AFP. Hillary Clinton, cuando se disponía ayer a dar un discurso en Washington sobre la guerra de Irak
AFP. Hillary Clinton, cuando se disponía ayer a dar un discurso en Washington sobre la guerra de Irak

Generales en campaña

AFPHillary Clinton, cuando se disponía ayer a dar un discurso en Washington sobre la guerra de IrakPEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSALWASHINGTON. Aunque Estados Unidos tiene una tradición bastante ejemplar

PEDRO RODRÍGUEZ. CORRESPONSAL. WASHINGTON
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Aunque Estados Unidos tiene una tradición bastante ejemplar en las relaciones entre sus poderes políticos y sus Fuerzas Armadas, la campaña presidencial en curso está poniendo a prueba toda esa historia compartimentada. Más que nunca, candidatos como Barack Obama y Hillary Clinton se están dedicando a cosechar y exhibir el respaldo de generales y almirantes jubilados en un esfuerzo por hacer frente a la supuesta ventaja del republicano John McCain en cuestiones de seguridad nacional.

Esta ayuda no se limita a firmar una simple declaración escrita o prestar su nombre y rango a una lista de endosos distinguidos, sino que incluye funciones electorales cada vez más activas y visibles, lo que no deja de crear una situación incómoda para el Pentágono. Oficiales en activo reconocen que sus compañeros en la reserva tienen total libertad partidista pero también temen que esas actividades puedan llegar a tener implicaciones no deseadas de politización.

Más que nunca

Aunque estos respaldos no son una táctica nueva en las campañas presidenciales, la situación resulta especialmente notoria este año para los aspirantes del Partido Demócrata a la Casa Blanca. Hasta el punto de que el endoso de un líder militar casi se ha convertido en algo más valioso que el respaldo de un gobernador o un senador. Con el agravante de que Obama o Hillary carecen de experiencia militar y van a enfrentarse a un héroe condecorado de Vietnam como candidato republicano.

«Maniobras militares»

Dentro de estos esfuerzos, la campaña de Barack Obama organizó la semana pasada un comentado montaje en Chicago donde el candidato apareció rodeado por nueve generales y almirantes en la reserva para ilustrar que ha pasado el umbral necesario para convertirse en comandante en jefe. Acto en el que tomó la palabra el general Merrill McPeak, ex jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, alabando al senador por Illinois por haberse opuesto desde un principio al uso de la fuerza en Irak.

Hillary Clinton, no se ha quedado atrás en este frente militar, y ha cultivado su propio cuadro de respaldos castrenses, encabezado por los ahora jubilados responsables militares del Pentágono durante el gobierno de su esposo. La lista con treinta nombres incluye dos jefes del Estado Mayor Conjunto -Hugh Shelton y John M. Shalikashvili- y al general Wesley K. Clark, comandante supremo aliado que lideró la guerra de Kosovo y ex candidato presidencial.

Todas estas «maniobras militares» han coincidido con la polémica dimisión del almirante William Fallon, encargado de supervisar las guerras en Irak y Afganistán pero en supuesto desacuerdo con la estricta política de la Casa Blanca hacia Irán. Para Obama, la «pérdida» de ese almirante forma parte de las negligencias de la Administración Bush en materia militar: «Bajo este gobierno demasiadas veces hemos visto que el control civil sobre las Fuerzas Armadas se ha traducido en la expectativa de que los militares en activo serán castigados si dicen al presidente lo que ellos creen que él debe saber, en lugar de lo que él quiere escuchar».

Un antes y después en este fenómeno podría encontrarse en la primera campaña presidencial de Bill Clinton, cuando el entonces gobernador de Arkansas anunció a bombo y platillo el respaldo del jubilado almirante William Crowe, jefe del Estado Mayor Conjunto durante la Administración Reagan. Ayuda entusiasta que fue recompensada posteriormente con el nombramiento de Crowe como embajador de Estados Unidos en Gran Bretaña.

Dos docenas de altos mandos militares retirados también dieron la nota en 2006 al criticar la gestión de la guerra de Irak por parte de la Administración Bush, exigiendo la dimisión de Donald Rumsfeld. Algunos de ellos han prolongado su activismo con el ciclo electoral en curso.