Esther Solano: «Los votantes de Bolsonaro le ven ahora como una persona débil e influenciable»

Esther Solano, afincada en Sao Paulo y especialista en el presidente brasileño, analiza las causas del desplome de su popularidad tras 100 días en el poder

MadridActualizado:

Esther Solano (Guadalajara, 1983) lleva viviendo en Brasil casi una década. «Hace 9 años me asenté aquí, cuando estaba realizando el doctorado, entre 2009 2010, y con la crisis en España era prácticamente imposible conseguir una plaza en la universidad pública», explica a ABC. «Coincidió con la época dorada de la expansión universitaria en Brasil, con Lula, y opté a una plaza de profesor universitario en la Universidad Federal de Sao Paulo». Objetivo que logró. Allí da actualmente clases de relaciones internacionales.

Dentro de un campo tan amplio, Solano se ha especializado en un aspecto muy concreto: el «fenómeno» de Jair Bolsonaro, que comenzó a estudiar en 2015, «cuando tuvieron lugar las manifestaciones pro-impeachment de Dilma Rousseff», matiza. Entonces empezó a investigar la «ola conservadora de derechas, y ahora específicamente estudio a los votantes de Bolsonaro», indica desde Sao Paulo, mientras prepara una de sus clases.

Hace tan solo unos días se hizo pública una encuesta, realizada por Datafolha, que mostraba la importante caída en popularidad del presidente brasileño en sus primeros 100 días de Gobierno, pasando de contar con el 67% de aprobación del país a un 51%, lo que supone una caída de 16 puntos en tan solo tres meses. Mientras que la desaprobación pasó del 21% al 38%. Esto le sitúa como el mandatario brasileño peor valorado durante ese periodo desde la redemocratización de Brasil, en 1985. Un trimestre que ha resultado bastante convulso para Bolsonaro y su gobierno, con varias salidas de ministros del poder, controvertidas declaraciones, un giro importante en política internacional, y sobre todo, muchas promesas que no se han hecho realidad. Solano analiza para ABC las causas del desencanto de los votantes hacia el presidente brasileño.

- ¿Ha sido una sorpresa la caída tan notable de popularidad del presidente Bolsonaro?

-Sí que ha sorprendido, aunque todos sabíamos que iba a tener problemas de gobernabilidad fuertes por dos cuestiones fundamentales: la primera es que él nunca ha pertenecido a la alta política, siempre ha sido un político muy mediocre, lo que en Brasil se llama de bajo clero, un político de base. Por otro lado, Brasil es un país muy complejo para gobernar porque hay un gran número de partidos, existe una heterogeneidad muy grande. A esto se suma que la base gubernamental de Bolsonaro es extremadamente compleja, la componen tanto los evangélicos como los militares, los ultraliberales…, que muchas veces tienen intereses divergentes y retóricas que se contraponen.

-Usted investiga específicamente el comportamiento de los votantes bolsonaristas, ¿a qué cree que se debe su desencanto?

-Se sienten muy frustrados porque no se han logrado muchas de las reformas económicas prometidas, sobre todo la que tiene que ver con las pensiones. Eso les ha provocado una gran frustración. Por otra parte, la clase más popular, que está sumida en el desempleo, ve que el paro continúa drásticamente (ha subido ligeramente -0,8 puntos en 2019-, situándose en el 12,4%). A esto se suma que han visto que Bolsonaro no es un hombre tan fuerte como imaginaban, y que está todo el día con el Twitter, y que parece que no tiene mano dura para el Congreso. Es un poco el problema que tienen los populismos: prometen mucho, un cambio muy significativo en un momento en el que la gente estaba muy desesperada y, evidentemente, no lo ha podido hacer. También una buena parte de la población piensa que, además de faltarle seriedad y mano dura, es una persona débil que se deja llevar por la influencia de sus hijos, de la prensa… Que le gusta más crear polémica que gobernar. Esto se contrapone con la imagen que está dando su vicepresidente, Hamilton Mourao, bastante más serio y centrado, lo que puede hacer pensar, si sigue la política mediocre y desorganizada, en la posibilidad, en el futuro, de un impeachment en favor de Mourao, que es más calculador, centrado y serio.

