La devastadora fiebre del oro
Campamento ilegal de oro en el kilómetro 116 y 117 de la carretera interoceánica entre Puerto Maldonado y Mazuco - C. DE CARLOS

La devastadora fiebre del oro

ABC se infiltra en este descomunal negocio gracias al cual viven en Perú cientos de miles de personas. Cada año se extraen 16.000 kilos de oro, pero se utilizan 48.000 kilos de mercurio y maquinaria muy dañina. «Están dejando la selva como la luna», denuncian los ecologistas

CARMEN DE CARLOS
REGIÓN DE MADRE DE DIOS (PERÚ) Actualizado:

La fiebre del oro del lejano oeste americano se ha trasladado, dos siglos más tarde, a Perú. Son cientos de miles los buscadores del metal más preciado. Montan campamentos como ciudades, hurgan en las tripas de la tierra con rigor de cirujanos o la revientan sin miramientos. Mueven miles de millones de euros, se escapan del brazo de la justicia y no sienten el peso del Estado.Los nuevos ricos del Perú se dividen entre los mineros que cumplen la ley y aquellos que la desconocen o no la quieren conocer. El rastro de estos se sigue por la estela de prostitución, alcohol y negocios turbios que les acompaña.

La minería «informal», como se refieren a las explotaciones ilegales, encuentra en la selva su botín dorado. Sólo en Madre de Dios, región amazónica del tamaño de Andalucía, «en un año se extraen 16.000 kilos de oro», según estimaciones de Carlos Aranda, presidente del Comité de Asuntos Ambientales de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE). En ese proceso se utilizaron 48.000 kilos de mercurio y un número indeterminado de «dragas», «carrancheras» o «chupaderas», variables de bombas de agua con canaletas para filtrar el oro. «La devastación ambiental es brutal… Están dejando la selva como la cara de la luna», observa Miguel Santillana, investigador principal del Instituto Perú. «Es difícil parar esto porque la minería informal les resulta más rentable que el narcotráfico. Después de todo —recuerda— el oro es legal».

Boris, más conocido como «El Gringo», dedica esfuerzo y dinero a repoblar una superficie amarilla y árida como un desierto. Es el escenario que queda después de remover con máquinas y perforar una decena de metros el fondo de la tierra. «No me pueden señalar con el dedo. Nosotros cumplimos, reforestamos», observa antes de explicar: «No sacamos pepitas, extraemos polvo de oro que viene mezclado con arena y piedras». «El Gringo» habla quechua, mide cerca de dos metros, tiene un aire a Gregory Peck y lleva cinco años explotando legalmente su finca de Mazuco (Madre de Dios). «Los tres primeros años –cuenta— trabajamos para el dueño anterior. Le entregábamos el oro que sacábamos en cinco días y nos quedábamos con el del resto de la semana». Su mujer, Aidee Montesinos, le acompaña en esta aventura. «Ahora explotamos 300 hectáreas y trabajamos 25 personas». Observa frente al «chute», plataforma con alfombrillas donde se cuela el oro.

Para llegar al «campamento del Gringo», hay que recorrer —en moto o en un todoterreno— un puñado de kilómetros desde la localidad de Mazuco, cruzar el río Dos de Mayo y caminar sobre un arroyo seco porque «las perforaciones descontroladas del vecino desviaron el curso del caudal», observan. La cuadrilla del «campamento del Gringo» cumple con sus obligaciones y, en general, con el horario. Una coincidencia hace que, a las cinco de la mañana, un par de mineros sean descubiertos volviendo al campamento. «Debían estar descansando pero les hemos sorprendido en esta escapada», comenta Aidee. Los hombres se fugan a los burdeles de Mazuco, de la carretera o del pueblo vecino: Huepetuhe. No hay control de salud sexual. Algunos vuelven con «chancro, sífilis, gonorrea. Enfermedades venéreas de todo tipo», advierte. En un intento por paliar los efectos de la llamada del sexo en la selva, la mujer del gringo, neuropsicóloga, les sirve, «dulces de frutas de postre porque el azúcar sofoca el deseo... pero nada de chocolate que estimula el apetito sexual», garantiza.

