Los panelistas del seminario «Construyendo el mundo», escuchan la intervención de Colin Powell. Ap

El 11-S hace saltar la alarma en las conciencias de los países poderosos

NUEVA YORK. Alfonso Armada, corresponsal
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Estados Unidos y sus aliados deben atajar «la pobreza, la desesperanza y la desesperación». El secretario norteamericano de Estado, el ex general Colin Powell, volvió a desmarcarse ayer de los halcones que en su propio Gobierno son partidarios más del fuego que del fuero, más del garrote que de la zanahoria. Powell tomó parte con Javier Solana, responsable de la Política Exterior y de Defensa Común de la Unión Europea, y el ministro francés de Asuntos Exteriores, Hubert Védrine, padre del sambenito «hiperpotencia» aplicado a Estados Unidos, en una de las sesiones más atentidas del Foro Económico Mundial, donde los primeros espadas de la economía y la política planetarias se preguntan este fin de semana cómo construir un mundo menos injusto y más desarrollado. En otras palabras, es como si el 11 de septiembre y su mensaje de nihilismo y horror hubiera exacerbado la conciencia de una parte de los poderosos de la Tierra y hecho más urgente la necesidad de pensar para cambiar.

HOY, MANIFESTACIÓN

Mientras la omnipresente Policía neoyorquina parece haber aprovechado el traslado del foro de Davos a Manhattan para celebrar una demostración pacífica de su poderío y capacidad de convocatoria, con grupos arracimados con porra de madera y gorra de plato compartiendo conversaciones y café en vaso de cartón en todas las esquinas que rodean el hotel Waldorf Astoria, «sancta santórum» de los debates, grupúsculos de bientencionados manifestantes hacen lo que pueden para hacerse ver y oír.

Entre los más de 2.500 participantes en el World Economic Forum, los miles de periodistas atraídos para difundir los nuevos evangelios de la globalización corregida y explicada y los miles de policías movilizados para proteger a los primeros, los discrepantes parecen una flor exótica. Unas pocas decenas aporreaban rudimentarios tambores y timbales mientras agitaban ramas de presunto olivo a las órdenes de un flaco con un silbato. Se manifestaban en los «corralitos ad hoc» preparados por la Policía a las puertas del cuartel general de la cadena de tiendas GAP en la Quinta Avenida para pedir un comercio justo y que las multinacionales no se aprovechen de sus contratas allende los mares para explotar a sus empleados, muchas veces niños, con condiciones que, en principio, ningún sindicato occidental toleraría.

Para hoy se espera sin embargo la gran marcha contra la globalización entendida como pista libre para las grandes corporaciones. La Policía ya ha advertido, y su apabullante presencia con caballos, furgonetas y blindados es un recordatorio elocuente, que no permitirá que las protestas se desmanden y repitan escenarios grimosos ya vividos antes en Seatle, Praga o Génova. Con la memoria de las Torres Gemelas todavía muy a flor de piel, la violencia no parece un argumento que vaya a tener la menor cabida aquí.

PUJOL Y RATO

Son relámpagos de la violencia que no amaina en otros lugares del globo los que han venido a reflejarse aquí. El ministro turco de Asuntos Exteriores, Ismail Cem, aseguraba que israelíes y palestinos parecen embarcados en una espiral de «suicidio mutuo», y Powell aprovechó los pasillos del foro para entrevistarse con su contraparte isarelí, Simón Peres. Varias figuras de la política española, como el ministro de Economía, Rodrigo Rato, que intervendrá hoy, o el presidente de la Generalitat catalana, Jordi Pujol, que lo hizo ayer para hablar de si Europa es un mito o una realidad, tomaron parte en la cumbre.