Apuesta por la paz
Una mujer reza por las víctimas del terremoto. / Ap

Apuesta por la paz

MERCEDES GALLEGO | ENVIADA ESPECIAL EN PUERTO PRÍNCIPE
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Todo el mundo espera el estallido de violencia. He visto a la gente subirse a los autobuses por las ventanillas, huyendo despavorida de Puerto Príncipe. Arrastrando maletas por la calle, petates en la cabeza, la vida entera en lo que les quepa entre las manos, aterrados ante un posible baño de sangre y de rabia que Haití ha vivido ya demasiadas veces.

La primera república negra del mundo concentra todas las miserias de África y Centroamérica, con el alma envenenada por el resabio de la esclavitud y una crueldad sin límites que surge a borbotones cuando menos se espera.

Por eso, porque todo el mundo espera un nuevo baño de sangre que sumerja a este pueblo aún más en las profundidades del averno, hoy quiero llevar la contraria y apostar por la paz. No se lo creerán, pero mientras oigo por doquier cómo te dan un machetazo sin mediar palabra para cortarte la mano porque asumen que todos los blancos llevan un millón de dólares en el bolso, yo tengo la impresión de que algo ha tocado fondo entre los miserables.

No lo digo sólo por esos rostros tensos que ya ni suelta lágrimas, o por la indiferencia con la que conviven con los cadáveres quienes ya han visto demasiado en sus vidas. Sino por esa escena de vida cotidiana que ayer contemplé en el parque Chambmeis, donde cientos de miles de flamantes sin techo se han montado en dos días la chabola con una sábana y tres palos. Pero lejos de ser un ambiente tétrico con ánimos de funeral, como el de los que se han quedado sentados en las aceras petrificados frente a sus casas derrumbadas, aquí los niños chapoteaban desnudos en la fuente como si fuera una piscina de verano, sembrando el lugar de gritos infantiles mientras sus madres cocinaban en las fogatas lo que han podido sacar de las casas.

Calma tensa

Contrastaba la algarabía de esta inmensa jungla de seres humanos hacinados con la tensión de quienes los observaban desde fuera sin atreverse a poner un pie en la acera del parque Chambmeis. En el vecino Hotel Plaza han cerrado la puerta principal que da al parque. Guardas armados custodian a punta de rifle la verja trasera sin abrirla ni ante la súplica de un extranjero acreditado por la ONU. Como colonos custodiando un fuerte en el salvaje oeste a la espera de un asalto de los indios.

Y mientras de día son todavía muchos los que se aventuran a recorrer las calles siempre desde el interior de un vehículo, en cuanto se adormece la luz del cielo corren a pertrecharse en casa de una noche que nunca saben si será la última.

Puede que me equivoque y esto sea la calma tensa que precede a la tempestad, pero insisto, creo que nos vamos a librar. Porque todo el que conoce bien Haití está sorprendido que no haya prendido ya la mecha de la violencia con el salvajismo tribal que caracteriza a este país, que los primeros convoys de reparto no vuelvan con un reguero de sangre a sus espaldas, que no haya ningún periodista muerto y que los hambrientos y desesperados no se hayan levantado aún para encaramarse a la fuerza a las vallas custodiadas de esos pocos hoteles donde todavía hay agua y se cocina lo que queda. Es más, hay colas para recibir agua potable que según un funcionario de la UE “son más ordenadas que en Ginebra”.

Este impasse es una oportunidad de oro para Occidente. La vida y la paz pende de un hilo, y si el mundo logra restablecer rápidamente los servicios mínimos en Haití y poner comida en el estómago de su gente antes de que se vuelvan locos de hambre y de muerte se habrá conjurado la maldición. Veamos de qué color son nuestros corazones.