DE RÍO DE JANEIRO A GUADALAJARA PASANDO POR MADRID

josé ignacio salafranca sánchez neyra/
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La flamante Unión Europea ampliada y los países de América Latina y el Caribe celebran su III Cumbre, congregando en Guadalajara (México) a 58 Jefes de Estado y de Gobierno. Río, Madrid y México deben significar una sola cosa: promesas cumplidas, planes de acción llevados a cabo, acuerdos firmados y en vigor, y todo ello en aras de alcanzar una verdadera Asociación estratégica Birregional. Más allá de los buenos deseos y de las retóricas declaraciones que se suelen prodigar en este tipo de reuniones, serán iniciativas precisas y específicas las que permitirán transitar de un presente, calificado por algunos como el paradigma de la complejidad, a un futuro que entre todos debemos prevenir y anticipar.

Precisamente en aras de influir y aportar elementos novedosos y concretos a la Cumbre, una amplia delegación de parlamentarios europeos y latinoamericanos, representantes de los Parlamentos Europeo, Latinoamericano, Andino, Centroamericano y de la Comisión Parlamentaria de Mercosur, nos reunimos en Puebla en marzo pasado. En dicho foro interparlamentario, y a instancias de la delegación europea, que tuve el honor de presidir, se adoptó un decálogo preciso y limitado de medidas específicas que proponer a la Cumbre en los ámbitos político, económico, social y cultural.

En Puebla consideramos que la Cumbre de Guadalajara debería alumbrar, en primer lugar, en lo político, la puesta en marcha de una Asociación Política y de Seguridad euro-latinoamericana. El objetivo no es otro que el de posibilitar un marco birregional de paz y estabilidad sustentado en el respeto a los derechos humanos, la primacía de la democracia y el Estado de Derecho. Ello pasa por reforzar los mecanismos institucionales de la Asociación. Un primer paso importante lo constituiría la creación de una Secretaría Permanente euro-latinoamericana, que permitiría la evaluación continuada de la ejecución de lo decidido en las sucesivas Cumbres. Además, si fuésemos capaces de dotarnos de una Asamblea Transatlántica euro-latinoamericana, se habilitaría un espacio de encuentro, de discusión profunda y estructurada sobre los retos comunes y la manera de afrontarlos con eficacia. El diálogo parlamentario constituye un componente esencial del diálogo político, que se vería así reforzado con esta Asamblea. El diálogo político-ministerial, hasta ahora existente, ha de ser adaptado al nuevo contexto de la asociación birregional. Tanto a nivel parlamentario como a nivel intergubernamental, la agenda política ha de ampliarse para abarcar todos los temas relevantes para ambas partes, incluyendo por supuesto cuestiones de candente actualidad como la seguridad internacional, la lucha contra el terrorismo y las amenazas a la gobernabilidad o la reforma del sistema de Naciones Unidas. Los anhelos de paz de nuestros países deberían encontrar un referente sólido en una Carta euro-latinoamericana para la paz y la seguridad. La negociación de dicha Carta habría de permitir la profundización del diálogo también en materia de seguridad y defensa, dando pie a posibles futuras iniciativas, como la creación de un Centro Birregional de Prevención de Conflictos. Más allá del diálogo entre parlamentos y entre gobiernos, el tercer vértice del triángulo de relaciones políticas entre ambas regiones lo constituye la Sociedad. La adopción de cauces innovadores de participación de la sociedad civil en foros consultivos regulares dotaría a los ciudadanos europeos y latinoamericanos de los mecanismos necesarios para canalizar sus aportaciones y efectuar un seguimiento de los acuerdos existentes, colocando de este modo a la sociedad en el centro de la Asociación euro-latinoamericana.

Un segundo ámbito de gran relevancia es el económico y comercial. América Latina representa, a grandes rasgos, el 6% del comercio exterior y el 12% de las inversiones directas de la UE. La UE es el segundo socio comercial de toda la región en su conjunto, pero el primero de Mercosur y Chile.

Sin embargo, las relaciones transatlánticas no se caracterizan precisamente por su monogamia, sino que parecen ser cosa de tres. Si miramos a la pareja transatlántica del hemisferio Norte, comprobamos cómo las divergencias políticas en algunas cuestiones entre la UE y los EE.UU. se convierten en una asombrosa interdependencia económica y comercial, con unos intercambios comerciales que se sitúan alrededor de los 800.000 millones de dólares anuales, lo que hace que estos dos bloques sean el principal socio comercial y financiero del otro. En esta misma línea, bastante más de la mitad de las nuevas inversiones en Europa provienen de los EE.UU., mientras que Europa, por su parte, a pesar de la importancia renovada de la inversión española en Iberoamérica, invierte más en el Estado natal del presidente Bush, Texas, que Japón en los 50 Estados de la Unión.

