La primera generación de cineastas saharauis
La alumna Haimo Mhamed (centro), de 21 años, dirige el rodaje de un corto en el campo de refugiados Dajla (Argelia) - luis de vega

La primera generación de cineastas saharauis

Los sucesores de Kaid Saleh, reportero de guerra del Polisario, no graban en el frente de batalla pero tampoco se sienten en paz

enviado especial al campo dajla (argelia) Actualizado:

Abidin Kaid Saleh (1954-2003) está considerado como el primer reportero de guerra saharaui. Mientras sus colegas del Frente Polisario empuñaban el fusil contra el enemigo marroquí, su arma era la cámara y la munición con la que disparaba eran las imágenes que grababa en el frente para dar a conocer la causa de su pueblo.

Por eso la Escuela de Cine del Sahara Occidental, que funciona en campamento de refugiados 27 de Febrero de Tinduf (sur de Argelia), lleva su nombre. La primera promoción de estudiantes, que se graduará en junio, recibió su diploma la semana pasada coincidiendo con la celebración del Festival Internacional de Cine del Sahara (Fisahara).

Como Kaid Saleh, también ellos viven bajo la permanente obsesión del conflicto, aunque los disparos cesaran con el alto el fuego decretado en 1991. No son reporteros de guerra, pero son saharauis y tratan de demostrarlo en cada imagen que graban, en cada guión que escriben, en cada personaje que encarnan…

El director de la escuela, el español Roberto Lázaro, no esconde sin embargo que a estos jóvenes les vendría bien salirse del corsé y explorar nuevas ideas, nuevos argumentos, nuevas experiencias, pero que es complicado porque el exilio y las ansias de independencia son su vida.

La escuela, cuyo proyecto nació hace cuatro años, se ha dotado gracias a material llegado de España, donde el «boom» digital ha dejado obsoletos equipos que en el desierto son un tesoro. Es así como los alumnos tienen cámaras, mesas de edición o plató. Los profesores pasan en turnos de un mes, así lo impone las peculiaridades desérticas del proyecto, y llegan de España, Cuba o Venezuela.

¿Y porque se abrió en el campamento 27 de Febrero y no en otro? Pues porque es el único que cuenta con luz eléctrica, tan esencial como el agua si quisieran abrir una escuela de pesca.

Exterior-desierto, interior-jaima

Pero la inmensidad inhóspita del Sahara y los campamentos de refugiados no dejan de ser una limitación. «No conocen otro mundo», por eso «hay un problema en sus guiones y es que se limitan a exterior-desierto, interior-jaima», explica Lázaro.

Esto no impide que los progresos hayan sido ya vistos en festivales como el de San Sebastián, que cuenta con una sección especial para trabajos salidos de escuelas de cine. También, cómo no, las pantallas de Fisahara han sido testigos de los trabajos de la que Lázaro considera que será «la primera generación de cineastas saharauis».

«Quiero aprender cine y luchar por mi pueblo para que otras personas sepan quiénes somos y dónde vivimos», dice Haimo Mhamed (en la foto de arriba), de 21 años, una alumna que ha aprovechado Fisahara para grabar un cortometraje en el campamento Dajla.

La historia que narra en sesenta segundos refleja esa obsesión perenne. Dos directores de cine, uno saharaui y otro marroquí, se encuentran en un festival de cine y se sientan a hablar. El cineasta marroquí está interpretado por otro de los alumnos de la escuela. Su biografía podría perfectamente ser el cimiento de otro guión.

Mohamed Salem Lansari, que luce en el rodaje una camiseta del Barça, es un ex preso político que en 2007 huyó de la represión marroquí en su ciudad, El Aaiún, y se instaló en los campamentos de refugiados. «Como viene del Sahara ocupado –como llaman a la zona bajo control de Rabat- habla bien el marroquí», afirma Haimo, la alumna-realizadora, que pretende «demostrar que el problema no es entre los pueblos sino entre los gobiernos».

Bajo la atenta mirada del director español Alejandro Calvo Sotelo, profesor encargado del módulo del mes de mayo, los jóvenes dan órdenes, estudian planos, miden la luz y previsualizan las imágenes del corto. «Piensan en el cine por la lucha básicamente y esto les llega a la cabeza en forma de documental», reconoce Calvo Sotelo, que durante este mes hace de la escuela su casa en plena convivencia con los alumnos.

¿Podría verse en Marruecos?

¿Podría llevarse el corto del encuentro de los dos directores a Marruecos? «Algunas películas son muy duras con todo Marruecos, no solo con los políticos. Muchos creen que la culpa la tiene también el pueblo. Les dan mucha caña», reconoce Calvo Sotelo. «No sé si allí lo aceptarían». Roberto Lázaro se muestra más positivo pero, quizás, más alejado de la cruda realidad. «Sería precioso, como ha ocurrido en algunos casos entre palestinos e israelíes».

Una de las asignaturas pendientes de la escuela, según Lázaro, es volver a dar vida a unos 30.000 metros de película que contienen una parte importante de la historia de los saharauis y que se almacenan en muy malas condiciones. «Abres las latas y la emulsión se deshace», comenta. «Ya se han digitalizados seis horas. Ahí está grabado el éxodo, el nacimiento de los campamentos…». Y probablemente algunas de las imágenes del legado de Abidin Kaid Saleh.

Localizados en España por Roberto Lázaro, dos hijos del reportero de guerra del Polisario han expresado su deseo de ser alumnos de la escuela que lleva el nombre de su padre. La saga continúa sin tiros, de momento, pero con odio suficiente para alimentar muchos guiones.