El álbum íntimo de los Gadafi

Entre los escombros de Bab al Aziziya ABC rescata parte de la colección privada del dictador. Fotografías que muestran al Gadafi menos conocido: el Gadafi esposo, padre y abuelo

trípoli Actualizado:

No se puede dar un paso en la segunda planta de la residencia de Muamar Gadafi en el complejo de Bab al Aziziya. El edificio semidestruido está aún caliente tras el último ataque de los aviones de la OTAN, pero los libios no tienen miedo y desafían el riesgo de derrumbe. Acuden en procesión y se llevan todo lo que encuentran a su paso. Solo un cuarto se ha salvado de las llamas, un cuarto en el que decenas de álbumes de fotografías cuentan en imágenes la historia familiar del líder libio.

Del Gadafi delgaducho y enérgico de los sesenta, vistiendo pantalones de campana y luciendo permanente junto a su mujer en minifalda, hasta el líder envejecido y escondido tras grandes túnicas y gafas de sol de los últimos tiempos.

«Tuvo que salir con mucha prisa para atreverse a dejar semejante archivo sin destruir», asegura el doctor Abdul Hamid, que se encuentra en la casa junto a su hija y se lleva una túnica de la habitación del coronel, además de un álbum que recoge las imágenes de un viaje oficial del dictador a la Siria de Hafez al Assad.

Una mujer cubierta con habaya no puede soportar el calor que emana de los muros y decide descubrirse la cara para respirar. Lleva una maleta de viaje en la que amontona grandes sobres. Se lleva las fotos en papel que esperaban ser ordenadas en álbumes, miles de imágenes.

Al ver un extranjero en la sala mete la mano en la maleta y le alcanza uno de los sobres: «Muestra esto a todo el mundo, que vea la gente lo bien que vivía mientras nosotros no teníamos nada», exclama en árabe antes de cerrar su preciado botín, y se pierde escaleras abajo.

«Una mafia familiar»

Muamar Gadafi se ha casado dos veces: primero con Fathia, con la que tuvo a su hijo Mohamed; y en segundas nupcias con Safia, con la que ha tenido una hija y seis hijos: Aisha, Seif el Islam, Saadi, Muatassim, Hannibal, Jamís y Seif el Arab, fallecido en los bombardeos de la OTAN el pasado abril. Safia, Aisha, Mohamed y Hannibal se han refugiado esta semana en Argelia. Mientras, el tirano sigue en paradero desconocido.

Los secretos de los Gadafi terminaron el día que los rebeldes lograron derribar los muros de Bab al Aziziya. La familia comenzó una huida de urgencia dejando tras de sí el imperio que habían levantado en cuatro décadas.

«Todos sabíamos quién era quién, pero la familia era una especie de tabú. Solo los nombres y las vidas de Saif y Saadi eran más o menos públicas, por eso creo también que son los más odiados», piensa Yousif Mrayed, arquitecto de 65 años que describe el régimen como «una mafia familiar en la que la única manera de hacer negocios era estando cerca de los Gadafi y los líderes más importantes de su tribu, los Ghadafa, originarios de Sirte. Nada se escapaba a su control, nada».

Saif estaba llamado a suceder a su padre al frente del país y desde 1994 era la imagen amable de una Libia que dejaba atrás los años del socialismo para adentrarse en el capitalismo y acercarse al hasta entonces enemigo americano.

«Es como su padre. Un mentiroso y manipulador que apela al populismo para ganarse el apoyo del pueblo», le define Rafaa Tabet, antiguo responsable de una empresa naviera. En el polo opuesto se encuentra Saadi, «el futbolista».

Su vida estuvo marcada por la pasión por el fútbol y los intentos de hacerse un hueco a golpe de talonario en diferentes equipos del Calcio italiano. Lo que no sabían en Italia es que antes de emprender su aventura internacional había jugado en el Ahly de Trípoli y mandado destruir el estadio después de que tras un mal partido la afición le pitara. Otra temporada ordenó a los árbitros que expulsaran al único jugador que tenía posibilidades de quitarle el trofeo de máximo goleador. El número 10 del Ahly fichó entonces por el Etihad, último club en el que jugó antes de probar suerte en Europa.

La gente conocía las aventuras de estos dos hijos por lo que contaban los medios nacionales e internacionales, a los que tenían acceso gracias a la televisión por satélite.

«La vida diaria del resto era un secreto, solo se les veía en actos oficiales, nada más», recuerda Yousif Mrayed, que señala a Mohamed como «el que mayor fortuna amasó con los negocios, ya que era el dueño de las dos compañías de telefonía móvil, Madar y Libyana». No hay cifras sobre la fortuna de la familia, «como tampoco hay firmas ni documentos oficiales de nada. Este era el régimen del teléfono, todo funcionaba a base de llamadas, no era necesario nada más», asegura Mrayed.

