Manifestantes opositores participan en la marcha «Masaya florecerá» en Managua - Afp / Vídeo: Las protestas no cesan en Nicaragua mientras el presidente Ortega califica a los manifestantes de «terroristas»

La catedral de Managua abre sus puertas a las madres de los detenidos

El templo abrió sus puertas a las mujeres ante la amenaza de las turbas sandinistas, mientras que los manifestantes desafiaron el miedo y volvieron a las calles en contra de Daniel Ortega

Enviada especial a ManaguaActualizado:

Hacía días que los paramilitares «rafagueaban» por las noches a las mujeres que velaban la suerte de sus hijos y esposos a las puertas del tenebroso centro de detenciones El Chipote, decididos a hacerlas desistir de su búsqueda. Ellas aguantaron firmes bajo el sol, la lluvia y las balas hasta que el sábado llegó la noticia de que el Frente Sandinista había convocado a sus turbas para sacarlas a palos. Fue entonces cuando se abrió el cielo, o al menos las puertas de la catedral.

El modus operandi ya lo conocían: la Policía rodea la zona para que nadie pueda salir y las turbas entran armadas con bates, piedras y cadenas. La encerrona es salvaje, de eso dieron fe las cabezas abiertas de los estudiantes que hasta perdieron ojos en los primeros días de las protestas. Esta vez cuando llegaron sólo se encontraron con unas cuantas familias que se habían negado a marcharse. El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) aprovechó la cobertura mañanera del camión de basura para llegar hasta las mujeres y convencerlas de que salieran con ellos para evitar la paliza.

Recogieron las sillas plegables y las colchonetas en las que algunas llevaban varias semanas durmiendo a la intemperie y aceptaron, como los revolucionarios de hace 39 años, que una retirada a tiempo es una victoria. Pasar de la cárcel a la casa de Dios ayudó a suavizar la amargura.

«Lo que intenta el Gobierno es crear una única verdad, la de que todos los que están ahí presos son delincuentes y terroristas», explicaba Tamara Dávila, que coordinó este repliegue de madres. «Su presencia delataba que no lo son», indicaba.

En las calles los manifestantes desafiaron la represión del régimen para salir a protestar, mofándose de las etiquetas gubernamentales con la zalamería nicaragüense. «¿Miedo nosotros? ¡Si somos terroristas, cómo vamos a tener miedo?», se reía Esther López. «¡Vivan los vandálicos!».

A medida que ha crecido su fuerza ha subido también la intensidad de las acusaciones gubernamentales. Primero eran «los minúsculos» que iban «inventando muertes», dijo el 20 de abril la vicepresidenta Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega. Cuando empezó el diálogo se refirió a ellos como «las plagas» y fue subiendo el tono: «Vandálicos», «delincuentes», «terroristas», «golpistas» y, lo último, «satánicos», tal como les llamó el jueves el comandante durante el aniversario de la revolución.

Al ritmo de las marimbas

Con una maraca, Raúl Hernández pretendía exorcizar entre risas a sus compañeros manifestantes para sacarles «los demonios» a los que se refería Ortega, mientras «los golpistas» a los que dice haber vencido Ortega bailaban al ritmo de las marimbas por la carretera de Masaya, con una marea de banderas nicaragüenses.

Más en serio, Roberto Courtney, director ejecutivo de la fundación Ética y Transparencia, que vela por la limpieza electoral, señalaba las grotescas contradicciones del discurso de Ortega. «Pedir elecciones limpias nunca puede calificarse de golpe de Estado. Es tan absurdo como creerse más cercano a Cristo que los obispos. Igual que si viniera a decir que sabe más de la teoría de la relatividad que Einstein», critica.

El dúo que forma en la cama y en el poder la pareja Ortega-Murillo no ha abandonado su particular discurso del «cristianismo socialista y solidario» con el que ha capturado el fervor del pueblo en la última década. Tras perder las elecciones dos veces a principios de los 90, el comandante de la revolución pasó de ser un ateo confeso a casarse con Murillo por la Iglesia, con las bendiciones del cardenal Miguel Obando y Bravo, al que el cielo y la historia castigaron el mes pasado con un funeral sin pena ni gloria al que no acudieron ni el pueblo ni el jefe de Estado al que legitimó. Su gobierno parecía entonces vivir los últimos estertores, pero una vez más le ganó la mano al cardenal retirado.

Obando y Bravo, un crítico acérrimo del Frente Sandinista durante los 80, «pudo haber muerto como un héroe», lamentó el sacerdote jesuita José Alberto Idiáquez, rector de la Universidad Centroamericana (UCA). «Fue una lástima que terminase así, vendido a la pareja. Le utilizaron y sacaron todo el provecho que pudieron a la religión». Ortega creyó que podría repetir la jugada con su sucesor, el cardenal Leopoldo Brenes, al que pidió que hiciera de mediador en el Diálogo Nacional, que le dio una pausa para organizar la represión. Pero esta vez la Conferencia Episcopal decidió actuar como un todo y mantenerse al lado del pueblo. «Seguimos la orientación del Papa Francisco, que nos ha dicho que los pastores tenemos que tener olor a oveja», dijo el arzobispo a ABC.

Sus ovejas pastaban este domingo bajo los porches de la catedral en los que están refugiadas ahora las madres de El Chipote. Más que olor a oveja, la Iglesia nicaragüense rezuma estos días olor a sangre.