Proceso negociador

En medio de la violencia, la Misión de Naciones Unidas para Libia (UNSMIL) convocó a los diferentes grupos armados a una reunión para tratar de frenar los combates a petición del GNA. El organismo internacional emitió un comunicado en el que anunció que un «encuentro urgente» entre las milicias «que tendrá lugar el mediodía del martes en un lugar que será anunciado más tarde», sin detallar qué grupos y milicias han sido convocadas. El Consejo de ancianos de Trípoli también se sumó al intento de negociar un alto el fuego, pero tampoco ha tenido éxito. Expertos consultados aseguran que en la capital el tejido social no es tan cohesionado como el de otras ciudades y por ello, de momento, ni los jeques, ni este consejo son capaces de frenar la destrucción.

Libia tiene en la actualidad dos gobiernos. El GNA, respaldado por la ONU y con el reconocimiento internacional, aunque con escaso poder sobre el terreno, como se ha visto una vez más esta semana, y un segundo en Tobruk, al este del país, salido de las elecciones de 2014. Este segundo Ejecutivo está bajo la tutela de Jalifa Haftar, ex coronel del régimen de Gadafi que en la década los ochenta fue reclutado por la CIA y devino en su principal opositor en exilio. Haftar está respaldado por países como Egipto, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos y es el auténtico hombre fuerte que ha logrado controlar las principales infraestructuras petroleras y formar la mayor fuerza militar del país.

Lucha por el poder

Mientras algunos expertos ven la mano de Haftar detrás de este repunte en la violencia en la capital, Ramadán no lo percibe de esta manera porque «ya había tensión entre los grupos desde hace tiempo. No pelean por un gobierno u otro, lo hacen solo para tener más y más poder, crecer para intentar que les reconozcan como una especie de armada legítima y así tener acceso a recursos ilimitados». Ramadán apunta a que en estos momentos «no hay forma de saber qué grupo es el más poderoso, son todos fuertes y por eso la lucha se alarga. Siempre alegan que ellos combaten por los libios que hacemos largas colas ante los bancos por culpa de una economía destrozada, pero en cierta forma son ellos realmente los que mandan en el país y hemos comprobado en los últimos años que no hacen nada por la sociedad».

Badi teme que ante la falta de poder exhibida, el GNA «decida actuar de forma reaccionaria y opte por legitimar a alguno de estos grupos armados» y advierte de que «esto permitiría a las milicias elegidas diversificar sus recursos como grupos armados, serían los administradores de la seguridad».

Al mismo tiempo que la ONU convocaba una reunión para tratar de impulsar el alto el fuego, milicias de la ciudad costera de Misrata anunciaban que se dirigían a la capital, y desde la vecina Zlitan apuntaron a que ellos también enviarán refuerzos a Trípoli para intentar controlar la situación. Como ocurre desde 2011, la guerra entre milicias avanza mucho más rápido que la diplomacia.