Un chaleco amarillo durante la manifestación de París del pasado sábado
Un chaleco amarillo durante la manifestación de París del pasado sábado - EFE

Francia está cambiando de modelo social y no podrá cumplir sus compromisos europeos

Los analistas financieros optimistas estiman que el «viraje presupuestario» que está consumando Macron «solo» costará unos 10.000 millones de euros

Corresponsal en ParísActualizado:

La franquicia chalecos amarillos, de la extrema derecha a la extrema izquierda, con numerosas variantes entre la reivindicación angustiada y el populismo emergente, ha precipitado a Francia en una crisis cultural, social, política y económica que el presidente Emmanuel Macron cree posible «solucionar» con 12.000 a 15.000 millones de euros.

Los analistas financieros optimistas, consultados por el vespertino Le Monde, estiman que el «viraje presupuestario» que está consumando Macron «solo» costará unos 10.000 millones de euros. Pero insisten en un punto negro, con muchos flecos europeos: Francia quizá no pueda cumplir sus compromisos con la zona euro (recortar el déficit al 3% del PIB), víctima de las turbulencias francesas.

Los analistas financieros menos optimistas, consultados por el semanario Journal du Dimanche (JDD), estiman que las medidas propuestas por Macron costarán al erario público entre 12.000 y 15.000 millones de euros, cuando la economía francesa corre el riesgo de sufrir un nuevo retroceso, que el Banco de Francia y el ministerio de Economía y Finanzas evalúan de manera muy precisa: un frenazo del crecimiento del PIB, el último trimestre del año, entre el 0,1 y el 0,2% del PIB, que ya era inferior al 2%, en el mejor de los casos.

Menos crecimiento y más gasto amenazan todas las previsiones de bienestar, hipotecadas, cuando Francia está cambiando de modelo social, caminando hacia lo desconocido a través de la franquicia de los chalecos amarillos, con un arco iris de reivindicaciones muy variopintas.

Históricamente, las reivindicaciones de partidos o sindicatos podían ser aceptables o inaceptables. Pero podían negociarse, con algún tipo de acuerdos.

Ante la crisis actual, partidos y sindicatos están hundidos, sin falta de representatividad. Facebook, Twitter y otras redes sociales están sustituyendo a los sindicatos tradicionales, como correas de transmisión de los nuevos actores sociales: extrema izquierda, extrema derecha, clases medias que temen la precariedad y piden socorro a un Estado que paga con deuda pública el bienestar hipotecado.

«Se trata de una catástrofe histórica», comenta Jacques Julliard, historiador, agregando: «Los sindicatos cometieron el error de consagrase a sus antiguas clientelas. Las nuevas clases medias temen la precariedad y no tienen quién las represente. De ahí los riesgos crecientes».

Extrema derecha y extrema izquierda intentan «montarse al carro» de la fronda popular / populista, que ha conseguido lo que hubiese parecido inaudito hace unos meses: la «convergencia de luchas» extremistas, que Sylvain Boulouque, historiador del movimiento obrero, analiza de este modo: «Los chalecos amarillos oscilan entre la revolución nacional de la extrema derecha y la revolución social de la extrema izquierda».

Pierre Rosanvallon, titular de la cátedra de historia moderna y contemporánea en el Collège de Francia, analiza el eclipse histórico de los partidos políticos tradicionales y los sindicatos de este modo: «La revuelta de los chalecos amarillos nos está haciendo entrar en una nueva era social. Los cuatro millones y medio de franceses pobres o muy pobres están poco o nada presentes entre los chalecos amarillos, de los que forman parte clases medias modestas, pequeños comerciantes, asalariados modestos que se han radicalizado a través de internet, con una presencia evidente de la extrema izquierda y la extrema derecha, presentes en las mismas manifestacione».

Esa diversidad antagónica, hasta ayer mismo, se convierte hoy en un coctel inflamable. Con los antiguos sindicatos podían negociarse medidas de posible salida de las crisis. No es fácil contentar las reivindicaciones muy diversas de un movimiento sin cabeza visible, sin organización existente, sin portavoces autorizados, con reivindicaciones entre apocalípticas y antagónicas: «revolución nacional» o «revolución social» para «cambiar de República».