En 1926, Hirohito se convertía en emperador
En 1926, Hirohito se convertía en emperador - ABC

Hirohito: el último emperador divino de Japón

Emperador del Japón durante más de seis décadas

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La primera vez que los japoneses escucharon la voz de su Emperador, Hirohito, fue cuando anunció por radio la rendición de su país en la II Guerra Mundial. Ese día, 15 de agosto de 1945, no solo capituló el imperio del Sol Naciente; también empezó una nueva era que ha marcado la evolución del Japón moderno. Aunque Hirohito era el jefe supremo del Ejército imperial nipón y muchos historiadores le consideran responsable del ataque sorpresa a Pearl Harbor y de las atrocidades cometidas durante su sangrienta ocupación de Asia, se libró de ser juzgado por crímenes de guerra en el Tribunal de Tokio.

En 1926 Hirohito era coronado emperador de Japón. A los 86 años de edad y tras más de seis décadas en el trono, en enero de 1989 fallecía Hirohito, después de sufrir un colapso en su residencia. Así lo recogía la portada de ABC.
En 1926 Hirohito era coronado emperador de Japón. A los 86 años de edad y tras más de seis décadas en el trono, en enero de 1989 fallecía Hirohito, después de sufrir un colapso en su residencia. Así lo recogía la portada de ABC.

Pero tuvo que renunciar a su condición cuasidivina, santificada por la Constitución de 1889 como descendiente de la diosa del Sol Amaterasu, y conformarse con un rol ceremonial en la Carta Magna impuesta en 1947 por el general estadounidense MacArthur.

Dejando atrás tan oscuro pasado, Hirohito aprovechó la división del mundo en dos bloques durante la Guerra Fría para convertirse en el más firme aliado de Washington en Asia y limpiar su imagen ante su pueblo. Buena prueba de ello es el cariño que los japoneses profesan a la Familia Imperial, que supo adaptar su mentalidad tradicional a la modernidad que trajo el «milagro económico» nipón.

Cuando falleció el 7 de enero de 1989, dejó a su sucesor, Akihito, un país totalmente distinto al que había heredado al subir al Trono del Crisantemo el día de Navidad de 1926.

Nacido el 29 de abril de 1901, Hirohito sucumbió (o se subió, según sus críticos) a la ola de los militarismos fascistas que barrió al mundo en la primera mitad del siglo XX. Aunque su reinado se conoce como el periodo «Showa», que significa «paz y armonía», estuvo marcado al principio por la locura colectiva que contagió a Japón en su expansión por el Lejano Oriente.

Durante la guerra, que en Asia empezó en 1931 con la invasión de China, el Ejército nipón cometió masacres como la de Nankín (Nanjing), en la que perecieron entre 150.000 y 300.000 personas en solo seis semanas, y llevó a cabo experimentos biológicos con cobayas humanas al más puro estilo Mengele en la Unidad 731 de Manchuria. En su brutal ocupación de buena parte del continente, hasta utilizó a 200.000 prisioneras de guerra de China, Corea del Sur, Filipinas e Indonesia como esclavas sexuales para mantener alta la moral de las tropas.

Tras la derrota de Japón por el horror atómico de Hiroshima y Nagasaki, Hirohito se desligó hábilmente de tal herencia. Dejando a su hijo, el emperador Akihito, uno de los países más desarrollados y cívicos del mundo.