Trump, en el cierre de la Convención Nacional Republicana, el 21 de julio de 2016
Trump, en el cierre de la Convención Nacional Republicana, el 21 de julio de 2016 - AFP

Donald Trump: el presidente del «American First»

Actual presidente de los Estados Unidos, elegido en 2016 hasta 2020

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Donald Trump es justo lo opuesto a John F. Kennedy. Y como todo lo antagónico, tienen algunas cosas en común. La primera de ellas es su relación directa con el público, lo que les convierte en presidentes populistas y haber hecho su carrera en la televisión más que en el Congreso o en el Senado. Pero mientras Kennedy se esforzó en promover lo positivo del espíritu norteamericano, Trump se esfuerza en promover lo negativo que hay en él. Lo curioso es que tanto el uno como el otro alcanzaron la presidencia teniéndolo casi todo en contra.

El 20 de enero de 2017, Donald Trump jura su cargo como nuevo presidente de EE.UU., tras ganar las elecciones en noviembre de manera sorpresiva contra la demócrata Hillary Clinton, la gran favorita.
El 20 de enero de 2017, Donald Trump jura su cargo como nuevo presidente de EE.UU., tras ganar las elecciones en noviembre de manera sorpresiva contra la demócrata Hillary Clinton, la gran favorita.

El lema de Kennedy era «la nueva frontera». Un país como el suyo, que se ha hecho a base de caravanas en busca de colonizar el Oeste, se entusiasmó con la idea. Trump, en cambio, lo que hace es cerrar fronteras, impedir que lleguen nuevos emigrantes, lo que choca si se piensa que todos los norteamericanos tienen un antepasado más o menos lejano inmigrante. Sin embargo, le votaron. De la Alianza para el Progreso que lanzó Kennedy para Hispanoamérica no queda ni rastro, e incluso la joya de la corona, haber luchado dos veces en Europa para liberarla de sus peores instintos, menos todavía. Mientras Kennedy se sentía a gusto en París, en Londres, en Berlín, Trump no oculta su incomodidad en ellas, y prefiere entenderse con los enemigos, como Putin o Kim Jong-un. Su foto, cruzado de brazos rodeado de los líderes europeos que le acosan, es elocuente. Podría incluso sostenerse que el actual presidente norteamericano representa los valores opuestos a los de su país, y que tenga problemas no ya con su partido, el republicano, sino con su equipo, del que lleva despedidos unos cuantos, lo corrobora. Sin embargo, le votaron y su índice de popularidad se mantiene. Algo debe de tener y quien se acerque a EE.UU. lo nota.

Los norteamericanos están enfadados y tienen razones para ello. Trabajan más que los europeos, ganan menos, su seguridad social es rudimentaria y las cargas cada vez mayores. Y vienen cargando con la seguridad no ya de Europa, sino del mundo, aunque esa seguridad explote en muchas ocasiones. Su presupuesto de Defensa equivale al de los doce países que le siguen. Están hartos y Trump ha sabido capitalizar esa frustración. Exigen más de los aliados, de los rivales, de todo el mundo, y es cuando nos damos cuenta de que no han votado a Trump. Han votado contra los demás. El problema es que su política contra todo y contra todos, desde el cambio climático a las tarifas arancelarias, puede conducirnos al desastre. Pues esas son guerras en las que no hay vencedores, sólo vencidos. Por lo que los europeos haríamos bien en tomarnos en serio a Trump, no como una aberración pasajera en la historia y la política norteamericana sino como la consecuencia lógica de haber llevado demasiado tiempo el peso de la púrpura mundial.