El juicio al Chapo retrata los sobornos y la violencia del narco

El interrogatorio a Zambada, que ayer llegaba a su segundo día en los juzgados federales de Brooklyn, sirvió a la acusación para acumular evidencias contra el Chapo y sus actividades delictivas

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

Jesús ‘el Rey’ Zambada era uno de los lugartenientes del cartel de Sinaloa y ahora es una de las principales amenazas para el que fuera el líder de esa organización terrorista. Zambada es uno de los dieciséis testigos provenientes del narcotráfico que la fiscalía estadounidense presenta estos días en el macrojuicio en Nueva York contra Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, más conocido como ‘el Chapo’.

El interrogatorio a Zambada, que ayer llegaba a su segundo día en los juzgados federales de Brooklyn, sirvió a la acusación para acumular evidencias contra el Chapo y sus actividades delictivas. Pero también fue un retrato de un país, México, tomado por los sobornos y la violencia. El Rey manejaba las actividades del cartel de Sinaloa en la Ciudad de México, donde reconoció que era habitual que desembolsara unos 300.000 dólares al mes en sobornos, que llegaban a todos los niveles de las fuerzas de seguridad y del Gobierno. El dinero de la droga llovía a la policía federal, a la policía local, a la judicial, a la fiscalía, a las autoridades aeroportuarias, a generales del ejército y hasta a la Interpol. «Dale 500.000 dólares a este abogado que se lo va a dar al director de la fiscalía», instruía el Chapo. «Dale otros 500.000 dólares a ese general».

Su testimonio también mostró parte del sistema de introducción de droga en EE.UU. -túneles subterráneos, camiones con dobles fondos, un ejército de utilitarios con pocos kilos de droga cruzando la frontera en Ciudad Juárez- y la guerra entre narcos por controlar el negocio. Zambada relató los asesinatos entre el grupo formado por el Chapo, su hermano -Ismael ‘el Mayo’ Zambada- y otros contra los hermanos Arellano-Félix del cartel de Tijuana, a los que el propio Zambada sobrevivió de milagro. No tuvo la misma suerte su hermano, Vicente, que murió a tiros en su casa de Cancún o los seis integrantes del cartel de Tijuana que cayeron en un famoso tiroteo en una discoteca de Puerto Vallarta en 1992, donde se presentaron una treintena sicarios de Sinaloa y abrieron fuego.