-¿Otro impeachment? Parece que esto se va a convertir ya en una costumbre…

-Sí (se ríe). El impeachment es una costumbre en Brasil. Poquísimos presidentes han conseguido su mandato democráticamente y lo han acabado democráticamente. Los periodos largos democráticos fueron los del PT: los dos de Lula da Silva y los de Dilma Rousseff, el segundo de los cuales fue truncado. Periodos de estabilidad que no empiecen o acaben bruscamente han sido poquísimos. Brasil es un país que tiene muy poca tradición democrática. Aquí decimos que es un país que funciona por la lógica de la post-democracia, que es una aparente función democrática. Pero después las instituciones funcionan de forma muy abrupta e incluso provocan inestabilidad. Por ejemplo, durante los impeachment estos siguen una aparente legalidad, el poder judicial aparentemente lo ampara, y también el Tribunal Supremo. Lo que sucede es que son cambios muy dramáticos y abruptos, que en su concepción no son nada democráticos.

-¿Cuál cree que ha sido el peor error del presidente Bolsonaro durante estos tres meses?

-No saber dialogar, incluso enfrentarse a la política de Brasilia. Un ejemplo claro de esto es la reforma de las pensiones, que tiene que ser votada primero en el Congreso, y Bolsonaro ha tenido varios enfrentamientos con su presidente, Rodrigo Maia, del partido Demócratas, que es una de las grandes figuras de la política tradicional. Tanto Pablo Guedes (ministro de Economía) como Bolsonaro se han enfrentado a estas grandes figuras de la política tradicional de Brasil y no han conseguido nada. Guedes también se enfrentó al presidente del Senado, con unas palabras un tanto altisonantes. El gran error es que Bolsonaro cree que puede gobernar de una forma mucho más personalista, con la famosa nueva política y no atenerse al diálogo y la negociación intensa que existe en Brasilia. Y de esa forma está absolutamente paralizado todo su gobierno.

-Bolsonaro se comprometió a cumplir 35 objetivos en sus primeros 100 días de gobierno, ¿cuántos ha logrado?

-Objetivos, siendo pragmáticos, no ha cumplido ninguno. Lo que ha hecho ha sido jugar a un juego ideológico, sobre todo últimamente. Lo único que ha conseguido, y a lo que se comprometió en su campaña y en su discurso de investidura, fue a despetizar el gobierno. Lo que está haciendo es dar pasos atrás en algunas de las políticas más simbólicas del gobierno anterior, en manos del Partido de los Trabajadores (PT). Hace unos días firmó un decreto para derribar la política de consejos y de política participativa que había fortalecido al anterior gobierno. También han sido importantes todos los pasos que ha dado para flexibilizar los órganos para la fiscalización medioambiental y la fiscalización de las políticas indígenas. Los Ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente son los que están sufriendo más el impacto de esta flexibilización. Respecto a los otros puntos que prometió no ha conseguido nada porque necesita el apoyo del Congreso. Por ejemplo, en el campo de la Educación quería sacar adelante su plan de educación en casa, pero también está siendo muy polémico y tiene a parte del Congreso en contra.

-También se señala a la política internacional seguida por Bolsonaro como una de las causas de su pérdida de apoyo…

-Es una de las cuestiones que está relacionada con «la despetización del Gobierno». Lula tenía una política internacional que cambió las relaciones de Brasil. Mantuvo una relación que aquí llamamos del sur-sur, o sur global. Se aproximó mucho a los países del mundo árabe y a los países africanos. Ahora Bolsonaro ha cambiado drásticamente todo eso. Su política internacional tiene dos ejes fundamentalmente: el eje EE.UU., que no solo es económico sino también simbólico, como el país en el que Brasil querría convertirse, en cuanto a liberalismo económico, a una política más individualista y el papel del Estado; y el eje israelí, que es absolutamente ideológico en la cuestión religiosa y conservadora. Aquí tenemos una población evangélica muy fuerte que está creciendo cada vez más y que ve con muy buenos ojos la aproximación con Israel. Y eso, por otro lado, ha creado mucha polémica porque el comercio de Brasil con los países árabes es mucho mayor que el que tiene con Israel. Varios países árabes se han enfrentado con Bolsonaro por esto, sobre todo en lo que se refiere al comercio de carne halal. También sabemos que el presidente no tiene ningún interés en fortalecer Mercosur, que se quedará como un organismo de parafernalia. Ni fortalecer la relación con sus vecinos latinoamericanos, incluso con aquellos que comparten un poco su óptica, como es el caso de Macri, presidente de Argentina.

- ¿Y con Venezuela?