Constatamos, por tanto, que los deberes conyugales no son cumplidos de manera del todo equilibrada en el triángulo transatlántico, si pensamos que nos estamos moviendo en torno a unas cifras de comercio que varían según la coyuntura y que, en lo que se refiere a las importaciones europeas de Iberoamérica, se sitúan entre los 50 y los 60 mil millones de dólares. Por lo tanto, larga y compleja será la terapia familiar por medio de los nuevos Acuerdos de Asociación, que han sustituido a los que en su día impulsó, en un claro sentido modernizador, Abel Matutes.

La Unión Europea ha suscrito amplios y completos Acuerdos de Asociación: el primero, con México; con posterioridad, y bajo presidencia española de la Unión, se rubrica el acuerdo con Chile; y también Madrid fue escenario de la decisión de dar un impulso notable para concluir rápidamente otro acuerdo similar con Mercosur, que en la actualidad se encuentra en una fase muy avanzada de negociación. Estos Acuerdos de Asociación se caracterizan fundamentalmente por una liberalización progresiva y recíproca de los intercambios, más allá de las previsiones de las rondas negociadoras de la Organización Mundial de Comercio. La Cumbre de Madrid de mayo de 2002, bajo presidencia española de la Unión, sirvió igualmente para impulsar y renovar sendos acuerdos de cooperación y diálogo político con América Central y la Comunidad Andina. A día de hoy, las realidades y necesidades de esas zonas han sobrepasado el marco estrecho ofrecido por los citados acuerdos, y ahora lo que toca es la conclusión de ambiciosos Acuerdos de Asociación con dichas áreas geográficas. La Cumbre de Guadalajara debe asumir el compromiso de iniciar estas negociaciones lo antes posible, y de no vincular ni condicionar su conclusión al progreso de las diferentes rondas negociadoras en la Organización Mundial de Comercio. El objetivo final del estrechamiento de los lazos comerciales entre la Unión y América Latina, una especie de ALCA con alma fundamentada en los valores que nos unen, no es otro que el de la consecución de un Acuerdo de Asociación Global entre las dos regiones, allá por el año 2010. Estos esfuerzos han de verse acompañados por el apoyo y el decidido impulso a los procesos de integración regional en América Latina.

El tercer y último ámbito de relación que la Cumbre debe impulsar es el de la cooperación al desarrollo y la cooperación cultural. La Unión Europea debe fortalecer su compromiso con la lucha en América Latina contra la pobreza, que está amenazando los logros que se han conseguido en los ámbitos de la convivencia y la democratización. Una aportación fundamental ha de ser la puesta en marcha de un Fondo de Solidaridad Birregional, tal y como ha venido reiterando el Parlamento Europeo en numerosas ocasiones. Dicho fondo se debe orientar a la gestión y financiación de programas sectoriales relacionados, en una primera fase, con la lucha contra la pobreza extrema, la salud, la educación y las infraestructuras en los países y regiones con menor renta por cápita. Se trata por tanto, de focalizar la atención allí donde los recursos son más necesarios y escasos, y de hacerlo aunando los esfuerzos financieros de organismos internacionales vinculados a la cooperación al desarrollo con los que dispone la propia Unión Europea, en un esfuerzo movilizador de recursos que atraiga asimismo a otros países interesados en aportar contribuciones. La lucha contra la pobreza también debe abordarse a través de programas más amplios en los ámbitos de la educación, la cultura, la salud y la migración. Ya existen mimbres importantes para empezar a construir este cesto; la apertura a los países latinoamericanos de los programas comunitarios Sócrates, Leonardo y Raphaël fortalecería los intercambios relativos a los ámbitos de la formación profesional, la enseñanza de nuevas tecnologías y la cooperación cultural. En el ámbito de los movimientos migratorios, la lucha contra la inmigración ilegal y la integración de los emigrantes legales son retos que se han de afrontar con un diálogo sincero y constructivo entre las dos regiones, de forma que incluso se pueda asumir la posibilidad de gestionar conjuntamente los flujos migratorios entre ambos lados del Atlántico.

América Latina no necesita dádivas, sino oportunidades. En el mundo globalizado en que vivimos, no hay mayores oportunidades que las derivadas de la apertura, el comercio y la inversión, la integración y el diálogo. La Unión Europea y América Latina se necesitan mutuamente, y por eso creemos llegado el momento de establecer objetivos más concretos y ambiciosos en el camino hacia la Asociación Estratégica Bi-regional. La Unión Europea está en fase constituyente y la Historia nos dirá cuál es su diseño definitivo. Lo que sí estamos en condiciones de afirmar es que esta Nueva Europa que estamos construyendo tiene que saber hacer honor, y ese es un reto que nos afecta especialmente a nosotros como parlamentarios españoles y europeos, a sus viejos compromisos con sus viejos amigos de América Latina.