Esperando a Barack Hussein

ESTEBAN VILLAREJO | KUWAIT
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Nunca un nombre presidencial había levantado tantas suspicacias (y expectativas). Barack Hussein Obama, así juró el cargo el presidente número 44 de EE.UU. El mismo «Hussein» que Sadam.

También el mismo «Hussein» que el emir y jerife de La Meca que tras la Primera Guerra Mundial tuvo como sueño el renacer de la nación árabe de la mano de un joven oficial británico, T. E. Lawrence, y de una diplomacia estadounidense que, encarnada en los 14 puntos del presidente Woodrow Wilson, daba rienda suelta al «derecho de autodeterminación».

La realidad, un siglo después, es que el presidente Barack Hussein, aunque de padre musulmán, es cristiano (infiel) y liderará una potencia que amada y odiada nunca ha escondido sus intereses estratégicos en el mundo árabe donde cuenta con un protegido incuestionable: Israel. Una opción que parece inamovible sea demócrata o republicano. No obstante, los árabes también esperan mucho del «Hussein de la Casa Blanca».

Precisamente en Kuwait -aliado incuestionable de EE.UU. que aplaudió la guerra en Irak de 2003- fue donde los gobiernos de las naciones árabes recibieron ayer la llegada de Obama a la Casa Blanca.

Presidente «diplomacia»

Pero, ¿qué espera el mundo árabe del «hermano africano musulmán»? Sobre todo, otra sensibilidad. «Diplomacia», como aseguraba ayer un portavoz gubernamental kuwaití que reconocía a ABC que los ocho años provocado una reacción airada en la mayoría del mundo árabe, sobre todo entre la juventud. «Como el resto del mundo, compartimos las esperanzas en un nuevo tiempo donde prime la negociación y el multilateralismo sobre la guerra».

Borrar de la Casa Blanca terminologías como la «cruzada», la retirada de las tropas de Irak, una solución definitiva para Palestina, estabilidad económica o enterrar el plan del «New Middle East» de la Administración Bush, basado en la expansión de la democracia, son otras de las esperanzas depositadas en Obama por una sociedad cuyo calendario marca el 1430 después de la Hégira.

Incluso el presidente sirio, Bashar al-Assad, -uno de los integrantes del «Eje del Mal» de Bush- se ha declarado dispuesto a empezar de cero con Obama y contribuir a la estabilización de la región.

Unas expectativas que pueden chocar con los intereses de EE.UU. en la región marcados por su firme alianza con Israel. «El compromiso con la seguridad de Israel es la piedra angular de la política de EE.UU. en Oriente Próximo desde su fundación en 1948», argumenta la página web del Departamento de Estado. Algo que parece no cambiará a tenor de las declaraciones que en campaña hizo Barack Hussein Obama sobre la capitalidad israelí de Jerusalén.

Los acuerdos petroleros, la alianza estratégicas en la región o la retirada anunciada de Irak serán otras variables de su política exterior en la región. Con un invitado problemático: Irán, país no árabe pero que ejerce una influencia decisiva en Líbano (Hizbolá), Gaza (Hamás) o Siria.

EE.UU. mantiene en la región más de 150.000 soldados, bases permanentes en nueve países y acuerdos de cooperación militar y venta de armamento con la gran mayoría de países. Una alianza histórica de intereses que hereda el presidente Obama y que se reforzó tras la invasión de Kuwait. En los países árabes ya le esperan. Es un Hussein, un «nieto del profeta». Muchas más expectativas.