El presidente de China Xi Jinping durante su discurso por el 95 aniversario de la fundación del PCCh
El presidente de China Xi Jinping durante su discurso por el 95 aniversario de la fundación del PCCh - EFE

China celebra los 95 años del Partido Comunista, cada vez más capitalista

A pesar del evidente progreso que ha traído el régimen tras su apertura al capitalismo, la corrupción y la represión son las lacras de este modelo autoritario

CORRESPONSAL EN PEKÍNActualizado:

En julio de 1921, una docena de revolucionarios chinos, entre los que figuraba un jovencísimo Mao Zedong, se reunió en una casa de la Concesión Francesa de Shanghái para fundar el Partido Comunista de China. Perseguidos por la Policía, tuvieron que huir y celebrar el I Congreso del Partido en un barca para turistas en el Lago del Sur de Jiaxing, en la vecina provincia de Zhejiang. Pero esa vivienda tradicional donde empezó el cónclave sigue estando considerada la cuna donde nació el Partido. Hoy convertida en museo, se halla en medio de Xintiandi, una de las zonas comerciales y de ocio más lujosas, sofisticadas y, por supuesto, caras de la ciudad.

Ningún otro ejemplo resume mejor la evolución que ha seguido en estos 95 años el Partido Comunista de China, la formación política más numerosa del planeta con 88 millones de miembros. Y también la más poderosa, ya que el Partido controla los designios de la segunda superpotencia mundial tras Estados Unidos, que ha vivido la mayor transformación de su historia desde que se abrió al capitalismo a finales de los años 70. Como muy bien dice un profesor universitario chino en el libro «The Party», una profunda radiografía escrita por Richard McGregor, excorresponsal del «Financial Times»: «El Partido es como Dios. Está en todas partes, pero no lo puedes ver».

Además de legitimar su poder gracias al extraordinario crecimiento económico que ha vivido el país en las últimas décadas, el Partido ha reforzado su discurso autoritario de «comunismo con características chinas» desde que la crisis de 2008 pusiera en solfa los excesos del capitalismo y dañara la estabilidad de las democracias occidentales, amenazadas actualmente por la corrupción y la proliferación de movimientos populistas de extrema izquierda y extrema derecha. Frente a la inestabilidad que sufren los países más avanzados, sobre todo en Europa, China propone un modelo basado en el despotismo ilustrado que antepone el desarrollo económico y el poder del Estado a los derechos individuales y no duda en silenciar y encarcelar a los disidentes. Todo con tal de seguir adelante en la construcción de esta nueva China que, consciente de su poderío económico, recela abiertamente de los modelos democráticos occidentales.

«Aquel que quiera seguir avanzando no debería olvidar el camino recorrido. No importa lo lejos que viajemos ni lo brillante que sea el futuro, no deberíamos olvidar lo que hemos hecho ni por qué», arengó el presidente de China y secretario general del Partido, Xi Jinping, en un acto celebrado este viernes en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín, escenario de las más importantes reuniones políticas del régimen. Además de instar a sus camaradas a «permanecer fieles a la misión» emprendida hace 95 años, Xi Jinping insistió en la necesidad de «defender el espíritu de lucha» del Partido y su compromiso con el pueblo.

A pesar del evidente progreso que vive China, la imagen del Partido entre la ciudadanía está dañada por la corrupción reinante y la falta de valores morales. El motivo es que el país ha pasado de un extremo político y económico a otro, del «comunismo atroz» al «capitalismo salvaje», bajo la dirección del mismo Partido Comunista, que ahora propugna un modelo totalmente distinto al que abanderaba Mao bajo la excusa propagandística del «socialismo con características chinas».

Consciente de que la corrupción es otra de las lacras del Partido, el presidente Xi Jinping ha lanzado una contundente campaña que le ha costado la cabeza a decenas de miles de funcionarios. Como entre ellos destaca el anterior responsable de la Seguridad del Estado, el otrora todopoderoso Zhou Yongkang, esta cruzada contra la corrupción le sirve también a Xi Jinping como purga para librarse de sus rivales dentro del régimen.

«Deberíamos prestar especial atención a impedir los actos malos y propiciar los buenos para llenar nuestro Partido de energía positiva y no dejar margen al mal», reflexionó esta semana Xi Jinping en los actos previos al aniversario. Sacando de nuevo a relucir su marchamo propagandístico, el jueves por la noche tuvo lugar en el Gran Palacio un concierto, titulado «Fe Eterna», al que asistieron unos 3.000 miembros del Partido y la plana mayor del régimen. Dejando claro el rumbo que seguirá el país, la velada concluyó con una canción que se popularizó tras el triunfo de la revolución: «Sin el Partido Comunista, no habría nueva China».