El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro - AFP
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Bolsonaro vuelve a desenganchar a Brasil del resto de Sudamérica

El nuevo presidente muestra desinterés por Argentina, alergia hacia Mercosur y falta de afinidad ideológica con otros gobiernos sudamericanos

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El Gobierno de Jair Bolsonaro vuelve a llevar a Brasil a su histórico aislamiento regional, desenganchando de nuevo a este país del resto de Sudamérica y sin más interés que una estrecha relación con Estados Unidos. Sin guiños particulares a su principal vecino, Argentina; alérgico al proceso de integración de Mercosur y sin afinidad ideológica plena con ningún otro gobierno sudamericano, Bolsonaro solo parece interesado en la sintonía con Washington.

Puede argumentarse que a Bolsonaro sí le preocupa Sudamérica cuando promueve el fin de la dictadura en Venezuela, pero al hablar de solución militar no lo hace buscando un consenso regional, sino para propiciar una intervención liderada por Estados Unidos.

El aislamiento en la región ha sido en realidad una constante histórica brasileña (separado por la Amazonía y el idioma, Brasil es un mundo en sí mismo), pero erigirse en socio privilegiado en Sudamérica de la Administración Trump remite directamente a la década de 1960 y 1970, cuando la dictadura militar brasileña quiso actuar como delegada del Washington de Henry Kissinger frente a los enemigos de la Guerra Fría.

Inserción en Sudamérica

En la década de 1990, acabada la dictadura militar en Brasil y en los países vecinos, los gobiernos brasileños buscaron una mayor interacción regional: en 1991 Brasilia y Buenos Aires terminaron sus rencillas nucleares, y ese mismo año entró en vigor Mercado Común del Sur (Mercosur), integrando a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.

La presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva fue más lejos y buscó el liderazgo regional. La creación de nuevas organizaciones continentales en las que Brasil pasaba a ser el principal país de referencia, como la CELAC (surgida en 2010 como entidad paralela a la OEA, pero sin la presencia de Estados Unidos ni Canadá) y Unasur (nacida en 2011 como foro para las naciones del subcontinente) fueron decisivas plataformas para la diplomacia brasileña.

Esa búsqueda de influencia en el vecindario americano, al tiempo que Brasil también crecía internacionalmente con la etiqueta de los BRICS, se construyó con la aquiescencia de muchos gobiernos latinoamericanos de izquierda, siguiendo los compromisos del llamado Foro de Sao Paulo.

Lula cimentó esa ascendencia sobre la camaradería ideológica con los gobiernos bolivarianos. Con Lula y Dilma Rousseff en Brasil y los Kichner en Argentina, Mercosur dejó de tener propósitos comerciales y de integración, para ser un foro político al que también quisieron sumarse Venezuela y Bolivia.

Esa diplomacia estuvo acompañada de otro tipo de penetración: los contratos millonarios que en muchos países consiguió la compañía de ingeniería y construcción brasileña Odebrecht, a base de sobornos, como luego hemos visto.

Mercosur, el catalizador

Porque la inserción de Brasil en su entorno continental estuvo basada sobre todo en las alianzas ideológicas de Lula-Rousseff, el voto anti-PT (Partido de los Trabajadores) que dio el triunfo electoral a Bolsonaro ha llevado a empujar el péndulo hacia el otro lado. Aunque lógicamente hay espacio para el compromiso y la integración de Brasil en Sudamérica, como demostraron los primeros pasos dados por los gobiernos previos al PT, como el de Fernando Henrique Cardoso, el nacionalismo de Bolsonaro y su proteccionismo económico está propiciando, en cambio, la vuelta a un aislamiento que retrotrae a la era de la dictadura militar.

La manifestación más evidente del cambio que trae Bolsonaro se manifestará en Mercosur. Si con la salida del gobierno del kirchnerismo en Argentina en 2015 y del PT en Brasil en 2016 hubo esperanzas de que finalmente Mercosur dejaría a un lado las prioridades ideológicas y evolucionaría hacia una mayor integración económica e institucional de los cuatro países de la cuenca del Río de la Plata, el ascenso de Bolsonaro –y está por ver qué le ocurre a Macri en las elecciones de octubre de este año– cuestiona la misma existencia del pacto. El nuevo presidente brasileño quiere relajar los nexos que unen ese mercado común (desea poder establecer acuerdos de libre comercio bilaterales al margen de Mercosur), con la amenaza incluso de darse de baja si sus condiciones no se aceptan.

Cuando los más optimistas comenzaban a especular sobre una confluencia de Mercosur y de la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) para dar lugar a una integración latinoamericana, está claro que los próximos meses van a suponer un retroceso de muchas casillas (tampoco el nuevo presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, está realmente por la labor).

Base de Estados Unidos

Así las cosas, el único anclaje claro de Bolsonaro en política exterior es su alineamiento con la Administración Trump, que va aparejado con una defensa de los intereses conservadores judíos, como en el caso del anuncio de traslado de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén.

Bolsonaro ha sugerido la posibilidad de que Estados Unidos pueda tener una base militar en Brasil, aunque ha sido un anuncio muy vago, dejando la cuestión para el futuro. Cabe deducir que se trataría de un acuerdo distinto al que en 2018 y ya también en 2002 (antes y después de las presidencias del PT) ambos países comenzaron a negociar para autorizar el uso estadounidense de la base espacial brasileña de Alcántara, cuya localización permite ahorros en los lanzamientos de cohetes. El Gobierno de Bolsonaro podría retomar estas negociaciones.