La guerra en Libia urge a Occidente a pasar a la acción

La ofensiva del mariscal Haftar pone al límite la convulsa situación de un estado fallido a las puertas de Europa

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La Operación Torrente de Dignidad, lanzada sobre Trípoli hace poco más de una semana por el mariscal Jalifa Haftar, de 75 años, ha conseguido, de momento, poner a todo el mundo nervioso y obligar a tomar decisiones serias y solventes contra el terrorismo y las mafias de la inmigración. El conflicto amenaza la estabilidad de la región del Mediterráneo y enfrenta ya públicamente a Francia e Italia, con otros países de la zona también implicados. El balance provisional es de medio centenar de muertos, miles de desplazados y riesgo de crisis humanitaria.

No se pueden demorar mucho tiempo esas decisiones, porque la determinación de Haftar es firme a la hora de lanzar su ofensiva para la toma de la capital libia con sus unidades del Ejército Nacional de Libia (ENL), lo que le otorgaría el control de gran parte del país y del poder político frente al gobierno en Trípoli del primer ministro Fayed al Sarraj, impuesto por la ONU en 2015 y apoyado por diversas milicias islamistas. Haftar encabeza, con base en Tobruk, un segundo gobierno, tras no aceptar el resultado de las elecciones celebradas en ese año.

Si bien el objetivo realista de esta ofensiva es que el mariscal Haftar sea considerado como una pieza clave en una conferencia nacional prevista en principio para estos días en la localidad de Ghadames para buscar soluciones definitivas para Libia. La acción militar comporta muchos riesgos añadidos a los que diariamente soportan los ciudadanos libios y los de otros países afectados, directa o indirectamente. Además, desafía la escasa autoridad que le queda a la ONU en este enclave mediterráneo, sujeto a los abusos y desmanes de todo tipo de delincuentes y terroristas, de traficantes, de políticos tribales cirenaicos y tripolitanos con ambiciones desmedidas y nacionalistas, y a las contradicciones de una comunidad internacional, sobre todo la europea, que, confundida incomprensiblemente por la aparición de las más llamadas Primaveras Árabes, cometió el error de intervenir para derrocar al dictador, Muamar el Gadafi, y abandonar después a su suerte a un país en ruinas y sin estructuras ni organismos de Estado y de poder.

El control del petróleo

Los combates no han cesado, en las últimas horas, a pesar del llamamiento de Naciones Unidas a un alto el fuego que permita la atención de los heridos civiles y la evacuación a lugares más seguros. La utilización de medios aéreos, aviones caza procedentes de países que apoyan a Haftar, le proporciona una ventaja notable al atacar objetivos estratégicos de las fuerzas del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), de las milicias procedentes de la ciudad-estado de Misrata, principal puerto comercial de Libia, en auxilio del Gobierno de Trípoli, impuesto en 2016 por la ONU, y a la hora de disuadir los vuelos de posibles aviones que pudieran acudir con material militar en su ayuda. El control del antiguo aeropuerto internacional de Trípoli es clave para la conquista de la ciudad, además de la base militar de Maitaga.

Los cazas procedentes de Emiratos Árabes Unidos han atacado en las últimas horas, según fuentes del propio Haftar, distintas posiciones en el entorno de Zawara, próxima a la frontera con Túnez. Esta ciudad costera es la entrada al puerto y la refinería de Mellitah, explotada por la petrolera italiana ENI, donde, además, desemboca el oleoducto utilizado para el petróleo de los yacimientos de Al Sharara y Al Fil, explotados por la española Repsol y la francesa Total, entre otras, y que es el pilar energético de Trípoli.

Naturalmente, la explotación de estos recursos requiere unidad de acción nacional y el cese de las violentas confrontaciones que frecuentemente interrumpen el suministro petrolífero. Además de las componendas políticas con actores nacionales, cuya colaboración es necesaria para que los campos petrolíferos de Sharara, capaces de extraer 300.000 barriles diarios (el 25% de la capacidad extractora libia), reanuden su producción, lo cual depende de las decisiones que tome la National Oil Corporation, cuya sede está en Trípoli.

Todos contra todos

El control del petróleo libio, de gran calidad y de fácil y barata extracción, es la clave de una guerra de todos contra todos que dura ocho años y enfrenta públicamente a socios en la UE y en la OTAN, como Francia e Italia. Hasta ahora se consideraba un conflicto de baja intensidad que no suscitaba demasiada atención internacional. Una decisión muy significativa fue la evacuación de las fuerzas de Africom, el comando africano de EE.UU., de Trípoli. Washington, con Trump, mantiene una posición ambigua.

A día de hoy, el mariscal Haftar, antiguo asesor de Gadafi y denostado por sus enemigos y los islamistas de la región del norte de África, representa una firme candidatura a liderar el país gracias a sus acciones militares en la zona oriental de Bengasi y Sirte, donde ha conseguido el control del 70% del territorio libio, expulsar a diversas milicias islamistas y dominar cuatro puertos petroleros y los campos de crudo de Al Sharara y Al Fil, cuya explotación total requiere de Zawara. Entre los apoyos más relevantes de Haftar se encuentran Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Rusia y países africanos que sufren a los grupos terroristas cuya financiación y suministro de armas tienen origen en Libia. El gobierno de Fayed Al Serraj cuenta con el respaldo de Turquía, Qatar, Italia y el apoyo institucional de la ONU, aunque su secretario general, António Guterres, presente en Trípoli al inicio de la ofensiva fue inmediatamente a entrevistarse con el mariscal Haftar para evitar el desaire tan evidente que produjo la acción militar que nadie había previsto.

El vacío de poder en Libia desde la caótica intervención occidental en 2011 ha sido una invitación para milicias, grupos terroristas, mafias criminales y tribus locales para campar a sus anchas, sin ley, justicia ni seguridad. Muchos sufren un trato tan inhumano que prefieren emigrar y enfrentarse en el mar con una muerte casi segura que volver a pasar por las torturas de los nuevos esclavistas en los campos libios.