Un policía cubano advierte a un joven ebrio en el centro de La Habana

A Cuba le gusta el «yuma»

A ritmo de reggaeton, una canción prohibida por el régimen se ha convertido en el símbolo de la rebeldía de una juventud que poco o nada quiere saber del «Patria o muerte, venceremos»; su letra se deja oír por todos los rincones de la isla

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TEXTO Y FOTO: ESTEBAN VILLAREJO

LA HABANA. «¡Ayyy, a mí me gustan los yumas!». Cuba también se mueve a golpe de reggaeton. Pero al concupiscente contoneo de la «Gasolina» o el «¡Mami perrea!», le ha surgido un duro competidor que en las noches del Malecón habanero trasvasa los límites de lo castristamente correcto.

Es el «Yuma» -guiri en jerga cubana-, una canción de este ritmo caribeño que interpretada por el grupo Calle 35 -y prohibida ipso facto por el régimen- escenifica las ansias de libertad y cambio de una generación que poco o nada quiere saber del «Patria o muerte, venceremos».

La canción habla de una chica a todas luces jinetera (prostituta) que día a día persigue a los «yumas» porque le cambiarán su vida al darle «fulas» (dólares) y, sobre todo, le pueden sacar de Cuba. Matrimonio de conveniencia a la carta. El coro canta «Yunai, Yunai, Yunai de las Tunas (provincia oriental)... A ti te gustan los yumas». Y ella, mitad alarido orgásmico, mitad lamento juvenil responde el repetitivo y contagioso estribillo: «¡Ayyy, a mí me gustan los yumas!».

El nombre de Yunai tiene su miga pues es el modo con el que los cubanos que desconocen el inglés pronuncian United, en referencia al eterno enemigo, y vecino al fin y al cabo, Estados Unidos. Todo un doble sentido genuinamente cubano.

Gladys Rodríguez es una de esas jóvenes Yunai. Cada noche pulula y escudriña a los turistas que se sientan en la terraza del hotel Inglaterra de la capital cubana, sito frente al Parque Central que rinde homenaje a José Martí.

«Me prostituyo, sí. Pero lo que realmente me gustaría es casarme con un turista y salir de este país». Tiene 22 años, tez morena, pelo ondulado, ojos negros. Muy bella. «Lo hago por ganar dinero fácil, pero con ese objetivo final: salir de Cuba. Como tantos otros», trata de excusarse.

«Cuarenta pesos convertibles para mí y 20 para la dueña de la habitación que está al doblar la esquina del hotel Telégrafo. Ese es el trato que hago cuando la persona me gusta». Más o menos 55 euros por un servicio. Es la jinetera. Hay que tener en cuenta que el salario medio de un médico ronda los 25 euros al mes.

También por televisión

Pero para percatarse del éxito de todo lo que viene de fuera no hay que recurrir al dinero fácil. Tan sólo hay que echar una ojeada a la programación de televisión.

Cuando Fidel, Hugo Chávez o la guerra de Irak no copan el «prime time», una serie de adolescentes españoles que sueñan con ser estrellas de baile mantiene en vilo a gran parte de la juventud cubana. Es «Upa Dance».

«Una de las aventuras más seguidas en Cuba», comenta Lisvette, ojos claros Pinar del Río, al tiempo que indaga sobre las últimas novedades de Bisbal, de la música estadounidense, de la última entrega de Harry Potter... Y como no podía ser de otro modo: el «Yuma» grabado en un CD pirata.

«En Viñales prohibieron el reggaeton por culpa de esta canción, pero como le gustaba a los turistas tuvieron que volver a permitirlo. Eso sí, la canción del Yuma no puede escucharse en ningún bar», aclara. Incluso el Comandante estuvo pensando en su prohibición tachándolo de contrarrevolucionario.

Lisvette tenía un año cuando cayó el Muro de Berlín. «Sobre él [Castro], prefiero no hablar. No conozco otra cosa». Esquiva medrosamente la pregunta.

Cada vez más, y poco a poco, la bandera estadounidense se cuela en la vestimenta de los jóvenes rebeldes cubanos. Gorras «Born in USA» y pañuelos con las barras y estrellas comienzan a rivalizar con las camisetas del Ché, normalmente utilizadas por extranjeros que vienen a la isla buscando la imagen romántica de la Revolución o vendidas a modo de souvenir caribeño en variopintos mercadillos o resorts paradisíacos.

La historia de Eddy, vigilante de seguridad en un céntrico hotel de La Habana, representa la frustración del que tuvo la oportunidad y no la aprovechó. Fue en 1994 cuando estalló una nueva crisis de balseros en la que 35.000 cubanos lucharon por atravesar el canal de Florida. «Al final no tuve el valor necesario, acababa de tener un hijo y no quise abandonarlo», relata.

Eddy reconoce que al menos se siente un privilegiado pues su trabajo le permite estar en contacto con el turista. «Si no fuera por ello mi familia se moriría de hambre. ¿Dónde vas en la Cuba de hoy con 20 dólares al mes?». Su exiguo salario lo complementa con las propinas de los turistas y «los pagos que éstos efectúan cuando hace la vista gorda para que algún yuma pueda subir alguna chica a la habitación del hotel», una práctica ilegal pero consentida en la mayoría de los hoteles de la capital.

Eddy, 32 años, es experto en artes marciales. «Mi sueño sería montar mi propio gimnasio. Una escuela para chavales cubanos. En mi país».

Sueños que se chocan con la realidad de un sistema político, el cubano, cuya pervivencia -pese a bloqueos económicos, caída de la URSS, visita del Papa o presiones políticas- queda íntimamente ligada a la de su líder. ¿Qué pasará cuando muera Fidel, «El Caballo» como es conocido en la isla por su bravura?

«Esto se acabará»

«Imagino que esto se acabará. Unos y otros saldrán a la calle. Que no pase nada grave. Espero que nuestras condiciones de vida vayan a mejor». Argumenta Daisy, una joven de 22 años, camarera de un hotel y residente en Guanabacoa.

Pese a huracanes, los «yumas» continúan llegando al aeropuerto José Martí de La Habana. Varadero, Cayo Coco, María la Gorda y la capital son algunos de sus reclamos turísticos.

Tras el pago de 25 pesos convertibles -como impuesto de salida- y la pertinente espera de hora y media en el control de inmigración el «yuma» abandona la isla caribeña, no sin antes encontrarse con un grupo de amigos cubanos que despiden al héroe: «Es mi amigo Mario. Se va a Amsterdam. Conoció a una mujer y se ha casado con ella».

Al son del ron y los vítores, Mario -un atlético e imponente cubano de metro noventa y tantos- es despedido por su gente.

Uno de sus amigos se acerca al «yuma». «¿Español? Sólo una cosa: méteme en tu maleta y llévame para España que esto es una dictadura». «¡Ayyy...!».