Del ensueño a la pesadilla

POR LAURA L. CARORAMALA. El clima se empeñó ayer en ponérselo difícil a Bush aún cuando todavía se encontraba en pijama. El presidente norteamericano había evocado en un par de entrevistas previas a

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POR LAURA L. CARO

RAMALA. El clima se empeñó ayer en ponérselo difícil a Bush aún cuando todavía se encontraba en pijama. El presidente norteamericano había evocado en un par de entrevistas previas a este viaje por Oriente Próximo el ensueño de los amaneceres que en 1998 pudo contemplar en Jerusalén durante su primera visita a la ciudad, cuando era gobernador de Texas. Ocupaba, como ahora, un lujoso dormitorio en el hotel King David, con prodigiosas vistas sobre la muralla construida por Suleiman en torno al casco viejo. Y, ni corto ni perezoso, el Ayuntamiento -en sintonía con las empalagosas atenciones que Israel brinda al mandatario en esta visita- ordenó ayer a sus funcionarios dejar a oscuras a partir de las 4:30 los barrios de medio Jerusalén Este, para que el exclusivo huésped pudiera deleitarse a las 5:15 con una salida del sol limpia y natural, diseñada sólo para sus ojos. Pero lo que encontró Bush fue una niebla tupida, una cortina de vapor impenetrable, casi sólida, que le negó el encanto de la fantasía que esperaba reeditar.

El final de la «burbuja»

Pero el clima fue más allá. Hasta llevar la contraria al grandilocuente nombre con que se había bautizado el dispositivo de seguridad tejido para proteger al inquilino de la Casa Blanca -«Cielos despejados»- y forzar al presidente a sumergirse de repente en la pesadilla de los puntos de control militar, el muro de hormigón, la alambrada de sensores y la mísera realidad de Ramala. «George Bush pasará estos tres días en Israel como en una burbuja, sin enterarse siquiera de que Judea y Samaria (como los judíos designan a Cisjordania) ha sido clausurada y sus habitantes encerrados dentro para su protección», lamentaba el miércoles el diario hebreo «Maariv», ante la perspectiva de que el mandatario fuera ayer hasta la Muqata en helicóptero a reunirse con Abbás, sin tomar contacto con la realidad de sus calles.

Pero la niebla, tozuda, densa, devenida en nubarrón, impidió despegar al aparato, y el mismo Bush que imaginó empezar el día tomando el té ante auroras doradas, se vio viajando en coche entre las basuras del recorrido palestino. Sin banderas festivas ni gentíos de bienvenida a su paso como en Jerusalén. Sino calles desiertas y ventanas vacías, porque la Autoridad había registrado sus casas, decretado toque de queda, cierre de tiendas, que nadie se mueva.., para garantizar el orden y quitarse de encima riesgos que molestaran la vista del ilustre invitado.

El convoy con el presidente de EE.UU. a bordo fue conducido por el punto de control más amable, el de Beit El, sólo para privilegiados y emergencias. Pero, con todo, la comitiva no pudo por menos que atravesar decenas de barreras israelíes. Y Bush se permitió luego bromear sobre ello, y hasta mostrarse comprensivo con los «check points». «Os agradará saber que mi cortejo de no menos de 45 coches pasó sin tener que detenerse; no estoy realmente seguro de que sea el caso del viajero común», dijo. Y añadió: «Comprendo la frustración de los palestinos por tener que soportar estos puestos de control, pero también comprendo que los israelíes quieran un cierto grado de seguridad mientras no se instaure una confianza entre una y otra parte».

Otro clima que no vio, el de los ánimos, despedía rayos, centellas y turbulencias no muy lejos de allí. Desafiando prohibiciones, acosados por la policía y disueltos a palos, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, el FIDA comunista y la organización «Gaza en la mente», clamaban «Juzgar a Bush por crímenes de guerra» y «Bush tira el muro», desde la céntrica plaza de Al Manar en Ramala y alrededores. «Bush, ¿cruzaste las barreras israelíes?», se preguntaba una pancarta sin saber que el aludido ya había contestado a eso.

Pero la suntuosidad, por fin, esperaba al presidente en la Muqata, donde Abbás puso a sus pies la alfombra roja, a pesar de que el hastío de su pueblo da señales de alerta roja. A Bush debió parecerle que, después de todo, había valido la pena levantarse de la cama.