Néstor Kirchner. J. PRIETO

El desgaste de un año de gobierno no afecta a la popularidad de Kirchner

Admite que «debemos el 150 por ciento del PIB, tenemos una presión durísima de los acreedores y la pobreza sigue siendo alta. Todavía no salimos del infierno»

CARMEN DE CARLOS. CORRESPONSAL/
Actualizado:

BUENOS AIRES. Tal día como hoy, hace exactamente un año, Néstor Kirchner, gobernador de Santa Cruz, una provincia remota de la Patagonia, se convertía en presidente de Argentina. En estos doce meses de gestión ha logrado conservar un extraordinario apoyo popular, pero no ha sido capaz de sacar al país de la bancarrota y recuperar una imagen de confianza para los inversores.

Todavía hoy algunos argentinos tienen dificultades para pronunciar el apellido del presidente, pero más del 60 por ciento, según los sondeos menos generosos, y al borde del 90, según el más rumboso, confiesa tener una imagen «buena o muy buena» de Kirchner. Pocos lo hubieran dicho cuando juró el cargo y comenzó, por las bravas, a dar batalla a las instituciones más tradicionales del país y abrir distintos frentes en sectores de máxima sensibilidad. Léase, las Fuerzas Armadas, la Policía, el Fondo Monetario Internacional (estuvo dos días en «default»), los inversores extranjeros y los partidos políticos, incluido el suyo, esto es, el Justicialista (Peronismo).

Alberto Fernández, jefe de Gabinete, resume lo que considera aciertos más importantes: «La tarea en contra de la impunidad, por una Justicia independiente, empezando por la revisión y la designación de los jueces de la Corte (Tribunal Supremo)», así como «logros económicos como tener un millón de desempleados menos y siete millones de pobres menos».

El presidente, que se resiste en todas las entrevistas que concede a medios nacionales a reconocer alguno de sus errores, acepta la existencia de ciertas «asignaturas pendientes. Debemos 170.000 millones, el 150 por ciento del Producto Interior Bruto, tenemos una presión durísima de nuestros acreedores y la desocupación y la pobreza siguen siendo altas. Todavía no salimos del infierno».

El «fuego» que precedió a Kirchner, que llegó al poder con el 22 por ciento de los votos, quedó inmortalizado en la retina universal con los saqueos de Argentina, la sucesión de cinco presidentes en tiempo récord, las fotografías de niños esqueléticos o la secuencia de un Congreso alborozado por el anuncio de no pagar la deuda ante un sonriente ex presidente Adolfo Rodríguez Saá. Aquellas imágenes dieron la vuelta al mundo varias veces antes de que Kirchner ocupara el sillón de su mentor y predecesor, Eduardo Duhalde.

Hoy pareciera que esto ha quedado en el olvido. Argentina creció un 8 por ciento, pero la deuda con los acreedores privados, a la que se refiere el presidente, sigue sin pagarse, los niños de la provincia de Tucumán igual de famélicos, las empresas privatizadas enfadadas por el «pseudocongelamiento» de las tarifas, la industria herida (en dinero contante y sonante) por la crisis energética y las petroleras ofendidas por la subida de retenciones a las exportaciones de crudo y el trato recibido.

«Estilo K»

Las formas de Kirchner, su famoso «estilo K», resumido en prepotencia, provocación, desafío y ofensa innecesaria, no escapa a las críticas. El ex presidente Raúl Alfonsín lo explica a su manera: «Que no hable con los partidos o se refiera a ellos como corporaciones fracasadas, es un enorme gesto autoritario». Kirchner se despacha en uno de sus diarios predilectos: «El Gobierno no es para chicos educados».

El aislamiento de «K» es otro tema de debate. No celebra consejos de ministros y sólo es roto, sin permiso, por su esposa, la senadora Cristina Fernández, y el secretario legal y técnico, Carlos Zanini. Para Elisa Carrió, ex candidata presidencial del ARI (Argentina por una República Igualitaria),el Gobierno tiene «un doble juego». Con un discurso electoral de similar corte, sus comentarios ácidos irritan tanto al Gobierno que el ministro de la producción, Julio de Vido, llegó a pedir (y luego retractarse), «que la metan presa» por acusarle de ser «el cajero» (recaudador) de su jefe. Carrió da donde duele: el tema de la corrupción a los supuestos incorruptibles. Denuncia al virtual embajador en Madrid, Carlos Bettini, y a Kirchner le atribuye favorecer a las pesqueras (de origen español), en especial a Conarpesa, que atraviesa momentos difíciles al investigar la Justicia el asesinato de uno de sus ejecutivos. Carrió no vinculó al presidente con el crimen, pero el jefe de Gabinete se apresuró a aclarar: «Kirchner no mata ni manda matar».