Fotografía de archivo del 6 de mayo de 2004 del caricaturista y artista plástico uruguayo-argentino Hermenegildo «Menchi» Sábat
Fotografía de archivo del 6 de mayo de 2004 del caricaturista y artista plástico uruguayo-argentino Hermenegildo «Menchi» Sábat - EFE

Clarín se despide de Hermenegildo Sábat, el caricaturista político que huyó de las palabras

El «mago del plumín» también brilló como «fotógrafo, ensayista, presidente de la Academia Nacional de Periodismo» antes de morir a los 85 años

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Se fue un hombre libre, generoso, sin mordazas, con un sentido del humor infinito y una convicción: «La caricatura sólo se puede entender como una manifestación de humor político». Hermenegildo Sábat, «Monchi» para la redacción de Clarín, su familia y amigos, se despidió de noche a los 85 años. Lo hizo sin hacer ruido, después de cumplir, un día más, con el trabajo bien hecho y... sin decir una palabra porque, insistía, «agregar textos a una caricatura no sumaría nada. En un dibujo el observador ve lo que quiere ver y punto. Ese es el trato».

A «Monchi» no le importaban las consecuencias si la caricatura era, como siempre fue, el reflejo de lo que sucedía en el país. Parecido, por su dimensión, a una versión argentina (aunque nació en Montevideo) de Mingote, asumió riesgos que podían costarle la vida. Lo hizo durante la última dictadura militar argentina (1976-83) al atreverse a parodiar, en un dibujo, a los miembros de la primera Junta Militar, el general y presidente de facto, Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y al brigadier Orlando Ramón Agosti.

Con su ingenio y el trazo grueso, Sábat puso en blanco sobre negro al ex presidente Raul Alfonsín junto a Aldo Rico, el militar rebelde «carapintada» y, del mismo tamaño, a Saúl Ubaldini, el sindicalista que traía de cabeza al presidente de la transición democrática. En los años 90, cuando Guido Di Tella, el ministro de Asuntos Exteriores de Carlos Saúl Menem, presumía de mantener «relaciones carnales» con Estados Unidos, el caricaturista pintó al canciller argentino en calzoncillos con los pantalones bajados. «Di Tella nunca se quejo, entendió que era mi forma de ver esa situación y se comportó conmigo como un caballero inglés», observó.

Otra actitud diferente mantuvo la expresidenta, Cristina Fernández, al verse con un ojo en compota (el golpe imaginario de una sentencia en su contra de la justicia) o con una equis que sellaba sus labios, cuando la viuda de Kirchner castigaba a los argentinos con eternas y cotidianas, «cadenas nacionales» en radio y televisión. La ira de la ex presidenta se tradujo, en la Plaza de Mayo, en un insulto que parecía un chiste de sí misma. Le calificó de «cuasi mafioso».

Hermenegildo Sabát, como todos los artistas geniales, no se quedaba a un solo palo. Tocaba el clarinete y fue «un pintor autodidacta, mago del plumín y tinta china», como recordaba el diario en el que pasó sus últimos 45 años. También brilló como «fotógrafo, ensayista, presidente de la Academia Nacional de Periodismo» y como «el autor de más de quince libros sobre los temas más diversos», recordaba Hector D´Amico en La Nación.

En su despachito del diario recibía a las visitas, a los corresponsales extranjeros que se acercaban y a los compañeros que, a diario, pasaban a saludarle por el placer de verle. Gabriel García Márquez le entregó un premio en forma de homenaje, con Jorge Luis Borges mantuvo conversaciones que ahora y siempre serán historia viva y con Julio Cortázar acumuló una intensa correspondencia.

Ricardo Kirschbaum, director de Clarín, lo recuerda en las páginas del periódico. «Era muy observador de los diarios y de los medios en general. Su oficina era casi un museo y sus dibujos no acompañaban las notas (crónicas), sino que eran una nota en sí mismos… El periodismo argentino y latinoamericano está de duelo. Menchi merece un sitio importante y definitivo en el Olimpo del periodismo”. Y todo, gracias a sus caricaturas. Sin palabras.