Veinticuatro supuestos guerrilleros albaneses asesinados en Rogovo durante la guerra de Kosovo en 1999. Reuters

Crimen de guerra, mucho más que un crimen

En medio de la guerra se multiplican las infecciones pero «ninguna es tan contagiosa como el crimen», explica Roy Gutman, premio Pulitzer en Bosnia y creador de un acreditado vademécum sobre crímenes de guerra. Se entiende que el crímen en la guerra colea como una bacteria en el pus. Pero «pocos saben que, en guerra, un crimen-asesinato, saqueo, violación- es algo más: Es un crímen de guerra».

VIENA. Ramiro Villapadiernacorresponsal
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Por un asunto de crímenes de guerra ha aparecido este martes ante un juez de La Haya el ex dirigente serbio Slóbodan Milósevic. Para el juez Richard May, Milósevic es inocente de todos los cargos imputados, en tanto no sean probados por la fiscal y sentenciados. Y sentenciar crímenes de guerra es, además de nuevo, difícil.

A muchos extraña el interés por ver crímenes en una guerra, siendo ésta posiblemente una continuación de la política por medios criminales, con permiso de Clausewitz. En una guerra hay tantos crímenes que su repetición aturde y quiebra la sensibilidad, antes de blindarla. De ahí a verlos con naturalidad, hay un paso; de ahí a repetirlos, tal vez poco más.

Y sin embargo no todos los crímenes son iguales. Atacar o escudarse en un hospital —algo que no supuso contratiempo en Yugoslavia— no es como hacerlo con otro edificio. Esto no lo sabían incluso generales que mandaban tropas de la ONU en Bosnia, como recuerdan Gutman y David Reiff en su libro «The Crimes of War: What the Public Should Know», una «minienciclopedia de la guerra» y sus crímenes según de «The New Law Journal».

EL SIGLO MÁS SANGRIENTO

Crímenes de guerra y contra la humanidad son de persecución obligada, por cualquiera, como la colaboración con la justicia. Ello no obsta para que oficiales y Gobiernos europeos impidieran a sus tropas de la ONU cumplir, no ya con las Leyes de la Guerra, sino con convenciones de la propia ONU. Como se escribe sobre el caso en «Neiman Reports», «cuando el siglo más sangriento de la historia ha tocado a su fin, es imperativo que se cumpla la promesa de las Convenciones de Ginebra. Para ello necesitamos un mejor conocimiento de los crímenes del mundo moderno y un compromiso más determinado» con la creciente idea de encararse con ellos.

Así pues, aunque en tiempo de paz se desconozca, las «Leyes y Costumbres de la Guerra» existen. Y pese a que el progreso humano se venda como inexorable, cabe recordar que —según Cruz Roja— en la I Guerra Mundial sólo un 10 por ciento de las víctimas eran civiles; hoy, medio siglo después de las Cuatro Convenciones de Ginebra, son civiles el 90 por ciento de las víctimas de una guerra.

Quien va a la guerra, por ejemplo, está sujeto al «principio de distinción, por el que las partes en conflicto están obligadas a distinguir, antes de nada, entre personas y propiedad civiles y combatientes y objetivos militares. En varios frentes yugoslavos, en cambio, se buscó hacer víctimas civiles a fin de que el terror causado ahorrara a las tropas el combate o la expulsión de poblaciones.

Desde Vietnam (My Lai) es una violación de las normas de ataque a civiles que, por ejemplo, las tropas macedonias bombardeen un pueblo tras pedir su evacuación y pasando a considerar a todo el que quede atrás como un blanco legítimo. El concepto de crimen de guerra se está haciendo todavía en La Haya, pero emana de la nueva justicia nacida en Nüremberg y Tokio y adquirió carta legal en las Convenciones de Ginebra.

DEFINICIÓN DE CRIMEN DE GUERRA

Éste presupone responsabilidad individual, superado el positivismo jurídico de «si el estado o mi general lo dicen, está bien; yo cumplo órdenes». El artículo 147 de la Cuarta Convención define el crimen de guerra como «asesinato, tortura o trato inhumano deliberados» así como «deportación, alistamiento forzado o confinamiento ilegales de una persona protegida», entendiéndose por ésta a un civil. Asimismo la «toma de rehenes, la destrucción excesiva y/o apropiación de propiedades, no justificadas por necesidades militares y llevadas a cabo ilegal y gratuitamente». El Tribunal Penal Internacional de La Haya (TPI) define en el art. 5 de su estatuto el crimen contra la humanidad: Asesinato, exterminio, esclavización, deportación, encarcelamiento, tortura, violación y persecución política, religiosa o racial, durante conflicto armado y dirigidos contra civiles.

Citando la misma Convención el TPI no pudo probar, por ejemplo, que el bombardeo por la OTAN, de puentes o de la televisión serbia, constituyese crimen de guerra. Para su primer fiscal jefe, el surafricano Richard Goldstone, «el uso imprudente de la terminología en la guerra satura a la gente y arruina su efecto».

PRUEBAS CONTRA MILÓSEVIC

Además de definiciones lo que importará al juez May es la solidez de las pruebas contra Milósevic; y algunos expertos expresan algunas dudas. Poco antes de su detención, este diario —como posiblemente otros observadores— era consultado sobre la posibilidad de «aportar pruebas testificales para fundamentar el caso» contra varios líderes serbios encausados. La impresión no era la de un caso bien atado.

Aunque la acusación cita masacres concretas como Racak, Velika Krusa y Bela Crvka —reminiscencia de otras operaciones de castigo en Bosnia y Croacia— los juristas destacan que el meollo legal del caso estará en saber si la fiscalía puede «establecer la responsabilidad de mando» del ex presidente yugoslavo. La fiscalía intentará probar dos principios de autoridad: La responsabilidad «de iure» como jefe de Estado y comandante del Ejército; y «de facto», o sea, de las decisiones directas e instrucciones a sus generales.

Pero en Belgrado se sabe que Milósevic no prodigaba su firma en documentos; y las nuevas autoridades —como las propias potencias occidentales— están por abrir aún sus archivos al TPI. Así que por el momento las esperanzas de la fiscalía podrían cifrarse, por arriba, en toparse con un pez gordo arrepentido. Un abogado de derechos humanos dice que el caso Milósevic será «realmente un juicio a la independencia del propio TPI».

Críticos del TPI aducen que no hay justicia real si todos los crímenes de guerra no fueran juzgados consecutivamente por el mismo tribunal. Pero como ha destacado Michael Ignatieff, no pueden probar que juzgar un crímen fuese peor que no juzgarlo. No obstante, la mayor dolencia que dejan las guerras, la perversión del espíritu y el envenenamiento de las mentes, aún no es un crímen de guerra.

La victoria no es la paz, como la paz no es la justicia, pero Alex Boraine, que fue vicepresidente de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación en Suráfrica y dirige ahora el «International Center for Transitional Justice» en Nueva York, cree en las capacidades curativas de «decir y escuchar la verdad» para una sociedad golpeada por la guerra y el crimen; así, para muchos en la antigua Yugoslavia, el juicio de La Haya puede ser el primer paso para «vivir en la verdad», que soñara Václav Havel, la primera clase de democracia.