Dos jóvenes iraníes en los jardines del palacio de Golestán, en Teherán
Dos jóvenes iraníes en los jardines del palacio de Golestán, en Teherán - A. ARMADA

Hambre de libertad en el Irán de los viejos ayatolás

Las redes sociales y los hábitos de los jóvenes chocan con las restricciones políticas y religiosas del régimen

ENVIADO ESPECIAL TEHERÁNActualizado:

Los miércoles son días blancos en Irán. De blanco se visten viejos y jóvenes opositores para mostrar su rechazo a la obligación impuesta a las mujeres de cubrirse con el hiyab, el velo islámico. Ellas se lo quitan en plena calle. Gritan libertad y se disuelven ante la llegada de la policía. Es nada más que otro de los síntomas que un viajero con los ojos y los oídos abiertos puede captar si dispone de una semana para auscultar el corazón político de los persas. Orgulloso, diferenciado de los árabes que les rodean, la fotografía que las redes sociales reflejan permite reconocer un aroma insólito. Al viajero le parece que guarda algunas concomitancias con la España de Franco: una sociedad que intenta hacer su vida al margen del régimen, al margen del gobierno. Los jóvenes, y no tan jóvenes, abordan al extranjero con tanta amabilidad como curiosidad y, casi siempre en un inglés impecable, le preguntan por la vida que llevan y su impresión del país. Uno, tan atildado (vestía una chaqueta de terciopelo violeta en el bazar) como educado, preguntó al extranjero si creía que en Irán se respetaban los derechos humanos.

No se trata de una encuesta científica, pero de todas las conversaciones sostenidas en la calle y en casas particulares se reconoce una actitud muy crítica hacia las imposiciones de la autoridad clerical islámica, sobre todo en lo relativo al hiyab en las mujeres y al rezo. Los almuédanos llaman a la oración tres veces al día, pero no está ni mucho menos tan presente en el espacio público como en, por ejemplo, Egipto. Y casi todos reconocen que consumen alcohol en la intimidad: «El orujo se fabrica en casa». Son cautelosos a la hora de expresar opiniones políticas en público, pero su descontento con un régimen que vela por su moralidad es evidente.

Hafez (prefiere que su verdadero nombre no figure) tiene algo más de 30 años, es ingeniero y pasó un tiempo trabajando en América Latina. Por eso su español es más que potable. Ha vuelto a su país. Le tiraba la nostalgia, pero no el régimen. «Por supuesto que no piso la mezquita. Casi ningún joven lo hace». Según él, los dos líderes más apreciados de la historia de Irán son Ciro el Grande y Reza Shah Pahlaví, el padre del Sha de Persia, «primer rey votado por el Congreso, que se sirvió de ingenieros alemanes para modernizar el país». Recuerda Hafez que el hijo de Reza Shah Pahlaví, Mohammad Reza Pahlaví, el Sha de Persia, puso demasiada velocidad en la modernización del país, y demasiado pronto, y eso desató los demonios de la revolución islámica que aprovechó el ayatolá Ruhollah Jomeini. Los padres y abuelos de Hafez hablan muy bien del Sha de Persia. El pasado mes de octubre el gobierno autorizó que uno de sus palacios del despreciado amigo de Occidente fuera utilizado en una obra multimedia para representar «Shahnameh», o el «Libro de los Reyes», que habla del pasado preislámico de Irán.

El padre de familia, dedicado al mundo inmobiliario, se confiesa ateo (aunque su hija insiste en que es agnóstico). La madre ha empezado a leer libros sobre el cristianismo, y confiesa con suavidad que le gustaría bautizarse, pero ni se lo plantea. Incurriría en pecado de apostasía, uno de los más castigados por el islam. Miembros de la alta burguesía de Teherán, hablan abiertamente de su desafecto hacia un «régimen medieval. Nos ha hecho volver al pasado». Sienten que el régimen de los clérigos se burló de los ciudadanos al robarle a Mir-Hosein Musaví y su movimiento verde las elecciones de 2009. Se le acusó de preparar una «revolución de terciopelo». Arquitecto y pintor, Musaví fue primer ministro de la república islámica de Irán entre 1981 y 1989.

Documentos secretos

Para muchos, como el matrimonio burgués y descreído, «todo» empezó a extraviarse en Irán con el golpe contra Mohamed Moshadeq en 1953. La desclasificación por parte de Estados Unidos el verano pasado de documentos secretos muestran lo que era un clamor: la implicación de la CIA y los ayatolás que, en una alianza insólita, provocó la caída del régimen de Mosaddeq. Había cometido la osadía de enfrentarse a Occidente en 1951 nacionalizando el petróleo. Críticos del actual régimen comparten lo que el Sha expresa en sus memorias: Estados Unidos es responsable de que el ayatola Jomeini, «un extremista religioso», se hiciera con todo el poder en Irán. Su empeño: borrar el pasado preislámico. Fue la resistencia popular la que evitó que se cometiera el crimen de arrasar Persépolis.

Aunque el actual presidente del país es desde agosto de 2013 Hasán Rohaní, un islamista moderado, el poder real lo ejerce un ayatola de la vieja escuela, Ali Jamenei, respaldado por los pasdarán, los guardianes de la revolución, que controlan el 90 por ciento de la fuerza y los recursos. Son, a juicio de Washington, un grupo paramilitar religioso y terrorista. «No obedecen a nadie, solo al ayatolá Jamenei. Desde luego, no al presidente Rohaní», recalca Hafez. Pero es cierto que con el anterior presidente, el extremista Mahmud Ahmadineyad, tuvieron más poder, más visibilidad en las calles, y la policía religiosa se hacía notar. Hoy día, el relajo se vislumbra en la forma mucho más desenfadada con la que muchas iraníes llevan el hiyab.

El ensayista turco Mustafa Akyol publicó recientemente un artículo que parecía dirigido tanto al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, como a los clérigos iraníes. La tesis era que la religión no hace que la gente se comporte de manera mucho más moral. De la hipocresía habla claramente un régimen que, al igual que la mayoría, se sirve de aplicaciones como VPN para burlar la censura que ellos imponen y ver Twitter y Facebook. No hay fronteras. «Con la revolución islámica, Irán retrocedió 50 años. La gente quiere más libertad», dice Hafez. «Lo que más ha dañado a los pasdarán es internet». Orujo, pañuelo fuera, Facebook. «Los jóvenes quieren vivir como en Occidente».