Fallida misión en el Congo del mayor contingente desplegado por la ONU

EDUARDO S. MOLANO. ENVIADO ESPECIAL | BUKAVU (CONGO)
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Cuando en septiembre pasado el general español Vicente Díaz de Villegas y Herrería asumió el mando militar de la Misión de Naciones Unidas en República Democrática del Congo (Monuc), reconoció que una de las prioridades era garantizar que no se había producido ningún retroceso en los procesos de paz firmados en 2003. Pero con un mando militar en continuo descrédito y numerosos grupos guerrilleros operando al este del país, las expectativas de futuro no pueden ser más negativas. La estratégica ciudad de Bukavu, en la frontera con Ruanda, es un símbolo de esta fallida misión.

Formada por más de 18.000 soldados de 18 países, la Monuc es el mayor contingente militar movilizado por la ONU en el mundo. Pese a ello, sufre un amplio rechazo por parte de la población local. «Desde que llegaron, las cosas no han podido ir a peor. Ahora les tememos casi tanto como a la guerrilla», señala Jean Dominique, uno de los comerciantes de Bukavu.

En agosto, una investigación interna de la ONU destapó los abusos sexuales que «cascos azules» de la India habrían cometido presuntamente contra la población. Según este informe, realizado por la Oficina de Supervisión Interna, casi un centenar de soldados participaron en las agresiones.

De igual forma, la organización Human Rights Watch denunció que varios soldados indios y paquistaníes vendieron armas al grupo armado Frente Nacionalista e Integracionista a cambio de oro procedente de los yacimientos de Mongbwalu, en Ituri.

Unas acusaciones que los soldados de la Monuc consideran anecdóticas. «El Congo es como un pequeño polvorín a punto de estallar. Bastante difícil es la vida en este lugar como para que se nos responsabilice a todos de unas prácticas cometidas por una minoría», señala uno de los casi 200 soldados bolivianos que integran el contingente de Naciones Unidas destinado en el aeropuerto de Bukavu, que solicita el anonimato.

Pese a las penalidades, la mayor parte de los miembros de la Monuc padece el clásico síndrome de Estocolmo sufrido por todo aquel que se adentra en el país: «No pienso en regresar. Pese a ser un infierno, Congo es como una droga: cada noche te acuestas odiándole, pero al despertar lo necesitas», señala Marco Viana, del contingente uruguayo destinado al norte del lago Kivu.

Nueva sublevación

Pero las prácticas poco ortodoxas de miembros de la Monuc son sólo un eslabón de la extensa cadena de inestabilidades que sufre el país. A principios de mes, Laurent Nkunda, dirigente del grupo rebelde Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP), instó a la población del Congo a «una nueva sublevación contra el Gobierno» y a poner «fin a la revisión de los acuerdos de paz firmada en enero».

Desde que en 1998 este pastor evangélico y su grupo se alzaran en armas, los enfrentamientos han sido una constante. En una de estas incursiones, en junio de 2004, al menos cuatro mil miembros del CNDP tomaron Bukavu para evitar -según el grupo guerrillero- «el genocidio que los hutus estaban practicando contra los tutsis al este del Congo». En apenas unos días, torturaron, violaron y asesinaron a centenares de mujeres y niños. «Nadie les podía parar. Eran como animales y era imposible contener su furia», relata Claude, uno de los jóvenes de Bukavu que presenció las matanzas. Formado en el Frente Patriótico Ruandés (FPR), partido tutsi que gobierna Ruanda desde hace 18 años, Nkunda está bajo el amparo del presidente de aquel país, Paul Kagame.