-Esa también es una cuestión importante. Ahora se ha calmado bastante porque al principio Bolsonaro era bastante favorable a una intervención militar, pero el núcleo militar del gobierno, que es bastante grande, dijo que no, que no tendría ningún sentido porque va contra la política de no intervención de Brasil y sería una forma de obediencia hacia EE.UU. y de disminuir la autonomía y soberanía de Brasil.

-¿Cómo se ha visto ese acercamiento hacia el presidente Donald Trump en la reciente visita de Bolsonaro a Washington?

-De forma muy dividida. Brasil está muy polarizado actualmente. Ya lo era, pero con la elección de Bolsonaro lo es mucho más. Los detractores del presidente han visto este acercamiento de manera negativa porque piensan que es como arrodillarse ante EE.UU. Ha quedado muy claro que Brasil no ha sacado nada de esa cumbre, pero sin embargo la penetración de los intereses de EE.UU. aquí está siendo cada vez mayor. Esta siendo muy criticada porque se interpreta como un cierto colonialismo, precisamente lo contrario de lo que Lula hizo, que fue romper los lazos de inferioridad. Trajo lo que se llama aquí una política extrema altiva. Colocar a Brasil en un papel internacional como protagonista, y no como actor secundario. Y se está viendo un retroceso con el gobierno de Bolsonaro. Sin embargo, sus seguidores lo ven muy positivo porque EE.UU. se ve como un cierto faro de la civilización en cuanto al funcionamiento del Estado, las garantías de las libertades individuales, un país competitivo…

-También habrá supuesto una decepción que finalmente el gobierno de Bolsonaro no trasladara la embajada de Brasil a Jerusalén, sino solo un consulado…

-Ya se sabía que iba a ser imposible pues era un movimiento muy radical, sobre todo teniendo en cuenta el tema del comercio con los países árabes. La decepción ha sido por ambos lados. Por una parte, los países árabes continúan sintiéndose desprestigiados por la aproximación a Israel. Pero también para aquellos que pensaban que iba a tener una política mucho más cercana a Israel, porque si colocaba la embajada habría supuesto un paso simbólica y pragmáticamente muy importante. Bolsonaro ha conseguido desagradar a ambos lados.

-Bolsonaro prometió mano dura contra la corrupción, pero parece que a él también le ha salpicado en su propia familia...

-La corrupción fue uno de los grandes leitmotivs de la campaña. La moneda electoral para un líder demagógico-populista, a lo que contribuyó, por supuesto, la operación «Lava Jato» que fue muy espectacular. La gente alabó mucho el nombramiento del juez Sergio Moro como ministro de Justicia. Se quiso transforma la lucha contra la corrupción en una política de Estado, pero lo cierto es que no avanzado porque no puede ser. La corrupción es algo estructural en Brasil y un solo presidente no puede avanzar en eso si no tiene todo un organigrama de fuerzas detrás que estructure esa lucha, con la fiscalía, con el poder judicial, el Supremo Tribunal Federal… Y Bolsonaro, como ya hemos dicho, tiende más al trabajo individual que al colectivo, y así es imposible. Hay que hacer reformas políticas, para las policías de la investigación, reformas del propio Ministerio Público, de la fiscalía… Y lo que estamos viendo es que su familia también está envuelta en estos casos, su hijo, el senador Flavio Bolsonaro (que está bajo sospechas de irregularidades financieras). Es muy difícil gobernar en Brasil si estás aparte de la corrupción. Es todo un sistema del que resulta difícil huir. Sobre todo si eres un político de Río de Janeiro, donde convive las milicias, el poder público paralelo…

-Ante este desencanto con el gobierno de Bolsonaro, ¿qué está haciendo la oposición?

-La gente está preocupada porque está viendo que la oposición no está sabiendo tomar ventaja o favorecerse ante este desencanto entre sectores, como la clase media o los empresarios, por la degradación tan rápida del gobierno de Bolsonaro. Pero es que el PT, que es quien realmente representa aquí la oposición, está viviendo una grave crisis interna, que afronta un periodo de post-lulismo. Lula está en la cárcel, y parece que pasará bastante tiempo allí. El partido está sufriendo un proceso interno, pensando quiénes van a ser sus nuevos líderes, qué tipo de políticas en la oposición, después de tanto tiempo, pueden beneficiarle. A esto se suma el antipetismo que se está viviendo, que no solo va contra el PT, sino contra todos los grupos que orbitan a su alrededor. Se puede decir que la crisis de Bolsonaro coincide con la del PT, que no sabe aprovechar esta fase tan negativa para colocarse como proyecto político alternativo.