«Aquí decimos lo que pensamos»

RAMIRO VILLAPADIERNA | ZURICH
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«¿Es el alminar un símbolo fálico?» Pues depende cómo se mire; y quién lo mire: para la feminista Julia Onken, sí, mostrando cuánto revelan en realidad los miedos de uno mismo. Pero la pregunta podía haber sido ésa y la democracia participativa habría establecido una cosa o la contraria.

¿Está en crisis el sistema consultivo suizo? Que se lo preguntan sobre todo a cuantos abominan del último resultado. En Francia, la prensa escribe sobre el peligro de preguntar. En Suiza, «Die Weltwoche» responde que «aquí decimos lo que pensamos».

Cuando un suizo dice «el soberano ha decidido» se refiere al pueblo y es importante; salvo que se corrija con otra iniciativa, muy típica. Aquí van con generosidad a la urna: diez referendos nacionales por año y casi el doble locales. Si en la democracia occidental los representantes están para tomar decisiones y arrostrar las consecuencias, en Suiza «los ciudadanos somos responsables de una ley y, si nos equivocamos, nos aguantamos».

Suiza es un país «moderno, tolerante, liberal y abierto al mundo», contemporiza en St. Gallen Lukas Reimann, «Por eso he promovido la iniciativa antiminarete, porque hacen falta reglas para la libertad», añade. El rostro de la iniciativa cita sin ambages a Popper abogando por «la intolerancia contra los intolerantes».

Como la palabra «tolerancia» es comodín actual, a nadie se le cae de la boca, sea Reimann, la oposición, el líder de los musulmanes, la prensa europea, los ateos o las feministas. Pero el jefe de la campaña anti-iniciativa, el democristiano Martin Pfister, denuncia que «el voto era innecesario y gravoso, hace peligrar la paz religiosa».

«Es lo que nos faltaba precisamente en Suiza», dice Pfister, que es diputado por Zug. Recordando el reciente pasado de leyes anticatólicas, se ha solidarizado con los musulmanes y su eslógan para enderezar la pregunta ha sido: «Un no a la iniciativa es un sí a la libertad religiosa». Demasiado complicado finalmente.

«Siento que este resultado conduzca a dudar de la democracia directa», dice el diputado socialista Andreas Gross. Pero «el alma de una democracia a ras de calle es la discusión» y pocos han llegado a ver un cartel opositor a la iniciativa. «La calidad del resultado depende del proceso y éste ha sido catastrófico. Parlamento, medios y partidos han hecho un mal trabajo», dice este miembro del Consejo de Europa.

El voto rural

También la ministra socialista Calmy-Rey reconoce el bofetón por «haber ignorado las preocupaciones de la gente». El experto en inmigración del diario NZZ, Christoph Wehrli, lo ve así: «Nuestra identidad se siente frágil y el alminar proporcionaba un símbolo visible de ello. Prohibirlo es afirmar: pese a todo seguimos al timón».

Junto a ello el politólogo Michael Hermann habla de «un sí femenino», la papisa del feminismo alemán Alice Schwarzer ha argumentado contra la infiltración islámica y lo confirma la autora de «¿Islamofobia o legítima defensa?», Mireille Vallette, lamentando que «el feminismo caiga en la misma superficialidad que otros».

Han influido también argumentos como la «espiral poblacional» expuesta por el demógrafo Christopher Caldwell o el desencanto con «la multiculturalidad». En Basilea no preocupan las exigencias musulmanas, sino «su invisibilidad», dicen en el ayuntamiento, confirmando que nunca, nadie, ha solicitado construir un alminar.

Las ciudades han votado contra la prohibición (Zürich, Ginebra, Lausanna, Berna, Lucerna, Zug, Friburgo, Basilea). Son los pueblos los que la han refrendado, allí donde apenas hay musulmanes pero su visión choca más que en el metro de Zurich.