Indigenismo, una ola que inunda América

TEXTO: CARMEN DE CARLOS/
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Son la mayoría en Bolivia, Perú, Ecuador, México y Guatemala. En Iberoamérica ese color cetrino oscuro, esa piel roja abrasada por la historia y el sol, ronda los cuarenta millones. Son los indígenas, los que estaban primero, los últimos en llegar al poder.

Forman tribus, comunidades, reservas escondidas en la selva amazónica, en las ciénagas de Paraguay, en las calles de Santiago de Chile, en todos los rincones del continente. Algunos caminan a paso lento sobre el altiplano andino. Las piernas arqueadas soportan el peso de la miseria. Sobre la espalda cargan sacos más grandes que ellos. Llevan yuca, papas secas, quinoa, charqui (carne salada al sol), cualquier cosa que se pueda llevar a la boca y cambiar por unas monedas.

Revuelta sorda

Es fácil verlos en las ciudades. Como el resto del año, estos días, bajaban por la mañana a La Paz y subían de noche a El Alto, donde está el aeropuerto de los turistas y los ricos. Ya no iban a vender golosinas, pedir limosnas, ofrecer linimentos, hierbas para la digestión o raíces para la potencia sexual. Se ordenaban en columnas de más de veinte kilómetros, los que hay entre esa villa miseria, suburbio o pueblo de chabolas que mira desde arriba cómo la gran ciudad es nada. Abajo, donde viven «los caras», los blancos, los de rostro lechoso, donde existía un Congreso lleno que quedó vacío, se instalaban ellos, por primera vez, a sus anchas, dominados dominando.

Las marchas de los aymaras, quechuas, mestizos, campesinos, artesanos... Todos bolivianos, tenían un objetivo: recuperar la propiedad de la tierra, el fruto de la «pacha mama» que hoy explotan las multinacionales petroleras y que ellos consideran un ultraje. Por el gas, por la gasolina, por la nafta, por todo lo que escupe la naturaleza están dispuestos a luchar y a morir. Por el asalto al poder, también.

Rencor en la funda del machete

«Los indígenas no pensamos como los blancos. Estamos preparados para entregar la sangre y la vida por una causa sagrada. Podemos sitiar por meses, años. Las piedras y los palos nunca se van a acabar». Felipe Quispe, jefe del Movimiento Pachakuti, no cambia con los años. Aprendió historia en la Universidad y guarda el rencor de los capítulos sobre la Conquista, en la funda del machete. Le han visto preparar la guerrilla con la que, a pesar de estar enfermo y retirado de la última batalla en Bolivia, pretende algún día, «refundar la República del Coyasuyo», es decir, regresar al pasado y rescatar el mapa previo a la colonización.

Su discurso le sirvió para lograr, en el año 2002, que por primera vez en la historia los indios tuvieran representación en el Congreso. Consiguió los tres primeros escaños de su vida. Cinco años antes Evo Morales, con el cartel de líder cocalero por bandera, aunque sea un aimara pura raza, había ocupado, con otros dos campesinos del Chapare, otras tres butacas del Parlamento que pasarán a la Historia. La modesta victoria de Morales, al frente del Movimiento al Socialismo (MAS), se multiplicó en el 2002. Ese año estuvo, para su sorpresa, a un paso de ganar las elecciones. «Cuando vi que podíamos ganar, pensé: y ahora qué hacemos», confeso al finalizar el escrutinio. Desde entonces ha buscado el cobijo y aprendido las lecciones de Hugo Chávez y hasta de Gadafi en Libia. Hoy, ya no tiene miedo de ser Presidente.

A golpe de hacer la contra y de reivindicar el oro negro que da la tierra, se ha llevado por delante dos jefes del estado boliviano. Por mérito propio, a Gonzalo Sánchez de Lozada, en octubre del 2003, después de que el ex presidente dejara un río de muertos en Bolivia, y, con la ayuda de los partidos tradicionales, esta semana pasada, a Carlos Mesa. Jamás imaginó que la carrera al poder pudiera ser tan rápida.

Decepción en Perú

Tampoco lo había soñado Alejandro Toledo antes de que el japonés Alberto Fujimori y su mafia de sicarios bajo el mando de Vladimiro Montesinos, cayeran en desgracia. «El cholo», como él mismo se presentaba en la campaña bajo el eslogan de «indio terco y rebelde con causa», recurrió a sentimientos ancestrales para remover los cimientos de un Palacio de Pizarro que hasta entonces sólo había albergado presidentes blancos y al «chino» Fujimori.

