Ecuador, rico en potencia

POR JOSÉ GRAUENVIADO ESPECIALGUAYAQUIL (ECUADOR). Las autoridades ecuatorianas no están especialmente preocupadas por la emigración de sus nacionales a España. Y no se trata de desidia.En

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POR JOSÉ GRAU

ENVIADO ESPECIAL

GUAYAQUIL (ECUADOR). Las autoridades ecuatorianas no están especialmente preocupadas por la emigración de sus nacionales a España. Y no se trata de desidia.

En conversaciones con gente bien informada de este país, al visitante español le recuerdan que esos ecuatorianos ganan unas seis veces más en España que en su país, «y como viven con muy poco, consiguen ahorrar mucho».

Las consecuencias son múltiples. A los que dejan la patria termina por irles bien, aunque pueda ser duro al principio. En Ecuador baja la tasa de paro, un problema acuciante. Y el Estado consigue jugosas remesas de divisas (euros y dólares), que son ya una de las fuentes de ingreso más importantes para este país. Unos 1.400 millones de euros anuales envían los ecuatorianos de España, donde se calcula que viven más de un millón de personas procedentes de esta tierra iberoamericana (la cifra oficial es de 500.000). Ecuador tiene una población de 13,7 millones de habitantes.

Pobreza

¿Y la imagen de pobreza que dan con la emigración masiva?

Eso es algo que se podría combatir indicando que toda persona es libre de instalarse donde más le convenga, comentan. Pero sobre todo promocionando las enormes posibilidades humanas, económicas y turísticas de Ecuador.

En realidad, habría que darle la razón a William Murillo, secretario de Migración, que recientemente declaraba en una entrevista: «Si aquí trabajáramos como si estuviéramos en el extranjero, haciendo los sacrificios que se harían allá, seguramente seríamos una potencia mundial».

Hace un calor tropical en Santiago de Guayaquil. Tanto, que lo mejor es protegerse con un sombrero de paja toquilla, para evitar que los rayos perforen el cráneo. Pero con solanera y todo, la ciudad está bulliciosa. Hay comercios por todas partes. Y un paseo por el Malecón Simón Bolívar, a orillas del río Guayas, es tan bello como podría ser deambular por las ramblas de una hermosa ciudad mediterránea.

Sin embargo, entre la población de esta urbe, la más poblada de Ecuador, parece como si faltara el convencimiento de que su país se puede convertir en algo grande. Reina cierta desesperanza.

Un ejemplo. El visitante entra en una papelería y pregunta por un lápiz, un lápiz de fabricación ecuatoriana. La dependienta, extrañada ante tan insólita petición, responde: «Aquí tenemos lápices chinos. Los ecuatorianos no sabemos hacer nada».

Es una lástima que el presidente Rafael Correa esté tomando derroteros que se asemejan a los de los gobiernos autoritarios, casi dictatoriales, de Evo Morales en Bolivia y de Hugo Chávez en Brasil. Correa todavía no ha llegado a tanto. Es más, hay quien niega que se les parezca y pide que se le dé un margen de confianza. Pero las cosas que están ocurriendo estos días no apuntan a nada bueno.

Una muestra: se ha querellado penalmente contra el director del diario «La Hora», Francisco Vivanco, por una supuesta injuria. Los principales gremios periodísticos nacionales e internacionales han condenado la decisión presidencial. Y es que un presidente que no acepte las críticas de un periódico está en realidad incapacitado para regir.

Los «pelusones»

Correa también se hace tristemente célebre estos días por haber ofendido a los «pelusones» de Samborondón, es decir, a la gente con más recursos de un barrio nuevo de la ciudad de Guayaquil, que lleva justo ese rimbombante nombre. Y en Samborondón recuerdan que la misión de Correa tendría que ser la de animar a todos. También a los más emprendedores, que son los que más riqueza pueden generar.

En el Malecón de Guayaquil algunos pasean con calma, orgullosos de una ciudad limpia. Les dan lástima los que se han marchado a Estados Unidos. Un cualificado interlocutor se lamenta de que su hermana, que está en Orlando, haya sido «formateada a lo gringo». Pero no descarta que alguna vez vuelva. «Como los emigrantes españoles que se fueron a Alemania en los años sesenta y luego regresaron, a lo mejor, veinticinco años después», añade.

Sol tropical en Guayaquil. Ambiente seco en Quito, que está a 2.850 metros sobre el nivel del mar, y donde en todo aseo hay aspirinas, por si al visitante le da el mal de altura. Volcanes, como el Pichincha. Cacao. Rosas. Bananos. Y cultura. Para ello, casi nada mejor que escaparse a una ciudad como Cuenca. Efectivamente, Ecuador es un país con futuro.