La (intransitable) vía chilena al socialismo

Uno de los mitos más arraigados en las izquierdas, desde los tiempos de los frentes populares hasta la Guerra Fría, fue el de la posibilidad de que las sociedades occidentales pasaran a ser regímenes

POR HORACIO VÁZQUEZ-RIAL
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Uno de los mitos más arraigados en las izquierdas, desde los tiempos de los frentes populares hasta la Guerra Fría, fue el de la posibilidad de que las sociedades occidentales pasaran a ser regímenes de socialismo real por vía pacífica. También fue uno de los menos cuestionados por la experiencia.

Chile parecía ser un país excepcionalmente dotado por la historia para ser el primero en recorrer ese camino, o así lo entendía la prensa: con un movimiento obrero precursor en América, con un Partido Comunista fundado por un personaje carismático, Luis Emilio Recabarren, en fecha tan temprana como 1912 (Partido Obrero Socialista de Chile), con un gobierno de frente popular en 1938, el de Pedro Aguirre Cerda, del que Salvador Allende fuera ministro de Sanidad, todo daba la impresión de orientarlo en ese sentido. Lo que olvidaban quienes limitaban su análisis de la realidad con la que se enfrentaba la Unidad Popular en 1970 a este aspecto de la cuestión, es que había también una derecha dura, más antigua que el movimiento sindical, con peso notable en el Ejército. No una hegemonía absoluta, como demostró el asesinato de los generales constitucionalistas Schneider y Prats, pero sí una influencia decisiva.

El triunfo de la Unidad Popular en los comicios del 4 de setiembre de 1970 lo fue por un margen escaso: apenas el 36,3 por ciento de los votos, frente al 34,9 por ciento de la coalición de derechas que promovía la candidatura de Jorge Alessandri y el 27,8 por ciento de la Democracia Cristiana liderada por Radomiro Tomic. Fue este último el que promovió a Allende a la Presidencia tras la firma de un Pacto de Garantías Democráticas. El primer intento de golpe de Estado, con la colaboración de miembros de la CIA, tuvo lugar apenas iniciada la andadura del nuevo gobierno y culminó con la muerte del general Schneider, un obstáculo para futuras asonadas.

El clima de golpe se había ido incubando desde mucho antes. Durante la Presidencia de Eduardo Frei (1964-1970), que había llegado a La Moneda con mayoría absoluta gracias a los votos de una derecha que quería impedir a toda costa el triunfo del ya entonces candidato Salvador Allende, la ultraderecha chilena, que se expresaba a través de movimientos como Patria y Libertad, había hecho circular un libro cuyo título haría fortuna: «Frei, el Kerensky chileno». Afirmaban las insuficiencias de Frei como freno al crecimiento de las izquierdas, y se enfrentaban directamente a él en temas cruciales como el de la reforma agraria que promovía y que abría la puerta a Allende, el Lenin chileno. No era ninguna fantasía: la izquierda chilena percibía un Lenin en el candidato socialista, como la izquierda española lo había percibido en Largo Caballero. Desde esa derecha, pues, se conspiró activamente desde los años sesenta para impedir cualquier probabilidad de gobierno socialista, fuera por la vía armada, fuera por la más discreta de las elecciones. Dentro y fuera del Ejército, con o sin la connivencia de la CIA, cuya trayectoria fue, en este terreno, cuando menos sinuosa hasta los primeros días de setiembre de 1973.

Huida hacia adelante

Pese a gobernar en minoría, Allende decidió actuar con la mayor autoridad desde el principio y aplicar las llamadas Cuarenta Medidas: con un tercio del padrón a favor, Allende metió a Chile en el Movimiento de No Alineados, una organización que aún hoy sigue en sus trece, pero que en aquella época estaba en su apogeo con el apoyo de la URSS; empezó por nacionalizar industrias tan poco estratégicas como la textil para llegar al cobre, a los teléfonos y a los laboratorios médicos; se lanzó a un proceso de nacionalización de la banca; firmó un acuerdo de participación obrera en todos los aspectos de la vida nacional, vinculando la Unidad Popular con la Central Única de Trabajadores, y preparó un proyecto de ley sobre Áreas de la Economía, limitando el derecho de propiedad al clasificarla en privada, mixta y social... ¿Esperaba realmente llegar al final de su mandato?

Ciertamente, Fidel Castro alentó a Allende durante su visita de 1971 a Chile, que duró cerca de un mes, mientras los servicios de Inteligencia de Cuba, según contaría décadas más tarde el arrepentido Norberto Fuentes en «Dulces guerreros cubanos», hacían el relevamiento militar del territorio chileno, por si las moscas. Allende ya había pronunciado su célebre discurso sobre «la vía chilena al socialismo», fijando su insostenible posición. Vázquez Montalbán escribiría más tarde «La vía chilena al golpe de Estado».

Durante la primera etapa, el movimiento dio la impresión de ser imparable, a pesar de los enfrentamientos entre distintos sectores de la izquierda, a cual más radical. Casi dos años tardó en constituirse la CODE, la alianza de partidos de la derecha, incluida la Democracia Cristiana, al calor de las primeras huelgas de comerciante minoristas, de camioneros, de un sector de la minería, y del delirio de los ultraizquierdistas del MIR, empecinados en formar una Asamblea Popular. Para reforzar su posición, Allende, que era consciente de que el MIR le resultaba tan peligroso como Patria y Libertad, apeló, a finales de 1972, a la formación de un gobierno cívico-militar, estrategia generalizada en las áreas de influencia soviética por aquellos días, en el que designó al general Prats ministro del Interior e incorporó dirigentes sindicales.

La división de la sociedad chilena fue tan evidente entonces como lo sería en 1988, cuando Pinochet convocó el plebiscito en el que salió derrotado por 55,99 frente al 44.01: en las elecciones legislativas de marzo de 1973, la Unidad Popular obtuvo el 43 por ciento de los votos; el resto fue oposición, completa y decidida. No bastaban las mieles del socialismo real para convencer a los recalcitrantes, que, para colmo, seguían siendo muchos. El golpe del 11 de setiembre de 1973, como todos los que en el mundo han sido, tuvo, por tanto, apoyo popular. Por supuesto que la CIA colaboró, financió y participó, pero el brazo ejecutor de la dictadura, aun en los Estados Unidos, fue la DINA, que organizó desde las primeras desapariciones y la tortura masiva, hasta el asesinato de Orlando Letelier en Washington, perpetrado en 1976. Y, quince años más tarde, 44 de cada cien chilenos apoyaban a Pinochet.