José María Aznar, con el presidente de Repsol, Alfonso Cortina (izquierda) y el presidente de la Compañía de Petróleos «Bridas», de Argentina, Carlos Bulgheroni (derecha), durante el almuerzo posterior al Foro empresarial Mercosur-UE, celebrado en Madrid.

De las bienaventuranzas a la contabilidad

JOSÉ IGNACIO SALAFRANCA. Vicepresidente del Grupo Parlamentario del Partido Popular Europeo
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La Unión Europea afronta el nuevo milenio interrogándose acerca de sí misma y de su papel en el mundo con un apasionante debate sobre la constitucionalización de las estructuras comunitarias, que tiene lugar en el seno de la Convención que prepara los trabajos de la nueva Conferencia Intergubernamental, que tendrá lugar en 2004, dirigida fundamentalmente a evitar que el Viejo Continente se convierta en un continente viejo. Europa está inmersa también en la recta final del proceso de ampliación de la Unión, que deberá traernos una nueva visión de nosotros mismos, una recuperación de la idea de Europa como entidad cultural y política unificada. Este momento de cambios y de debate intenso en Europa, que se produce en el nuevo contexto mundial producido por los ataques terroristas del 11-S, debe conducir a un consenso en torno a la necesidad de que Europa se abra al mundo, partiendo de la conciencia de que la UE tiene mucho que aportar en un mundo globalizado y del deseo de desarrollar una cada vez más común acción exterior.

El convulso contexto internacional y el intento europeo de dar respuesta a las incertidumbres que plantea han obligado a la presidencia española del Consejo de Ministros de la Unión a desplegar una intensa actividad internacional, que ha estado centrada en la situación en Oriente Próximo, en Afganistán y en Asia Central, el fortalecimiento del eje transatlántico con una Cumbre UE-EE.UU. y de las relaciones con Canadá y con la Federación Rusa, el Mediterráneo y los Balcanes. En este contexto, el presidente del Gobierno español, José María Aznar, afirmó en el Parlamento Europeo, en relación con la prioridad latinoamericana, que la Cumbre de Madrid «debe servir para renovar e impulsar la asociación estratégica entre estas dos regiones».

La Cumbre de Madrid constituye una oportunidad que tardará tiempo en repetirse, una ocasión que no podemos desaprovechar para lanzar la señal definitiva de la voluntad de estas dos regiones de construir juntos un espacio común de relaciones que vertebre un gran eje transatlántico en el nuevo milenio. La ambiciosa estrategia prevista en la anterior Cumbre de Río debe ahora transformarse en iniciativas concretas para alcanzar esa «asociación estratégica bi-regional». La agenda del encuentro del 17 y18 de mayo entre los jefes de Estado y de Gobierno de 48 países deberá, en cualquier caso, mirar sobre todo hacia el futuro.

Son frecuentes las críticas a este tipo de reuniones al más alto nivel y las acusaciones de «cumbritis», y es verdad que en ocasiones las declaraciones de intenciones y la expresión de la voluntad política de avanzar no siempre se traducen en actuaciones reales. Sin embargo, la significación política de estos encuentros hay que buscarla también en un nivel más simbólico, más trascendente. Las Cumbres son la necesaria escenificación ritual de una voluntad política subyacente, y contribuyen a generar la energía política necesaria para que la maquinaria funcione. En cualquier caso, la celebración de dos Cumbres, una en Río en 1999 a iniciativa del presidente del Gobierno español, y otra en Madrid en toda la historia de las relaciones políticas entre la UE y América Latina, no parece algo exagerado, sino algo extremadamente conveniente.

La UE se presenta a la cita de Madrid con varias señales positivas: por lo pronto, con un informe claro y ambicioso del Parlamento Europeo sobre una asociación global y una estrategia común para las relaciones entre la UE y América Latina; una voluntad plasmada en los presupuestos, puesto que el Parlamento Europeo ha impulsado que América Latina sea la región que más crece presupuestariamente en el año 2002; con un programa plurianual con iniciativas concretas muy interesantes aprobado recientemente por la CE, que debería acompañarse de un marco presupuestario adecuado, resultando insuficientes las cantidades contenidas en el anteproyecto de presupuesto para el 2003 presentado esta semana en Estrasburgo por la Comisión; con unas negociaciones técnicamente concluidas con Chile y muy avanzadas con el Mercosur; y con la intención expresada por la Comisión de solicitar un mandato sobre directivas de negociación de nuevos acuerdos de cooperación y diálogo político con los países de la Comunidad Andina y de la Región Centroamericana, que sustituyan a la red de acuerdos que con ambición y visión de futuro impulsó en su día el entonces comisario europeo Abel Matutes. No obstante, esta iniciativa no debe impedir que la perspectiva sea la de ofrecer a estos países un horizonte de asociación, evitando así la discriminación frente a otros socios de la UE.

Aunque son muchas las señales que invitan al optimismo, no debemos relajarnos. EE.UU. mantiene su vocación de constituir un Area de Libre Comercio de las Américas para 2005. Este horizonte de relaciones con la potencia norteamericana aparece en muchas ocasiones como la única vía hacia la estabilidad económica para muchos países de la región. En su reciente visita a Perú y a El Salvador, Bush anunció una propuesta de asociación con Centroamérica. En un ámbito diferente, se puede afirmar que la influencia académica de la UE desciende mientras los universitarios latinoamericanos eligen cada vez más las universidades de EE.UU. para formarse como futuros dirigentes y líderes en sus respectivos países. Todas estas razones deben conducir a la UE a demostrar ambición y visión de futuro para concluir un acuerdo de Asociación Global con la región, que aporte una perspectiva geográfica completa para articular las relaciones entre las dos regiones.

La UE tiene el deber, y la posibilidad ahora, de ofrecer también un horizonte de asociación. Para España, la opción es clara: según se desprende de algunos datos contenidos en la revista «Economía Exterior», 52 de las 120 empresas que cotizan en bolsa en España están instaladas en América Latina. De las 10 principales inversiones europeas en Mercosur y Chile en los últimos años, 4 han sido realizadas por empresas españolas. Más de 800 empresas españolas están instaladas en México. España dirige desde hace varios años más del 70 por ciento de su inversión extranjera directa hacia América Latina, aunque la inversión en la región se ha reducido en el año 2001, principalmente debido a la crisis en Argentina. La UE es, por su parte, el primer inversor en el sur del continente, especialmente en el Mercosur, que agrupa a 216 millones de personas con un PIB que asciende a 1 billón de dólares, mientras que el PIB del NAFTA es ocho veces superior, lo cual no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que el PIB de los EE.UU. representa el 78 por ciento del PIB total del continente.

Pero la UE ofrece algo más que un mercado. La situación en Venezuela, Colombia o en Argentina subraya la importancia de avanzar hacia la plena consolidación democrática, poniendo el acento en la superación de las desigualdades sociales. La UE ha venido apoyando decididamente los esfuerzos pacificadores del presidente Pastrana, y debe resolver la inclusión de las FARC y del ELN en la lista de organizaciones terroristas. Madrid será una ocasión única para pasar de las palabras a los hechos, para que la Cumbre pueda prestar su concurso a fin de encarrilar la situación en Venezuela y en Argentina por la senda de la normalización y consolidación democrática, y para ser capaces de ofrecer iniciativas concretas insertas en un plan de acción dirigido a hacer realidad la asociación y pasar así de las bienaventuranzas a los libros de contabilidad.