Una imagen cotidiana en las calles del centro de La Habana
Una imagen cotidiana en las calles del centro de La Habana - Manuel Trillo

En Cuba, enriquecerse sigue siendo repugnante para el gobierno

Las reformas están encaminadas a mantener el aparato productivo de la isla cautivo del Estado, y a restringir aún más el acceso a la propiedad privada y las actividades por cuenta propia

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¿Qué pasa en Cuba? El gobierno anunció una nueva Constitución. ¿Cuán profundo es el cambio? El anteproyecto consta de un Preámbulo, 224 artículos divididos en 11 títulos, 24 capítulos y 16 secciones. Supuestamente, se discute los días 21, 22 y 23 de julio y nadie espera que el dócil Parlamento cubano, compuesto por 605 asambleístas asombrosamente afinados -los llaman «los niños cantores de La Habana»- genere la menor disonancia.

Reintroducen el cargo de Primer Ministro. El Presidente representará al Estado. El Primer Ministro se encargará de la gerencia del gobierno y del control del Consejo de Ministros. Ninguno de esos mandos será por voto directo. El Parlamento -que en Cuba se denomina «Asamblea Nacional del Poder Popular»- se encargará de la selección. Y, dentro del Parlamento, será otro órgano mucho más reducido y manejable, el Consejo de Estado, el que propondrá a los «compañeros» idóneos.

El Partido Comunista conserva su carácter de fuerza hegemónica del país y centro único de iniciativas. Inasequibles al desaliento, se continúa invocando la inspiración marxista-leninista del Estado y del gobierno.

Espada de Damocles

Pero el elemento más enigmático es la incorporación de un inquietante Consejo de Defensa Nacional, del que se dice que es «un órgano superior del Estado que dirige al país durante las situaciones excepcionales y de desastre». No se dice, pero se sabe, que esa institución está regida por el coronel Alejandro Castro Espín, formado por la KGB en la época de la URSS, único hijo varón de Raúl Castro, y reúne a todas las fuentes de inteligencia y contrainteligencia del país.

La vaga definición del CDN y su probable intervención en situaciones excepcionales funciona como una verdadera espada de Damocles que pende sobre las cabezas de todos los apparatchicks. (Por eso me decía un canciller latinoamericano que el cubano más vigilado en la isla era Miguel Díaz-Canel, el presidente elegido por Raúl Castro para sustituirlo. Tiene que escribir con buena letra para no ser sustituido o eliminado como hicieron en 1989 con el general Arnaldo Ochoa).

El premierato ya existió entre 1959 y 1976. En ese largo periodo Fidel Castro fue primer ministro e hizo lo que le dio la gana. De manera inconsulta cambió el modelo político y económico de los cubanos, introdujo misiles soviéticos, que casi desembocan en una guerra mundial, inició las guerras africanas y creó todo género de disturbios en medio planeta apoyando a cuanto grupo revolucionario anti occidental se asomaba a La Habana.

En el 76, durante el periodo de sovietización de la isla, inexactamente calificado de institucionalización, inspirados por la Constitución búlgara -porque era un pequeño país agrícola con una población semejante a la cubana- se acercaron a la fórmula soviética, pero Fidel siguió haciendo lo que le salía de sus barbas.

La nueva Constitución o las reformas constitucionales -da igual- anunciadas por el gobierno cubano son, por una punta, un ajuste a la realidad; por la otra, un intento gatopardiano de que todo siga igual. Y por una tercera, un límite a la autoridad del presidente para que no se le ocurra jugar al caudillismo, como hicieron Fidel y Raúl en su momento.

La desaparición de la URSS y del campo socialista europeo a principios de los noventa dejaron a Cuba sin subsidios y a la deriva. Súbitamente desapareció la mitad del consumo de la población. Fidel, entonces vivo y al frente del manicomio, decretó el Periodo Especial, eufemismo que significaba el comienzo de una etapa miserable. La manera de capear ese inmenso temporal fue reformar la economía.

Cautivos del Estado

Fue entonces cuando del caletre de Fidel, mientras soñaba con grandes cosechas de moringa, comenzó a surgir el «modelo castrista de reformas». A regañadientes aceptó la menor cantidad de empresa privada y cuentapropistas que le permitiera sobrevivir a su régimen. En ese momento admitió la dolarización, pero cuando pasó el vendaval y ascendió Chávez al poder, se pegó a la teta venezolana con un apetito de huérfano y pudo revocar la medida.

La duda era si Raúl Castro, con la reforma que preparaba, trataría de sumarse al modelo chino, al vietnamita o si se mantendría dentro de las coordenadas del modelo castrista. Ya no hay espacio a la esperanza de cambio económico. Las reformas están encaminadas a mantener el aparato productivo cautivo del Estado. Se restringen más las actividades de los cuentapropistas y el acceso a la propiedad privada. El propósito es impedir a cualquier costo que los cubanos se enriquezcan. A Raúl Castro le repugna la frase china: «Enriquecerse es glorioso». El general no entiende el valor de los incentivos.