La canciller Angela Merkel se despide del expresidente Barack Obama, tras una reunión en la cancillería
La canciller Angela Merkel se despide del expresidente Barack Obama, tras una reunión en la cancillería - REUTERS

La foto nostálgica de Merkel y Obama

El expresidente estadounidense Barack Obama viajó a Berlín, en una visita privada, para encontrarse con la canciller alemana

Corresponsal en BerlínActualizado:

Obama habla de Merkel como «mi amiga» y la canciller alemana se refiere al expresidente estadounidense como «posiblemente el aliado más cercado durante todo mi mandato». La visita privada que realiza Barack Obama a Berlín es, inevitablemente, la escenificación de una mutua nostalgia y de lo que pudo haber sido y no fue. En la línea del libro que el historiador británico Niall Ferguson publicó a finales de los 90, titulado «Historia virtual» y que se preguntaba por las consecuencias de hipotéticos acontecimientos, como ¿qué hubiera sucedido si Gran Bretaña se hubiera mantenido al margen en 1914? O ¿qué hubiera pasado sin la rebelión militar de julio de 1936 en España?, numerosos analistas alemanes se preguntan ante esta visita cómo sería hoy el mundo si Donald Trump no hubiera sucedido a Obama en la Casa Blanca y mayoritariamente añoran aquel tiempo en el que Alemania disfrutaba, por fin, de una relación de tú a tú con el amigo americano, con el que podría constatar que compartía una misma forma de ver las cosas.

El avión privado de Obama ha aterrizado en Berlín, la ciudad que lo aclamó cuando todavía era candidato a la Presidencia, y se ha instalado en el lujoso Hotel Adlon, en la suite presidencial de 200 metros cuadrados con vistas directas a la Puerta de Brandemburgo. Todo se repite, como en sus vistas oficiales. Habitaciones contiguas para las 25 personas que acompañan a Obama, incluyendo el equipo de seguridad. Le ha sido asignado el mismo mayordomo y en el baño han sido colocados los mismos productos de higiene de la marca británica Molton Brown, como los responsables del hotel saben que a él le gusta. También se mantiene la tradición de sus visitas presidenciales y esta tarde, cuando sea recibido por Merkel en la Cancillería de Berlín, los dos intercambiarán regalos mantenidos en el más estricto secreto hasta el momento de ser entregados.

Cada detalle de la visita clama a gritos la diferencia entre el trato entre ambos y la tensa atmósfera que se respira cuando Merkel y Trump están en la misma sala. En su primer recibimiento, Trump incomodó visiblemente a Merkel cuando mencionó que ambos tenían algo en común, el haber sido espiados por el gobierno de Obama, en referencia a las escuchas llevadas a cabo en Alemania por la NSA y que, aunque negaron miembros de alto rango de los comités de inteligencia de la Cámara de Representantes y del Senado, así como funcionarios de inteligencia, terminaron siendo reconocidas por la Presidencia.

No ha sido desvelado donde van a cenar esta noche. Dado que se trata de una visita privada, los detalles no han sido hechos públicos. El restaurante que Merkel suele elegir, junto con su marido, para cenar con amigos, es el Borchardt, en Mitte, pero la gran expectación mediática podría aconsejar una apuesta menos conocida. El contenido político de la visita es inexistente, al menos de manera oficial, y el programa se completa mañana, cuando Obama protagonizará un acto en el Ayuntamiento de Berlín, un multitudinario encuentro con jóvenes que podrán hacer sus preguntas al expresidente. Pero para algunos analistas sí hay un mensaje político subyacente. El autor Gregor Mayntz considera que se trata de «una provocación» y que «quizá no es una buena idea si una mujer se reúne con su ex en un momento de tensiones con su actual pareja». Desde el progresista diario Tagesspiegel, el editor Stephan-Andreas Casdorff reprocha que «ambos representan facetas a menudo confusas de un país que solo tiene un uso limitado como pantalla de proyección de los sueños alemanes y quizá sería deseable un poco menos de nostalgia de Obama y un poco más de esfuerzo por comprender a Trump».

Esta, quizá la última, foto de Merkel y Obama, se presenta como un viaje en el tiempo, un viaje al pasado, puesto que la canciller alemana va también ya de salida. Su sucesora, Annegret Kramp-Karrenbauer, no aparece por ninguna parte en el programa, una significativa ausencia que evita la alineación de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) ya con una nueva directiva. Los halagos que con toda seguridad volverá a dedicar Obama a Merkel, pertenecerán estrictamente a un pretérito imperfecto, constituirán un epílogo de aquella idílica y momentánea relación entre Alemania y EE.UU.. Anoche, ante 15.000 espectadores en Colonia, Obama se refirió a Merkel como «una gran líder», a la que atribuyó el «saber escuchar y dar sabios consejos». Juntos componen la imagen de un mundo que fue y que todavía cambiará más rápidamente en cuanto Merkel cumpla con su anunciado abandono de la Cancillería de Berlín. Trump, que incomoda a los alemanes recordandol lo irrelevantes que en su opinión se han vuelto a escala global, podría terminar siendo paradójicamente el revulsivo que, en lugar de condescender con esta sociedad, la agite para, en el mejor de los casos, sacar lo mejor de ella.