Protesta en Berlín, este sábado, de la comunidad kurda en protesta por los ataques de Turquía en Siria
Protesta en Berlín, este sábado, de la comunidad kurda en protesta por los ataques de Turquía en Siria - AFP

Kurdos: la soledad de los amigos de las montañas

Kurdistán es conocida como la mayor nación del mundo sin estado. Aunque no hay censos oficiales, diferentes estimaciones apuntan a que puede haber cuarenta millones de kurdos repartidos en cuatro países

Corresponsal en Jerusalén Actualizado: Guardar
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«Me siento traicionado y decepcionado. Ha habido venganzas anteriores, pero esta es especialmente agria porque los estadounidenses dieron su palabra de proteger Rojava (Kurdistán de Siria) a través de las patrullas conjuntas que comenzaron a realizar con los turcos en agosto y las milicias kurdas incluso desmantelaron sus defensas a petición de Washington. De pronto, Trump cambió de opinión», reflexiona el analista político Karwan Faidhi desde Erbil, capital de la Región Autónoma del Kurdistán en Irak (KRG, por sus siglas en inglés). El sentimiento de Faidhi se extiende a todos los kurdos que estos días siguen con inquietud la evolución de la operación «Manantial de Paz» que ha puesto Turquía en marcha al norte de Siria para crear una «zona de seguridad» a lo largo de su frontera.

Kurdistán es conocida como la mayor nación del mundo sin estado. Aunque no hay censos oficiales, diferentes estimaciones apuntan a que puede haber unos cuarenta millones de kurdos repartidos en cuatro países. La mayoría de ellos reside en Turquía, veinticinco millones, diez en Irán, ocho en Irak y aproximadamente tres millones en Siria. Es un pueblo indoeuropeo y su idioma es el kurdo, cercano al farsi que se habla en Irán.

En el prólogo de «Respirando fuego», libro dedicado a la lucha kurda por la supervivencia de los periodistas David Meseguer y Karlos Zurutuza, el también periodista y especialista en el mundo kurdo Manuel Martorell explica que «los kurdos son un factor fundamental en Oriente Medio» y destaca que para ellos, por lo general, «la identidad nacional está por encima de los valores religiosos, lo que posibilita que entre los kurdos haya musulmanes de distintas corrientes —suníes, chiíes, alevíes, sufíes—, así como cristianos, yazidíes, chabaquíes, kakáis e incluso judíos, reflejo de la tradicional diversidad religiosa de toda la región». Martorell, autor a su vez de ensayos como «Kurdistán: viaje al país prohibido» y «Kurdos», piensa que un Estado Kurdo tiene «difícil encaje en el actual contexto internacional. Su existencia supondría el surgimiento de una nueva entidad política en el corazón de Oriente Medio que controlaría buena parte de los recursos petrolíferos, gasísticos y acuíferos de los cuatro países que dividen Kurdistán». Unos recursos que son líneas rojas para Siria, Turquía, Irán e Irak.

Ocho traiciones

El único estado kurdo que existe es el que no se borra del imaginario colectivo de este pueblo que ha sufrido al menos ocho traiciones a manos de la llamada comunidad internacional. Desde la primera, en 1920 con la firma del Tratado de Sèvres, que ponía fin al Imperio Otomano y reconocía un derecho de autodeterminación que nunca se aplicó, hasta la de Trump, a comienzos de semana, cada vez que el mundo les ha dado la espalda resuena con fuerza el viejo grito kurdo de: «¡Las montañas son nuestras únicas amigas!» El problema en el valle de Éufrates donde pelean ahora contra las tropas turcas es que la orografía es diferente, se trata de un extensa planicie en la que ni siquiera las montañas acompañan a los combatientes.

Trump ha recogido el testigo de anteriores presidentes de Estados Unidos que también traicionaron a los kurdos como Richard Nixon, en 1972. Washington, alentado por el shá Reza Pahlevi de Irán, armó a los kurdos iraquíes para que se rebelaran contra el Gobierno de Bagdad, pero la ayuda se cortó en cuanto las autoridades de ambos países llegaron a un acuerdo y fueron aplastados por el Ejército. En 1991, acabada la Guerra del Golfo, George Bush exhortó a kurdos e iraquíes chiíes a rebelarse contra un debilitado Sadam Husein, pero su ayuda nunca llegó y fueron masacrados. «A esto hay que sumar lo que ocurrió en Kirkuk en 2017, tras el referéndum, cuando los peshmerga (forma de referirse en kurdo a los milicianos de las distintas facciones armadas y que se traduce como "quienes no temen a la muerte") tuvieron que retirarse ante la llegada del Ejército de Irak», recuerda Faidhi, que tiene grabada la pérdida de la considerada como la «Jerusalén kurda», una ciudad rodeada de pozos de petróleo.

Los cuatro kurdistantes

David Meseguer (Benicarló, 1983), coautor de «Respirando Fuego», lleva más de una década trabajando sobre la causa kurda. Su interés comenzó cuando se percató de la existencia de «una minoría en Oriente Medio a la que no reconocen sus derechos ni los cuatro estados en los que se reparte, ni la comunidad internacional». Viajamos de su mano a los cuatro kurdistanes para repasar la historia reciente y conocer su situación.

Turquía. «Tanto los kurdos, como los opositores a Erdogan sufren desde 2015 una represión máxima y deben elegir entre prisión o exilio», lamenta Meseguer a la hora de referirse al país que acoge a la mayor parte del territorio kurdo, cuya capital es Diyarbakir, al este de Anatolia. Los kurdos aspiran a lograr un régimen de autonomía local, pero para ello sería necesario cambiar una Constitución en la que ni siquiera se reconoce su existencia dentro de Turquía. Los últimos cuarenta años han estado marcados por la guerra entre el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y el Gobierno de Ankara, que sigue abierta y deja más de 40.000 muertos.

