¿Es el islam una religión violenta? Dos visiones enfrentadas

Jon Juaristi asegura que la diferencia entre el yihadismo actual y la yihad de toda la vida reside en la tecnología, que hoy permite matar mucho más

Rafael Ortega señala que hay que discernir entre el hecho religioso y la manipulación con fines espurios

Actualizado:12
  1. «La diferencia entre el yihadismo actual y el de toda la vida es la tecnología», por Jon Juaristi

    La primera vez que me trataron de islamófobo fue hace once años, en carta dirigida al director de este periódico, firmada por medio centenar de insignes lameculos del Instituto Cervantes devenidos insurgentes tras las elecciones del 14 de marzo de 2004. Yo permanecía al frente del mencionado organismo (pues seguía en funciones el último Gobierno de Aznar). Lo de islamófobo me lo había merecido por desmentir en ABC a Juan Goytisolo que, desde Marruecos, afirmaba estar recibiendo noticias de violentas represalias en España contra los musulmanes por los recientísimos atentados de los trenes de Atocha.

    Islamófobo era un término que todavía no estaba de moda. Lo utilizaban sólo unos cuantos cursis, casi todos emboscados en la cosa cultural cervantina. Poco después me lo aplicarían algunos morabitos españoles en sus blogs islámicos o islamistas, lo mismo da. Por ejemplo, un tal Abdennur Prado -colaborador de «El País» en esas fechas-, que me acusaba de estar justificando «el futuro genocidio de los musulmanes europeos». Menudo elemento, el Abdennur, que animaba el cotarro, aquellos días del zapaterismo flamante, hablando de la esclavitud a la que sometía la católica España a miles de inmigrantes musulmanes. Pertenecía a la banda de otro converso al islam con quien tuve el dudoso placer de compartir despacho en la universidad vasca y que repartía panfletos antisemitas entre los estudiantes abertzales. Nosotros, islamófobos. Ellos, en cambio, cándidas palomas. No hablemos ya de los insultos que dedicaban usualmente a la Iglesia católica y al cristianismo en general camaradas de Abdennur como Abdelmumin Haya y Alí González. Incitar al odio contra judíos y cristianos era legítimo y estupendo, pero poner pegas al islam… ah, no, eso era fascismo, según Abdennur. Será en premio a tanta ecuanimidad por lo que le hicieron consultor de la ONU y nadie le impide seguir adoctrinando reclusos en centros penitenciarios españoles, gobierne quien gobierne.

    Por supuesto, el islam no me entusiasma. Siento por él tanta simpatía como la que sus adeptos profesan al judaísmo y al cristianismo. La relación etimológica que algunos postulan entre las palabras árabes islam y salam («paz») constituye una parida rigurosamente falsa. Islam significa «sumisión». Es una religión de esclavos esclavizadores, no de hombres libres. Hay en el Corán muchos episodios que lo dejan claro, pero voy a limitarme a mencionar uno de ellos: aquel (Sura 18 o de la Caverna, 74-81) en el que el profeta preislámico al-Jidr o al-Jadir mata a un niño inocente, y, ante el estupor de Moisés, que presencia el asesinato, lo justifica afirmando que el niño estaba destinado a ser en el futuro un incrédulo que arrastraría a sus padres a la condenación eterna. Es lógico que una religión que propala especies tan racionales sólo haya podido imponerse a base de masacrar pueblos. La única diferencia entre el terrorismo yihadista actual y el del siglo VII reside en la tecnología, que hoy permite matar mucho más. En cuanto a lo que verdaderamente dice el Corán, el propio Abdennur Prado sostiene que se trata de «un texto fluido, irreductible a un sentido unívoco». Una «obra abierta», proclama el tío con todo el morro, citando a Umberto Eco. O sea, un texto que significará lo que Abdennur o el imán de turno decidan que signifique, según la circunstancia. Si toca Bush y política de cañonera, paz, disimulo y fraternidad multiculturalista; si toca Obama y blandenguería, como en estos últimos años, muerte al infiel. En fin, que tenemos que elegir. Sumisión o libertad. Islam o democracia. En este asunto no hay terceras vías.

  2. «Discenir entre el hecho religioso y su manipulación con fines espurios», por Rafael Ortega

    El discurso recurrente, y cada vez más extendido, de que el islam «no es una religión de paz» no se queda en ese enunciado, sino que esconde más tesis: que el islam es incompatible con la democracia, que ignora los derechos humanos, que denigra a la mujer, que no comparte «nuestros valores» (cualesquiera que estos sean), que, por lo tanto, es ajeno a nosotros (quien quiera que sea ese «nosotros») y no puede vivir en nuestras sociedades, luego hay que expulsarlo porque es intrínsecamente violento.De ahí a la islamofobia y a cometer delitos de odio -esos delitos que están basados en la intolerancia- va solo un paso que, desgraciadamente, estamos dando ya. Y a eso sí que hay que ponerle freno cuanto antes.

    Claro que también tenemos que huir del discurso «buenista» que consiste en reafirmar, cada vez que el islam se pone en duda casi siempre desde Occidente, como ha ocurrido demasiado a menudo en los últimos años, que es una «religión de paz, amor y flores». Es el discurso enarbolado por el islam oficial e institucional de más de un país árabo-islámico. Un discurso que está, a su vez, al servicio de las élites políticas. Lo cual nos llevaría a introducir la necesidad de distinguir entre los musulmanes y los poderes establecidos, mayoritariamente corruptos e inmovilistas, en numerosas ocasiones apoyados por potencias occidentales para preservar sus intereses en la zona y que anteponen la falsa estabilidad de gobiernos autoritarios a la democracia que puede conducir a gobiernos islamistas.

    La prueba más reciente, pero no la única, ha sido el silencio occidental ante el golpe de Estado de Abdelfattah al-Sisi, ministro del Interior, contra Muhammad Mursi, el primer presidente egipcio elegido democráticamente, pero que, para su desgracia, era islamista.

    Hablamos, por lo tanto, de musulmanes que quieren justicia social, dignidad, democracia y libertad (¿nos suenan extrañas estas reivindicaciones?), y que por eso se alzaron contra las cleptocracias de sus países que, al igual que los grupos violentos, comercian con la religión y la manipulan como se manipulan la Historia o la memoria. También entre nosotros se manipula la religión islámica trayendo a colación textos del siglo VII, nada más y nada menos, completamente descontextualizados con el fin de argumentar, de alguna manera, el enunciado con el que empezábamos esta columna: que el islam no es una religión de paz, sino violenta. ¿Es necesario recordar aquí que la mayoría de las víctimas de este terrorismo son musulmanes? ¿Que todos los colectivos musulmanes condenan enérgicamente, y siempre, este tipo de acciones violentas?

    Y nosotros, para ser justos, debemos ser capaces de discernir entre aquello que es hecho religioso -el islam, en este caso, y la relación que el creyente establece con lo que considera su Creador- de lo que es su utilización y manipulación con fines espurios, tanto políticos como aquellos en los que se recurre a la violencia. Es decir: distinguir entre islam y terrorismo, un terrorismo denominado «amenaza yihadista». Es un esfuerzo difícil en momentos de dolor, en semejante estado de psicosis, que exige dejar de lado las emociones, pero es necesario en nombre de esos valores: justicia social, dignidad, democracia y libertad. Valores que todos compartimos, musulmanes y no musulmanes.

    No, no es el islam el que se contradice con la paz, es el terror.