Huepetuhe, ciudad prohibida

Aidee y Boris, mineros de ley, no tienen miedo ni reparos en mostrar dónde, cómo y con quién trabajan. No sucede lo mismo al otro lado del Inambari, Inamparé o Azul, tres de los términos que identifican al río que separa Mazuco de Huepetuhe. El acceso a esta ciudad, prohibida para forasteros, se hace en barcas alargadas de madera. Del puerto a la ciudad no existe camino, sendero, carretera o paso trazado. A Huepetuhe se llega a tientas y a ciegas. De nuevo, se cruzan arroyos o ríos que llaman «quebradas». A ese lugar, del que sueñas con salir antes de llegar, se accede una vez atravesado extensiones de playas que antes estaban ocupadas por árboles, maleza y animales salvajes. Hoy, en su lugar hay grúas, tubos, agua estancada y arena.

Las casas de Huepetuhe se levantan sobre vigas al aire para que no se las traguen las riadas. La parte baja es la más humilde, la de los farolillos rojos y las tentaciones. La alta se considera, según parámetros de la jungla, la noble. En ésta, la «reina del oro» es una vieja indígena que se peina las trenzas azabaches en el balcón. Le ayuda una «cholita» (india) que sonríe al escuchar los improperios de su ama. Es Gregoria Casas, Goya para los más de diez mil habitantes que saben que es la dueña y señora de un número indeterminado de explotaciones legales e ilegales mineras.

Nada se mueve en Huepetuhe sin que «la Goya», pionera entre los pioneros del oro, lo sepa. Las principales fundiciones, donde se separa el oro del resto, son suyas. «No quiere hablar porque tiene riesgo», observa Alejo Rodríguez, alias «El Chino» y conductor de una furgoneta taxi. En los últimos tiempos los secretos prohibidos de Huapetuhe se han filtrado: mafias, trata de jovencitas, justicia por mano propia y violaciones a otros artículos de un Código Penal que aquí no existe han salido a la luz. «Es fregadito (peligroso), hay malacos (villanos) por todas partes», insiste «El Chino». A su lado dos niñas, de impecable uniforme de colegio, parecen de otro mundo.

El sueldo, en los burdeles

Todo es posible en Huapetuhe y en su versión itinerante. Esto es, en el kilómetro 116 y 117 de la carretera interoceánica que viene de Puerto Maldonado hasta Mazuco y llega hasta a Cuzco. Este paso es el causante del éxodo minero de los últimos tres años. «Antes podías tardar en llegar hasta una semana si llovía pero ahora con la ruta lo haces en unas horas», recuerda René, conductor a sueldo de 24 años, que un día quiso ser ingeniero. «Nosotros transportamos todo. Por subir fierros o bidones de gasolina cobramos cien soles (no llega a 30 euros)». Percy conduce una de las cientos de motos que van de la carretera al kilómetro 116 y 117, el mayor campamento ilegal de buscadores de oro de Madre de Dios. El recorrido es de unos doce ó quince kilómetros. Por el sendero o «trocha» no entra un coche, motocarro o furgoneta como las que circulan por la zona. Al final del camino son miles los mineros instalados en carpas o covachas de madera y plásticos. No hay descanso, en el campamento se trabaja en distintos turnos día y noche. Las cuadrillas son de cuatro mineros y su sueldo el 20 por ciento del oro que saquen.

El campamento es una ciudad ambulante que se mueve siguiendo la ruta de oro. Hay jugueterías, tiendas de comestibles y burdeles con jornada intensiva. Son las seis y media de la mañana y suena la «salsa chicha» y hasta Shakira. La rica miel, Lágrimas de amor o Miss Encantos «son buenos negocios con tanto hombre suelto», aseguran a pie de carretera. Alberto, operador de excavadora, lo confirma: «Me lo gasto todo en cerveza y mujeres».

El paisaje es futurista. «Verá la cara de la luna», había advertido Miguel Santillana. También la cara más fea de la tierra: cráteres inmensos, amasijos de hierros con formas de balsas, desolación y, sobre todo, la mano del hombre,