La primera ministra de Reino Unido, Theresa May
La primera ministra de Reino Unido, Theresa May - AFP

Las dimisiones de Johnson y Davis ponen contra las cuerdas a Theresa May

La primera ministra se enfrenta a su peor crisis por la revuelta del sector duro de los conservadores contra su propuesta suave para salir de la UE

Corresponsal en LondresActualizado:

La primera ministra británica se las prometía muy felices cuando el pasado viernes conseguía, dos años después de que el Brexit recibiese el sí en referéndum, poner de acuerdo a su gobierno en torno a una propuesta definitiva a Bruselas.Habían sido muchos meses de amenazas internas, amagos de dimisión y demostraciones públicas de discrepancia, y al fin gobernaba un Ejecutivo apiñado en torno a una idea, aunque muchos de ellos fueran reticentes. Sin embargo, todo lo conseguido le ha durado 48 horas y se le ha tornado a May en una pesadilla que podría acabar con ella fuera de Downing Street.

La cronología de los hechos y de una crisis cada vez más grave se remonta al domingo por la noche, cuando, sin que nadie lo esperase, el ministro para el Brexit y uno de los abanderados eurocríticos del Gobierno, David Davis, presentaba su dimisión argumentando que no podía permanecer en el Ejecutivo apoyando una idea en la que no cree. Se refería a ese plan, que se presentará el jueves y conocido como «Libro Blanco del Brexit», que abre las puertas a un Brexit suave, con una especie de nueva relación bilateral británico-comunitaria que pone sobre la mesa la creación de un mercado común de bienes.

Pese a no estar alineado con esta idea, Davis no dimitió y permitió su aprobación, asegurando que lo hizo porque «la restauración de la responsabilidad colectiva del gabinete no le dejaba esa opción» y por eso se tomaba dos días para pensarse la decisión. Junto a él renunciaba el número dos de su ministerio, Steve Baker.

Ante esta situación, May no tardaba en reaccionar y en apenas unas horas nombraba como su sucesor a Dominic Raab, el perfil de político más parecido a Davis que había, euroescéptico como él y en contra de las políticas de inmigración suaves.

Pero el gran golpe se lo llevaba May ayer a eso de las tres y media de la tarde, hora británica, cuando se anunciaba la dimisión del gran bastión del Brexit en su Ejecutivo. El excéntrico Boris Johnson, hasta entonces ministro de Exteriores, cedía su puesto sin mediar palabra y sin haber aparecido en escena desde la reunión celebrada en Chequers. Todos los ojos estaban puestos en él y su decisión puede conllevar más que una simple divergencia de criterio a la hora de llevar a cabo el Brexit. Porque Johnson siempre ha estado en las quinielas de una posible sucesión de May liderando el ala más euroescéptico conservador.

Por eso ahora sobrevuela la idea de una posible rebelión «tory» contra su líder, una May que por boca de su portavoz amenazaba a cualquiera que ose desafiarla. En una declaración de intenciones, este aseguraba que la «premier» británica «peleará» por su puesto.

Dura sesión en los Comunes

De hecho, justo en ese momento se enfrentaba a más de dos horas de cuestiones en la Cámara de los Comunes, donde defendía la propuesta que se entregará a Bruselas, antes de explicársela y argumentarla poco después a sus correligionarios conservadores en privado.

Una posible moción de censura, con la que ya algunos de sus diputados han amenazado en meses anteriores, necesita solo 48 «tories» dispuestos a hacerla claudicar. Si bien es cierto también que la bancada conservadora está compuesta por más proeuropeos que euroescépticos, algo que podría frenar este jaque a la «premier». Sin embargo, el procedimiento es tan sencillo -lo deben pedir por carta a Graham Brady, presidente del Comité 1922, el órgano que representa a los diputados «tories» sin cargo en el Gobierno- que la batalla por el liderazgo se antojaría entonces encarnizada y ahí aparecería Johnson como uno de los potenciales candidatos a suceder a May.

El ya exministro de Exteriores aseguró ayer, en una carta para explicar su salida del Ejecutivo, que «el sueño que supuso el Brexit está ahora muriendo, ahogado por una innecesaria duda de sí mismo». Theresa May está haciendo que, según Johnson, Gran Bretaña esté «realmente encaminada hacia el estatus de colonia». Unas palabras que pueden sonar a declaración de guerra.

La primera ministra, antes de conocer el contenido de esta misiva, agradecía en el Parlamento tanto a Johnson como a Davis los servicios prestados.

Desde la oposición, el líder laborista, Jeremy Corbyn, le pidió abandonar un barco que «ya no puede ni gobernar». Ella, impasible, defendió que las dimisiones se producen porque «no estamos de acuerdo en la mejor manera de conseguir el objetivo que compartimos», pero subrayó, a su vez, que el conjunto de su Ejecutivo apoya el plan. Una estrategia que considera mejor que «un Brexit abrupto y sin acuerdo», lanzando un mensaje claro a aquellos que se estén planteando rebelarse. Su estrategia pasa ahora por advertir a los «brexiters» de su partido que si no aceptan su propuesta y saltan al vacío sin acuerdo, las consecuencias podrían ser fatales.

Mientras, crecían los rumores de otras posibles dimisiones en el bando «brexiter» del Gobierno, que meterían aún más presión a May, obligándola casi a caer por sí sola. Las próximas horas serán claves para una primera ministra cada vez más debilitada y aferrada a una defensa numantina para salvar su puesto y su proyecto.