Las cadenas del opio y la miseria

Miles de hombres y mujeres, niños y ancianos prisioneros, con grilletes en los tobillos, trabajan como esclavos en las obras públicas del norte birmano controlado por la guerrilla Wa

PABLO M. DÍEZ | MENG A (FRONTERA BIRMANO-CHINA)
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Paupérrimos campesinos tumbados en el suelo y fumando opio junto a bebés desnudos en míseras chozas de madera. Bosques enteros arrasados por el fuego para aumentar los campos de cultivo de adormideras, la planta de la que se obtiene el opio con el que luego se produce la heroína. Prisioneros esclavizados con grilletes en las piernas que, durante cuatro años, pican piedra de sol a sol por delitos tan peregrinos como el adulterio y la prostitución o, simplemente, por estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.

Así es el día a día en las zonas del noreste de Birmania controladas por guerrillas con miles de soldados que se financian con el narcotráfico. Pero la vida tampoco vale mucho más en el resto del país, sometido bajo el régimen de terror de la Junta militar dirigida por el general Than Shwe, sobre el que EE.UU. mantiene desde 1998 numerosas sanciones, entre ellas las que restringen los desplazamientos de sus mandatarios, que se verán aliviadas por la decisión de la Casa Blanca de permitir al primer ministro birmano, Thein Sein, acudir a la cumbre de la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Fue en 1995 la última vez en que un destacado representante de la Junta Birmana -en aquel caso, la visita corrió a cargo del número dos del régimen, Maung Aye- asiste a la reunión anual del órgano de Naciones Unidas.

Cortadores de cabezas

Desde hace décadas, buena parte de los estados Shan y Kachin permanecen regidos por tribus que han acabado formando sus propios Estados. Una de ellas, los wa, eran cortadores de cabezas que hace un siglo ya plantaban opio, pero el cultivo de esta droga no se extendió hasta el fin de la guerra civil en China (1945-49), cuando muchos oficiales derrotados del Kuomintang se refugiaron en la zona y empezaron el comercio de heroína en el Triángulo Dorado, la frontera entre Birmania, Laos y Tailandia.

Para los campesinos birmanos, el opio se convirtió pronto en su principal medio de subsistencia, ya que sus estériles campos al norte del Estado Wa sólo les proporcionaban arroz para medio año. En cambio, por un par de yuanes (20 céntimos de euro) pueden plantar un «mu» de tierra (600 metros cuadrados), donde crecerán más de tres kilos de opio. Si un campesino pide un préstamo a un usurero, no lo devolverá con dinero, sino con opio, que es la medida de todas las cosas en esta zona.

Sin embargo, el Ejército del Estado Wa Unido, una guerrilla formada por 20.000 hombres que teme un inminente ataque de las tropas birmanas, asegura haber prohibido desde 2005 el cultivo de opio en su zona. Para ello, trasladó en masa a miles de campesinos desde las montañas del norte del Estado Wa hasta los fértiles prados del sur, donde muchos murieron de malaria o extenuados por un viaje de 700 kilómetros en camiones hacinados a través de caminos de tierra.

Niñas para la guerrilla

Para huir del hambre y la miseria, los padres no dudan en entregar sus hijas a la guerrilla, donde al menos comerán un par de sopas de verdura calientes al día y estudiarán en el colegio. En dichas escuelas, los profesores son chinos y utilizan libros de texto en mandarín, ya que los rebeldes, dirigidos por el «presidente» Bao Youxiang y su lugarteniente económico Wei Xuegang, quieren formar a la próxima elite del no reconocido Estado Wa bajo el paraguas de Pekín. Pero cuando las chicas terminen sus estudios, no podrán volver a sus pueblos, sino que tendrán que casarse con otros soldados bajo pena de acabar en un campo de trabajos forzados.

Encadenados con grilletes en las piernas durante cuatro años como si fueran esclavos, miles de hombres, mujeres, ancianos y niños pican piedra de sol a sol o trabajan en obras públicas que luego resultan inútiles por la falta de ingenieros y tienen que volver a repetir. «Hay prisioneros por vender y consumir opio, robar, desertar del Ejército y adulterio», asegura el jefe del campo 008, Zhao Wenqing, en un documental rodado por Wang Yizhong, el autor de las imágenes que ilustran este reportaje.

Como los reos sólo toman al día un plato de arroz o una sopa, se ven obligados a comer todo lo que encuentran en el campo: desde raíces hasta saltamontes, gusanos, escarabajos, pájaros y serpientes. Lo que sea con tal de sobrevivir al infierno birmano.