AP  Dos judíos ortodoxos viajan en un autobús decorado con un cartel electoral del partido religioso Shas

Israel se cita con las urnas bajo la sombra de Sharón y las amenazas de Hamás e Irán

Las elecciones, dominadas por la apatía de la campaña, ponen el punto y final a una era y son decisivas para el futuro de israelíes, palestinos y de todo Oriente Próximo

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JUAN CIERCO. CORRESPONSAL

JERUSALÉN. Israel se enfrenta en 48 horas a las elecciones más cantadas pero también más decisivas de su convulsa historia. La paradoja resume a la perfección la sensación de los ciudadanos de este país, quienes se han mantenido al margen de la campaña para disgusto de los partidos políticos implicados en la misma pero son conscientes de que el actual contexto regional e internacional no permite un descuido, por mínimo que sea, y exigen un Gobierno fuerte obligado a tomar decisiones que, a buen seguro, diseñará la nueva arquitectura de Oriente Próximo para las décadas venideras.

La victoria del Kadima, el partido creado por Ariel Sharón tras su salida, con portazo incluido, del Likud poco antes de caer en coma el 4 de enero, parece, en efecto, cantada.

La clave del número de escaños

La clave, conocer el número de escaños que será capaz de obtener Ehud Olmert, quien todavía se pregunta perplejo qué ha hecho él para merecer esto. Olmert y el Kadima necesitan entre 36 y 40 escaños, como mínimo, para poder formar una coalición de Gobierno, el sistema electoral israelí impide las mayorías absolutas, que no cuente con rebeldes en su estómago y le permita avanzar en su plan de hechos consumados, recogiendo el guante, el testigo y el legado de su mentor.

De lograr ese respaldo imprescindible, Olmert comenzará poco a poco a trazar las futuras fronteras del Estado de Israel, que pretende sean definitivas y permanentes, con o sin el visto bueno de los palestinos, a partir de 2010.

Y el recorrido de esas fronteras, condicionadas por el muro ilegal de Cisjordania; la reciente evacuación de la Franja de Gaza; la separación física de los palestinos; la contundente victoria electoral de Hamás en las legislativas del 25 de enero; la capitalidad eterna e indivisible de Jerusalén, innegociable; la conservación, por motivos de seguridad y de interés demográfico, del valle del Jordán y de los grandes bloques de asentamientos judíos de las llamadas Judea y Samaria (Gush Etzion, Maale Adumim, Ariel), determinará la nueva cartografía de Oriente Próximo, en este caso con el visto bueno o no de sus vecinos árabes, con unos en estado de guerra (Siria, Líbano); con dos (Egipto y Jordania), en paz.

No son pues estas elecciones israelíes cuestión baladí, por mucho que el electorado mire con más interés al hospital Hadassah en el que se reta a diario con la muerte Ariel Sharón; se fije en Gaza y Cisjordania para atisbar las primeras medidas del Gobierno de Hamás; se detenga en Teherán para comprobar cuan rápido y amenazador avanza el programa nuclear iraní, observe el ir y venir de las capitales árabes y musulmanas todavía retorcidas por la polémica de las caricaturas de Mahoma; vigile el patio trasero de sus casas, calles y ciudades, ante la presencia de células de Al Qaida no sólo ya en las fronteras con el Líbano o el Sinaí egipcio sino al otro lado del muro ilegal.

Sin galones

El contexto regional e internacional no invita pues al optimismo. Menos aún cuando los israelíes se paran a observar a sus nuevos líderes, sin pasado heroico que llevarse a su currículum; sin experiencia militar que les acredite victoria alguna en las muchas guerras libradas por Israel antes, durante y después de su creación; sin participación directa en la formación del Estado de Israel hace 58 años, en el desarrollo de sus programas nuclear y aeropespacial, en la consolidación de su Ejército...

No asoman en Israel un David Ben Gurión, un Isaac Rabin, un Ariel Sharón, un Isaac Shamir... Por no ser ya no es el mismo siquiera, difícil serlo a sus 80 años de edad, el sempiterno Simón Peres, acreedor tan sólo de un papel secundario en las filas del Kadima, lejos del laborismo de toda su vida.

El nuevo primer ministro de Israel que salga el martes de las urnas, en una jornada que estará dominada a su vez por enormes medidas de seguridad ante la amenaza de atentados de los grupos radicales palestinos, el mismo que tendrá que enfrentarse al Gobierno de Hamás, al programa nuclear iraní, al terrorismo yihadista vestirá de abogado cuyo primer reto será luchar contra la alargada sombra de Sharón (Ehud Olmert); seguido de lejos de un sindicalista marroquí recién llegado al feudo burgués ashkenazí por excelencia (Amir Peretz) y de un diplomático más fiel a sus ambiciones personales que a sus principios políticos (Benjamín Netanyahu).

Estas elecciones en las que también asoman la cabeza, como muestra del mosaico imposible de esta sociedad, los rusos emigrados y los árabes-israelíes acorralados; los colonos resignados y los ultraortodoxos, sefardíes y ashkenazíes, rebotados; los etíopes olvidados y los ultranacionalistas racistas; los pacifistas marginados y los pensionistas rebeldes, serán recogidas con el tiempo por los libros de Historia como aquellas que pusieron fin a una era en el sionismo y que supusieron el final del sueño del Gran Israel.

El objetivo de casi todos, y en eso y en su carácter unilateral coinciden los unos con los otros, la separación física y definitiva de los palestinos bajo el paraguas entregado de la comunidad internacional: Israel quiere la paz pero sin los árabes.