Uno de los autobuses, atrapado por el barrizal / JAVIER ESCARTÍN
Uno de los autobuses, atrapado por el barrizal / JAVIER ESCARTÍN

La inocentada mapuche

La lluvia convirtió el camino de tierra que lleva a Temuco en un auténtico barrizal

JAVIER ESCARTÍN | PUERTO SAAVEDRA (CHILE)
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"Sobre los días y años de la infancia, mi único personaje inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral, que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos, hasta la frontera. En esa frontera de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia".

En su libro de memorias, "Confieso que he vivido", Pablo Neruda relaciona la ciudad de Temuco con la lluvia. Fue allí donde el poeta pasó su infancia y primera juventud, antes de partir hacia Santiago. Y ése fue el destino de los "ruteros" en la jornada del lunes. Una ciudad que debe su nombre a una planta medicinal que usaban los nativos para paliar varias enfermedades.

Sin embargo, la lluvia de la cual hablaba Neruda, fue un duro obstáculo para la expedición. A primera hora de la mañana, la Ruta Quetzal BBVA partió hacia Puerto Saavedra, una ciudad situada al oeste de Temuco, que todavía vive subyugada al recuerdo del tsunami que arrasó la ciudad el 22 de mayo de 1960. Se calcula que más de mil personas murieron aquel fatídico día en que "el mar se salió del puerto", como algunos ciudadanos de aquí se refieren a esa fecha. Según relató a los expedicionarios el profesor de la Universidad Católica de Chile, Marcelo Lagos, es el mayor tsunami registrado hasta ahora en la historia, que tuvo además un coste de 550 millones de dólares en daños materiales. "Todos los parámetros decían que era imposible que eso pudiera ocurrir. Nadie creyó en la amenaza. La naturaleza nos enseñó ese día la diferencia que hay entre lo improbable y lo imposible", dijo en su conferencia.

Hoy, Puerto Saavedra ha renacido de entre los escombros y, cuarenta años después, el tsunami sólo parece ser un mal recuerdo que enaltece el orgullo de la ciudad. Sin embargo, todos saben que el día en que se produzca otro tsunami, la ciudad estará inevitablemente condenada a la destrucción y que en sus manos sólo está diseñar rutas de evacuación para que los ciudadanos puedan huir de la tragedia. "En Chile hay una clara percepción del peligro. Por nuestra situación geográfica, somos proclives a los maremotos y tsunamis. Somos un país concienciado y por eso hemos puesto los medios necesarios. Sabemos que ahora mismo estamos en peligro".

Tras la exposición de Marcelo Lagos, los jóvenes fueron invitados a disfrutar de una ceremonia tradicional mapuche. Allí, los gentiles miembros de la etnia ofrecieron una merienda a los chicos y disputaron con ellos un partido de palin, un deporte muy similar al hockey con el que los mapuches buscan fortalecer la amistad entre dos comunidades. Si bien el Palín es una deporte de rivalidad, el acento está puesto en el encuentro y la celebración. Por eso se evita provocar daño físico a los contrincantes y suele acompañarse con otras actividades como ceremonias religiosas, bailes y comidas.

Lo que parecía ser una tarde apacible se convirtió de pronto en un problema. La lluvia hizo acto de presencia y obligó a suspender la última parte del encuentro. Además, convirtió el camino de tierra en un auténtico barrizal, lo que impidió que los ocho autobuses de la expedición pudieran subir la cuesta y poner rumbo a Temuco. Los "ruteros", sin dudarlo, enseguida arrimaron el hombro y pusieron piedras y palos en la tierra para intentar que los autobuses avanzaran. Pero no hubo modo. Durante más de dos horas, la ruta se quedó bloqueada por esa lluvia de la que hablaba Neruda. O, simplemente, por una inocentada que los mapuches habían querido gastar a la expedición este 28 de diciembre, tal como decían entre risas los "ruteros".

Fue necesario que las autoridades locales enviaran una máquina que removiera la tierra y con una cadena empujar a los autobuses para que pudieran avanzar.

Casi a medianoche, tres horas más tarde de lo previsto, la Ruta Quetzal por fin llegó a Temuco. Y poco después, volvió de nuevo a llover. Neruda no se equivocaba.