«La marcha de los cuatro Suyos» (Puntos cardinales del antiguo imperio incaico) hizo temblar la tierra. Pero de aquello han pasado cuatro años y el Toledo de hoy ha generado tal desencanto entre los «Suyos» y los otros que es difícil encontrar en la Historia del continente un ex presidente con mayor rechazo como el que ahora cosecha. Poco importan el crecimiento del país y el reconocido esfuerzo de la comunidad internacional y de los organismos financieros a su gestión. Los peruanos viven mal y detestan su filosofía de vida: frívola, corrupta y de enchufe familiar perpetuo. Su última aventura con una joven guardaespaldas ha llegado hasta el Congreso, los ingresos irregulares de sus parientes, colocados en puestos cerca de las alcancías y las maniobras fraudulentas del partido para que llegara donde está, han desencadenado el hartazgo del viejo y nuevo Perú. A diferencia de Bolivia, donde hasta en los mercados piden «un presidente como nosotros, no un cara (blanco)», de Puno a Lima se repite: «ya no queremos más cholos».

Reflexión ecuatoriana

La escalada de los indígenas al poder no está dando los resultados que merecería una espera de siglos. En Ecuador la experiencia es igual de decepcionante. Tampoco Lucio Gutiérrez dejó buen recuerdo en su casa. Caído en desgracia, fue expulsado, si no a patadas, sí de mala manera de una Presidencia que no supo defender.

Superada la humillación e incapaz de acostumbrarse al exilio tropical de Brasil, está dispuesto a regresar para, si no recuperar la Presidencia, al menos vivir en su tierra. Pero ni la Conaie, Confederación de Nacionalidades Indígenas, que lleva años trabajando por su pueblo le quiere ver enfrente. La decepción que le produjo que un miembro de su comunidad cayera en las mismas tentaciones de avaricia que los blancos complica el camino al próximo que quiera aspirar a ocupar el Palacio de Carondelet.

«Reducciones» chilenas

Al otro lado de los Andes, la cosas son distintas. En Chile, los «mapuches, moluches, araucanos o indios del sur», como se autodenominan estas «reducciones», todavía están lejos del Palacio de la Moneda. Sus aspiraciones siguen siendo recuperar las tierras ocupadas por otros y conservar su religión, idioma, sangre e historia. «Estamos orgullosos de haber resistido la dominación española pero debemos admitir que fuimos derrotados por el Estado de Chile, aunque no hemos sido vencidos», afirma Eleaser Millaleo. Entregados a un dios único «Gnechen» al que rinden culto (ngillantun) sólo en este país son un millón, puros o mezclados con tehuelches. En el caso de Argentina, apenas son noventa mil, están peor organizados aunque en los últimos tiempos han ocupado espacios en la prensa internacional por los conflictos territoriales con la familia Benetton. Se distribuyen entre Chubut, Río Negro, La Pampa, Buenos Aires y Neuquén.

En esta última provincia patagónica, en Bahía Cañicul, los mapuches (gente de la tierra) se dejan llevar bajo el mando del cacique Armando Aníbal, de 45 años. Al frente de un restaurante en el Parque Natural, quiere aclarar algo que le molesta profundamente: «Mucha gente dice que somos indios pero no, somos mapuches, el indio es el de la India». Sin aspiraciones políticas como sucede con sus vecinos del otro lado de la cordillera, reconoce que «el cacique, en algunas comunidades es un cargo vitalicio pero en Argentina, según nuestros estatutos, se renueva cada dos años, aunque podemos ser reelectos tantas veces como se quiera».

El nacionalismo mapuche se ha hecho un hueco en internet, donde se suceden las páginas y se expresan más de una treintena de comunidades. Eleaser Millaleo, escribe sobre el orgullo de su bandera, «una estrella blanca de cinco puntas sobre fondo azul y de su lengua, «mapuchedungum», de la que no hay restos de grafía», lamenta.

Metas todavía lejanas

Los grupos de indígenas se multiplican en este continente. Sólo en Brasil, se calcula que hay más de doscientas tribus con doscientos mil indígenas pero desconocen qué o dónde está la civilización que hay unas hectáreas más allá.

Un informe publicado esta semana por el Banco Mundial lamentaba que en los últimos diez años, las condiciones de los indígenas de toda Iberoamérica no hayan variado sensiblemente. Para ellos, la vida sigue... igual.