El presidente Václav Klaus, durante la entrevista en Madrid - oscar del pozo

Klaus: ««La Europa de las regiones es una tragedia muy útil para los separatismos»

Paladín del euroescepticismo, el presidente checo critica el «dominio alemán» en la UE, y aboga por un retorno a los Estados nacionales fuertes

madrid Actualizado:

No es exagerado decir que Václav Klaus es la voz política checa por antonomasia, en especial desde la desaparición de Václav Havel hace ahora un año. Klaus lleva veinte años en la cumbre del poder en Praga, primero como primer ministro y, desde hace diez años, como presidente. Ayer presentó en el Foro ABC en Madrid —organizado por Deloitte y patrocinado por OHL— su ensayo «La integración europea sin ilusiones».

Nadie se hacía ninguna respecto a su postura sobre la Unión Europea. Klaus es un euroescéptico impenitente, el jeremías de la UE desde hace muchos años, aunque su voz suena cada vez menos en el desierto.

—En su libro defiende la tesis de que, si no se corrige, la UE desembocará en la Unión de Repúblicas Europeas Post-democráticas.

—Sí. Es una convicción teórica que asumo a priori. En mi opinión es imposible disfrutar de una democracia real a nivel de todo el continente europeo.

—¿Cómo lo comprueba?

—Lo veo a diario en mi quehacer político. Los que toman las decisiones en muchos asuntos en Bruselas están lejos y no tienen contacto real con los ciudadanos españoles o checos. Para aquellos europeos que vivieron bajo el yugo de Moscú durante cuarenta años, ese problema se percibe con más claridad.

—En 2005 usted propuso cambiar ls Unión Europea por una unión más «light» de estados, que propuso bautizar como Organización de Estados Europeos (OEE). No obstante, al final Vaclav Klaus se rindió y firmó el tratado de la UE...

—Fui el último en hacerlo. Y lo hice porque no quería crear ninguna crisis en Europa una vez que ya sólo faltaba mi firma. Pero lo hice con gran dolor.

—¿Ha cambiado desde entonces?

—No he cambiado desde que ya en 1991 defendí la relación intergubernamental por encima de la supranacional. Sí, creo de verdad en una relación entre Estados fuertes y no en una unificación de Europa basada en una especie de sentimiento supranacional.

—Hablamos de unidad entre iguales, pero ¿no demuestra la actual crisis que estamos todos cada vez más supeditados al «diktat» de Alemania?

—Como presidente de un país vecino de Alemania yo prefiero no hablar de «diktat»; me inclino más por el término «dominio». Creo que en la relación de países dentro de la Unión se puede aplicar el sentido «orwelliano» de que no todos los animales son iguales.

—Muchos opinan que el poder de Alemania se contiene mejor gracias a las instituciones europeas...

—Sí, eso dicen los teóricos europeístas. Sin embargo, vemos que el dominio alemán es mayor ahora con la moneda común que lo que fue antes. El supranacionalismo facilita ese dominio, porque a través de las instituciones comunitarias la influencia que ejerce Alemania se hace invisible.

—La visión de los fundadores de la Unión, en particular la de Schuman y Adenauer, era sin duda supranacional, pero también estaba fundada en una herencia cristiana que al final no ha sido incorporada al tratado. ¿Cree que ya no es válida?

—Personalmente no creo que la principal motivación de Schuman y Adenauer fueran sus valores cristianos sino una más pragmática: superar definitivamente las consecuencias de la Segunda Guerra mundial. Pero sí creo que Europa solo puede existir y ser diferente del resto en la mendida en que conserve sus tradiciones y valores. La decisión de eliminar la referencia al cristianismo en el tratado ha sido una locura. Yo esperaba que en países de vieja tradición católica como España iba a darse una oposición mayor a esa jugada política, pero he visto con decepción que su gobierno no ha defendido en Europa esos valores. Lo entiendo en parte porque ese debate correspondió a los años del señor Zapatero.

—Usted recuerda en su libro que hace diez años se decía respecto al euro: «los que mantengan su moneda lo pagarán caro»...

—El tiempo ha demostrado que el euro fue una mala idea. Cualquiera con una percepción elemental de la economía lo dijo en su momento, ante la idea de fusionar las monedas de 17 países diferentes y heterogéneos.

—¿Debe dejar Grecia el euro?

—No si lo hace contra su voluntad porque alguien le empuja a hacerlo. Pero si me pregunta si no sería bueno para Grecia dejar la moneda común, mi respuesta es ¡sí! Como profesor de economía, no como presidente de Chequia, pienso que sería bueno que a Grecia se le ayude a salir del euro, y que no se la demonice por ello.

—Profesor, ¿sería bueno para España dejar el euro?

—(Sonríe) España es demasiado grande para que yo pueda entenderla. Hablando en serio, no es posible la comparación con Grecia. Tiene una economía fuerte y diversificada. El problema principal de España es el de vivir por encima de sus posibilidades, y generar deuda en todos los niveles. Eliminar eso es siempre muy problemático.

—¿Ve alguna similitud entre la división de Checoslovaquia en 1993 y la tensión creada en España por los nacionalismos separatistas?

—Yo nací en Checoslovaquia y nunca quise separar el país. Me vi implicado en ese proceso cuando ya se vio inevitable. Mi esposa es eslovaca y no nos divorciamos después...

—¿Cómo observa el fenómeno catalán?

—Le cuento una anécdota. Estuve hace veinte años en Barcelona dando una conferencia y fui invitado por el presidente Pujol a la sede del gobierno regional. Llegó tarde a la cita, y se excusó diciéndome: «Perdón por llegar tarde, pero es que he estado negociando con el Gobierno español». Yo me quedé sorprendido, y eso que ya estaba implicado en el problema checoslovaco. Si me hubiese dicho:«He tenido que negociar con el Gobierno central», me hubiera parecido más comprensible. Esa tentación por la ruptura es, me parece, muy antigua, pero pienso que sólo contribuye a desestabilizar los países europeos.

—¿Qué opina de la iniciativa de la UE de la Europa de las regiones? ¿Puede ser una solución integradora, como afirman muchos?

—Es una fórmula trágica, elaborada por los fanáticos de la Unión Europea que quieren acabar con los estados nacionales de Europa. Es lógico que quienes apuestan por un superestado con capital en Bruselas piensen que es más fácil gobernar sobre, no sé, trescientas regiones, pequeñas y dóciles, que hacerlo sobre 27 estados fuertes. La «Europa de las regiones» es una ideología muy peligrosa que viene como anillo al dedo a los viejos movimientos separatistas.

—¿Por qué teme tanto a los eurócratas de Bruselas si, en términos cuantitativos, no son tantos?

—Mi principal enemigo no son los burócratas de la UE. Ellos son el resultado de algo. Y ese algo son los ideólogos que han concebido la actual construcción europea. Ellos son mis principales enemigos.

—Con la Europa comunitaria llevamos muchas décadas de paz en el continente, ¿no es eso suficiente para apoyarla?

—¡Por supuesto que es suficiente! Pero los años de paz no se deben a la Unión Europea. La paz que llegó tras la caída de la URSS en 1989 se debió a la bipolaridad mundial, y a la lucha de Estados Unidos y de los países del este contra el yugo soviético. Si nos fijamos en lo que ocurrió en Yugoslavia no tenemos muchos motivos para aplaudir la política común europea.