Anápolis calibrará la voluntad de paz de Olmert, Abbás y George W. Bush

MANUEL ERICE ENVIADO ESPECIALJERUSALÉN. Anápolis no es nada y lo es todo. Desinflada de expectativas por los mismos que se han empeñado en redondear el globo de las grandes aspiraciones, hasta los

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MANUEL ERICE ENVIADO ESPECIAL

JERUSALÉN. Anápolis no es nada y lo es todo. Desinflada de expectativas por los mismos que se han empeñado en redondear el globo de las grandes aspiraciones, hasta los diarios israelíes caen en contradicción al resumir la cumbre convocada para el martes en Estados Unidos: tanta tinta como agua en el Jordán y ni una palabra esperanzadora. Ni el Gobierno israelí ni la Autoridad Palestina transmiten seguridad cuando afirman que la paz es posible. La sola redacción del comunicado que resumirá el encuentro trae de cabeza a los negociadores. Por ahora, sólo dos mensajes: mejor cuanto más escueto y esperar a ver qué propone el contrario.

Como dibuja un analista del «Jerusalem Post», Maryland será desde este martes un quirófano en el que el enfermo terminal, la paz en el eterno conflicto de Oriente Próximo, va a ser intervenido a vida o muerte por cirujanos israelíes, palestinos y estadounidenses.

Anápolis se parece mucho más a un castillo de naipes que a una maqueta seriamente trabajada y con cimientos sólidos. Analistas israelíes y palestinos -integrantes de Al Fatah, la facción oficial y única interesada en el diálogo- reconocen extraoficialmente el abismo que separa a ambas delegaciones. Las idílicas imágenes que ofrecen estos días Olmert y Abbás no han eliminado la realidad de una profunda desconfianza mutua, labrada durante tantos años de intifada y terrorismo por un lado y de sangrientas incursiones militares por el otro.

La fortaleza de los líderes políticos no es mayor. El primer ministro israelí, minado por los escándalos y enfermo, llega en sus horas más bajas. El líder de Al Fatah, tocado primero por la victoria de Hamás en las urnas y por su posterior golpe de mando en Gaza, y sin haber tenido tiempo de recomponer los mil pedazos de la inoperante facción que heredó de Arafat, de una corrupción sin límites, no acaba de reforzar su imagen. Ni Bush cuenta hoy con el músculo ni la autoridad moral suficientes para avalar al menos el principio de algo prometedor.

Anápolis y su día después -en caso de que no fracase a las primeras de cambio- vienen a ser un puro proyecto de laboratorio, por mucho que haya intentado adaptarse a las necesidades del terreno. Pese a los años y los embates transcurridos, la célebre hoja de ruta no ha dejado de ser un instrumento válido, aunque actualizado con la exigencia previa israelí de un reconocimiento del «Estado judío», una especie de salvaguarda renovada frente a posibles intentos de redefinir el modelo territorial.

Sostener a Abbás antes de que Hamás se lo lleve por delante. No hay más estrategia a corto plazo.El Gobierno israelí sabe que necesita dar al líder palestino alguna concesión que pueda consolidar sus expectativas ante la opinión pública, para que el control de todos los territorios vuelva a manos «moderadas» en un nuevo proceso electoral, pero también que debe ofrecer resultados en su país. A medio camino entre el optimismo y la táctica política, israelíes y miembros de Fatah se empeñan en afirmar que Hamás no ganó las elecciones con el argumento de que su rival sumó más votos -46-54%-, ya que los moderados se presentaron divididos. El tiempo dirá si esa expectativa electoral se cumple, pero mientras, el dinero empieza a recalar sin interferencias en Samaria y Judea (Cisjordania), y lo hará también a Gaza cuando Fatah vuelva a ser también el gobernante.

El diputado y portavoz Yoel Hason, del Kadima -en la coalición de gobierno-, asegura que tienen algo a su favor: casi el 70% de los israelíes aceptan su oferta de un Estado palestino junto al israelí y, en términos generales, consienten la devolución de territorios ocupados durante la guerra de los seis días (1967) si es para lograr la paz.

A medida que Fatah fuera consolidando su hegemonía en el lado palestino, ambas delegaciones avanzarían «paso a paso» con la máxima prudencia, constatación de que cualquier patinazo puede echar abajo el invento.