BONO Y LA AFICIÓN AL MARTIRIO

Por ALFONSO ROJO/
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Me gusta Bono. Y no se trata de que me guste comparado con otros miembros del Gobierno Zapatero, que pegan patadas al diccionario desde el Ministerio de Cultura o proponen soluciones del TBO para el problema de la vivienda.

El ministro de Defensa, como muchos de nosotros, pertenece a una generación educada en el convencimiento de que las Fuerzas Armadas eran innecesarias. Es parte de ese inmenso grupo de españoles que crecimos seguros de que la guerra era imposible en Europa y a los que el tiempo en filas nos pareció tedioso. Mi «caída del caballo» ocurrió en Yugoslavia, a principios de la década pasada, cuando observé con espanto que gente de piel blanca, que habitaba a un día de coche de Barcelona, se santiguaba y nutría de futbolistas nuestra Liga, reeditaba horrores sólo imaginables en remotos lugares, poblados por tribus de piel negra o bandas orientales.

No creo que Bono pasara por un proceso parecido. Me topé con él meses antes del 14-M y cuando comenté que era imprescindible incrementar ese canijo 0,9 por ciento del PIB que se destina a Defensa, soltó uno de esos eslóganes pacifistas, que tan buena acogida suelen tener entre la ciudadanía.

A la luz de sus últimos actos, parece claro que se ha apuntado a la tesis de que no hay Política Exterior digna de ese nombre sin Política de Defensa.

También, de que fue un error la precipitación con que se saltó del servicio militar obligatorio al profesional. Esta vez no ha despotricado contra el PP, que fue quien pegó el brinco impelido por el oportunismo electoral, pero ha enviado al Congreso una ley, que puede hacer que España tenga unas Fuerzas Armadas acordes con sus necesidades y donde alistarse sea una opción profesional y no un recurso desesperado.

El lunes, en EE.UU., Bono afirmó que la participación de las Fuerzas Armadas es «indispensable» en la lucha contra el terrorismo internacional. Es una obviedad, pero nadie del Gobierno se había atrevido a formularla, ignorando que -además de la inteligencia y el rastreo policial- es imprescindible destruir bases y hasta atufar a bombazos a quienes albergan a los malos.

Me dejó de piedra que proclamara: «Soy ministro de Defensa y prefiero que me maten a matar». Como opción personal, el martirio es respetable, pero no puede ir acompañada -como va- de la prohibición expresa a nuestras tropas de utilizar fuerza letal, en Afganistán o donde vayan destinados. El harakiri se hace en privado.

También me chocó la encendida defensa que hizo del papel de la ONU en el combate antiterrorista. Como foro de discusión, la ONU es eficaz pero causa espanto ver que Zimbabue entra en el Comité de Derechos Humanos y que Siria puede ser miembro del Consejo de Seguridad. Si de lo que se trata es de pelear contra los malvados, con quien hay que contar es con la OTAN y con nuestros aliados. Y usando fuerza letal, porque en el combate contra el terrorismo hay que matar para poder vivir.