El PKK, partido milicia fundado por Abdula Ocalan («Apo»), una figura tan adorada entre los kurdos de Turquía y Siria, como respetado por los de Irán e Irak. «Apo» (que se traduce como «tío») permanece desde 1999 semi aislado del mundo en una prisión de la isla de Imrali, en el mar de Mármara. Su lucha ha servido de inspiración para los movimientos de resistencia contra las autoridades de Ankara, Damasco, Teherán o Bagdad (aunque el caso iraquí es especial por el peso de líderes locales como Masud Barzani y Yalal Talabani).

Irán. «Aunque es una minoría reconocida e incluso hay un provincia llamada Kurdistán, la situación es dramática por la aplicación sistemática de la pena de muerte contra los activistas kurdos», señala Meseguer al hablar del único de los cuatro kurdistanes que no ha visitado hasta el momento. Sanandaj es la capital de la provincia del Kurdistán, aunque los kurdos de la república islámica se extienden también por otras cuatro provincias. Los libros de historia recogen que aquí se instauró en 1946 la República de Mahabad, un Estado kurdo que gozó de una fugaz independencia gracias al apoyo de la URSS, pero que acabó aplastado por Teherán.

Desde 2004 la resistencia kurda se ha convertido en un quebradero de cabeza para el régimen islámico debido a las actividades del PJAK (Partido de la Vida Libre del Kurdistán, que es la facción iraní del PKK). Además del federalismo y de la democracia, su lucha armada está orientada a la expansión del «apoísmo» en Oriente Medio. Son frecuentes los combates entre los milicianos y la Guardia Revolucionaria a lo largo de la frontera con Irak.

Irak. «Tras el referéndum de independencia, les han obligado a volver a la situación que tenían en 2003 y vuelven a estar bajo un fuerte control de Bagdad», es la fotografía que hace Meseguer de la KRG, un Kurdistán marcado por el peso de dos grandes familias: los Barzani y los Talabani o lo que es lo mismo, entre el Partido Democrático del Kurdistán (KDP) y la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), con sus cuarteles generales en Erbil y Suleymania. Tras una cruenta guerra civil, desde 1998 estos dos clanes, que cuentan con sus respectivas milicias, respetan un acuerdo de paz y se han repartido el poder y los recursos en la región.

En su lucha contra Bagdad, los kurdos iraquíes sufrieron en 1988 a manos de Sadam Husein el ataque con armas químicas de Halabja, en el que 5.000 personas perdieron la vida, una de las tragedias grabadas en la historia reciente de los kurdos. Desde la invasión estadounidense de 2003, disfrutaban de una autonomía de la que nunca habían gozado. Perseguidos por Ankara, oprimidos por Teherán y silenciados por Damasco, es en suelo iraquí donde se hicieron más fuertes y lograron que su pueblo fuera reconocido por la nueva Constitución post Sadam. La región daba pasos firmes hacia la independencia y en 2017 celebró un referéndum en el que el pueblo votó de forma masiva a favor de la separación. La consulta se realizó con el único respaldo internacional de Israel y provocó el enfado del Gobierno central que, con el visto bueno de la comunidad internacional, no dudó en enviar al Ejército al norte. Desde entonces los kurdos se han visto obligados a ceder territorio y perdieron el control sobre la exportación de los 550.000 barriles de petróleo diarios que extraían de los pozos de Kirkuk.

Siria. «Se acabó el sueño de un proto estado kurdo», lamenta Meseguer cuando se refiere a un Kurdistán que visita con asiduidad desde que en 2012 alcanzara una especie de autonomía de facto de Damasco de la mano del Partido de la Unión Democrática (PYD), el brazo sirio del PKK. El Kurdistán de Siria se llama Rojava y está formado por tres cantones: Kobane, Yazira y Afrín. Desde el comienzo del levantamiento contra Bashar Al Assad intentaron mantener una posición neutral o de pacto de no agresión con el régimen. Los kurdos eran ciudadanos de segunda categoría para los distintos gobiernos baazistas, que nunca les reconocieron sus derechos y a partir de 2011 trabajaron para lograr la independencia de Damasco sin tener que pegar un solo tiro contra el Ejército.

El PYD estableció sus propios órganos de gobierno y en 2013 anunció la formación de un gobierno propio de transición siguiendo la teoría de la «tercera vía» (ni con el régimen, ni con la oposición) de su líder, Saleh Muslim. Desplegaron también a sus milicias (las Unidades de Protección Popular o YPG), que son las que hicieron frente al grupo yihadista Estado Islámico (EI) como punta de lanza de las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), coalición que respaldó Estados Unidos hasta comienzos de semana y que ahora se ha quedado sola frente a la operación «Manantial de Paz» lanzada por Turquía. Una ofensiva que busca alejar a las milicias kurdas de la frontera y que sigue el modelo de Afrín, el cantón kurdo que los turcos ocuparon a comienzos de 2018 y en el que realojaron a miles de familias sirias árabes que escaparon de los combates en Ghouta, el cinturón rural de Damasco.

«Después de lo que estamos viendo, no será sencillo que en Rojava vuelvan a fiarse de la administración Trump. Los kurdos han aprendido a lo largo de la historia que sus alianzas son coyunturales, pero lo de Trump ha sido toda una sorpresa por la forma en la que se ha producido», concluye el coautor de «Respirando Fuego» para finalizar este recorrido por una región del mundo que se ha convertido en su segunda casa.