Puesto ambulante en Corea del Norte. En los márgenes de las carreteras hay puestos ambulantes donde se sirve hasta comida
Puesto ambulante en Corea del Norte. En los márgenes de las carreteras hay puestos ambulantes donde se sirve hasta comida - PABLO M. DÍEZ

«Jangmadang»: El capitalismo se abre paso en Corea del Norte

Kim Jong-un ha retomado el diálogo para que las sanciones no dañen la economía, que había mejorado gracias a un tolerado libre mercado

ENVIADO ESPECIAL A SEÚLActualizado:

Ni siquiera Corea del Norte, el país más aislado del mundo, puede impedir que el capitalismo traspase sus herméticas fronteras. Blindado por sus armas atómicas, el régimen estalinista de Pyongyang aspira a seguir viviendo como en tiempos de la extinta Unión Soviética o de la China de Mao, con una economía planificada donde el Estado proporcione todos los servicios y alimentos y no haya espacio para la iniciativa privada. Pero esta utopía socialista se derrumba como un castillo de naipes con solo mantener los ojos abiertos para ver más allá de lo que muestra la propaganda en las siempre controladas visitas al país.

A pie o en bicicleta, por sus carreteras tercermundistas pulula un río de gente acarreando fardos de un lado para otro. Evitando las calles principales, en sus ciudades y pueblos se divisan puestos ambulantes y hasta bulliciosos mercados donde se puede encontrar prácticamente de todo: desde verduras cultivadas por los campesinos de las cooperativas estatales en los patios de sus casas hasta artículos de pequeño consumo traídos de contrabando desde la frontera con China. Sin que las autoridades puedan ponerle freno, se trata de una economía de libre mercado que se remonta a mediados de los 90. La caída del bloque comunista en la Europa del Este y luego la «Gran Hambruna», que se cobró entre 800.000 y dos millones de vidas, hundieron al régimen y dejó de funcionar el Sistema Público de Distribución de Alimentos que, hasta entonces, garantizaba la supervivencia de la población con cartillas de racionamiento.

A partir de ese momento, los norcoreanos dejaron de confiar en el Estado y aprendieron a buscarse la vida por su cuenta. «Aunque mi padre era comisario político en una fábrica estatal de pasta y cepillos de dientes, donde tenía que trabajar desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde, vendía de estraperlo gasolina y arroz porque con su sueldo de 3.000 won no podíamos comprar nada», recuerda un joven que nació en plena hambruna en la provincia de Hamgyong del Norte, fronteriza con China, y se oculta bajo el nombre ficticio de Kim Gun-yong tras desertar a Corea del Sur hace tres años. A cambio de pagar un dinero a la compañía estatal, su padre solo tenía que ir a trabajar tres días al mes y podía dedicar el resto del tiempo a sus negocios particulares: traer gasolina en garrafas desde la frontera con China y arroz «desviado» de alguna cooperativa de la provincia de Pyongan del Sur. Por supuesto, todo esto lo hacía pagando sobornos a la Policía y a los militares de la frontera, el método habitual de hacer negocios en Corea del Norte.

Supermercado para la élite en Pyongyang, donde se vende desde carne congelada de Australia y latas de Pepsi hasta coñac Hennessy
Supermercado para la élite en Pyongyang, donde se vende desde carne congelada de Australia y latas de Pepsi hasta coñac Hennessy - PABLO M. DÍEZ

Gracias a esta complicidad de las autoridades, que suplen con las «mordidas» sus exiguos salarios, algunos economistas calculan que hasta el 80 por ciento de los norcoreanos vive del comercio privado, según recoge el libro “La revolución oculta”, de Jieun Baek. Aunque es imposible saber la cifra exacta porque el régimen lleva sin publicar estadísticas desde los años 60, ya hay una generación que no ha recibido nada del Sistema Público de Distribución y solo ha dependido del «Jangmadang», como se denomina en coreano a los mercados.

Como la moneda nacional, el won, no vale nada, en el mercado negro se paga con dólares o, cerca de la frontera con China, con yuanes. Las divisas son la base de este sistema porque un sueldo medio, que suele estar en torno a los 3.000 won, no alcanza ni para comprar un kilo de arroz, que vale un dólar (7.800 won). En Pyongyang, los supermercados para la élite venden desde latas de Pepsi hasta carne congelada de Australia pasando por coñac Hennessy a 250 euros la botella.

Además de comida, ropa y otros artículos para la vida cotidiana, a través de los mercados ha entrado información procedente del exterior que está provocando importantes cambios sociales en Corea del Norte. «Primero en cintas VHS, luego en DVD y finalmente en lápices USB, llevo desde los diez años viendo series surcoreanas y películas de Hollywood, que nos muestran un mundo totalmente distinto a los horrores que nos enseña la propaganda sobre el exterior», explica Kim Gun-yong en una cafetería de Seúl.

A pesar de la feroz represión por ver difundir y ver dichas películas, que va desde la cárcel hasta ejecuciones públicas para dar escarmientos, nada disuade a los norcoreanos de saciar su curiosidad con estas ventanas al mundo. Más difícil aún resulta parar la economía privada que han traído los mercados, que han conseguido mejorar la situación del país tras la «Ardua Marcha», como la propaganda denomina a la «Gran Hambruna». Ni siquiera la repentina devaluación del won en 2009, cuando el régimen le quitó cien veces su valor para atajar el mercado negro, ha impedido que se hayan amasado auténticas fortunas privadas.

«Boom» inmobiliario

«Ha habido un ˝boom˝ inmobiliario y algunos pisos llegan a costar hasta 150.000 dólares (125.000 euros), ya que los constructores privados ayudan a las autoridades locales a cumplir su cuota anual de viviendas y luego se quedan con las mejores para venderlas», desgrana Kim Hyuk, un desertor también de la provincia de Hamgyong del Norte que pertenece a la Academia de Estudios Coreanos.

De igual modo, en la ciudad de Pyongsong, cercana a la capital, se montan en casas particulares talleres de entre 20 y 30 trabajadores que confeccionan ropa o fabrican calzado con materiales traídos de China. «El régimen no solo tolera estas empresas privadas, sino que las está potenciando con una campaña para fomentar el consumo de artículos nacionales en lugar de importados», revela Choi Sun-young, analista de la ONG North Korea Database for Human Rights (NKDB) que se dedica a entrevistar desertores. En los últimos tiempos, ha detectado que ya no huyen de Corea del Norte campesinos hambrientos, sino urbanitas de clase media bien educados frustrados por la falta de avances en el país.

«Hasta ahora no se habían visto estos cambios en la mentalidad de la clase media, que es la que puede transformar la sociedad», advierte esta experta. De hecho, esta parece ser una de las razones que han llevado al joven dictador Kim Jong-un a retomar el diálogo tras años de tensión constante por sus pruebas atómicas y de misiles. Junto a la confianza del régimen en su programa nuclear, que le permite volver a la mesa de negociaciones con mejores cartas, el endurecimiento de las sanciones está dañando a la economía, que había mejorado en los últimos tiempos gracias a este floreciente libre mercado. Tras blindarse con sus armas nucleares para disuadir a Estados Unidos de un cambio de régimen, Kim Jong-un propugna la política «Byongjin» de desarrollo económico para impulsar el crecimiento y garantizar la estabilidad social.

Para ello, necesita recuperar el comercio con China, que le cortado el grifo al reducirle sus envíos de petróleo y sus compras de carbón, marisco y ropa. Modulando su anacrónico régimen estalinista, Corea del Norte elude su colapso tolerando el capitalismo del «Jangmadang», que en el futuro podría traer una apertura económica y social a la china.