Asalto a sus posesiones

Por eso la semana pasada durante la toma de Trípoli por los rebeldes el peso de esos más de cuarenta años de opresión y odio acumulado cayó a plomo sobre las posesiones de los Gadafi. El pueblo quería ver, tocar y hasta saborear aquello que durante todo este tiempo se había imaginado sin pensar que un día podría regocijarse en ello, aunque solo fuera unos minutos. Tras la toma de Bab al Aziziya llegó el asalto al resto de posesiones de la familia, que fueron cayendo en manos de los rebeldes como fichas de dominó.

Lo primero que hicieron tras ocupar la vivienda de Aisha Gadafi fue abrir las instalaciones de la piscina cubierta, situada con el gimnasio en un edificio independiente en el jardín de la mansión, a decenas de niños del barrio que chapotearon durante toda la tarde antes de que el agua empezara a ponerse verde por la ausencia de los trabajadores de mantenimiento. «Fue el día más feliz de su vida para todos ellos», asegura uno de los jóvenes que se ocupan de mostrar la posesión y que, tras varios días, se conoce hasta el último rincón.

La estrella de la casa de Aisha, a la que llegaron a llamar la Claudia Schiffer africana y que acaba de dar a luz según el Gobierno argelino, es un sillón dorado situado en el distribuidor que reproduce la imagen de la hija del dictador. «De lo primero que se llevaron de aquí fue la caja fuerte. Creemos que sabemos quién puede tenerla en su casa», comenta Abdelaziz, un comerciante de 58 años que hace también las veces de guía. En el comedor, la mesa redonda para una quincena de comensales aparece dispuesta con vajilla de lujo y cristalería de Bohemia.

Ya arriba, llama la atención el cuarto de juego de los niños, de unos 200 metros cuadrados. En sus dormitorios todavía cuelga de las perchas su ropa. En el cuarto principal también hay muestras de una rápida huida de la vivienda.

Sobre la cama luce el uniforme militar del marido de Aisha, y sobre una cómoda el álbum de fotos de la boda de ambos. El sótano estaba dedicado al relax: masajes, sauna, jacuzzi y una gran peluquería. Por más paseos que dan, los improvisados guías turísticos de la revolución siguen indignados con tanta desmesura.

Desmesura y seguridad, su propia seguridad. Otra obsesión de los Gadafi. Un buen ejemplo de ello se halla en la casa de Moatassim, en el barrio capitalino de Ben Ashur. Muros de hormigón coronados por alambradas de más de quince metros de alto y numerosas cámaras de seguridad flanquean esta parcela de unos 40.000 metros cuadrados. «Todavía no ha visto usted nada», dice al periodista uno de los rebeldes que mantienen la propiedad bajo su mando.

En medio de un vergel de plantas y árboles van apareciendo construcciones. El bar octogonal, «donde Moatasaim traía a las chicas», explican; la piscina,donde hace amago de lanzarse un rebelde vestido de militar; el gimnasio; el parque infantil; el edificio principal con el dormitorio, un gran salón-cocina y baños palaciegos… «El dinero se le iba en el lujo y en las chicas», insisten los chavales, obsesionados por los escarceos de Moatassim. El ensañamiento ha sido aquí mayor que en la casa de Aisha. Los plumones de los cojines inundan el suelo entre páginas de revistas internacionales. «Ahora tenemos que dar de comer nosotros a los peces que estos han dejado abandonados», afirma Abedi, uno de los jóvenes revolucionarios, delante del estanque.

«Moatassim, ¿estás ahí?»

Visto esto, los tres jóvenes armados que hacen las veces de anfitriones se frotan las manos: «Ahora vas a ver». Es la entrada de los famosos túneles que el régimen ha construido a lo largo de los años en el subsuelo de Trípoli. Unos diez metros bajo tierra se abre un submundo de galerías guardadas por puertas metálicas de unos treinta centímetros de grosor dignas de la caja de seguridad de una entidad bancaria.

Durante la visita aparecen nuevos túneles que no se atreven a inspeccionar. En la zona de galerías que tienen controlada llama la atención la existencia de una clínica con varias habitaciones, servicio de ginecología y hasta quirófano.

«Aquí ha llegado a ser atendido Gadafi. Y aquí han ordenado hacer desaparecer a algunos de los que no le obedecían», señala Abeidi, que ya en la superficie levanta en el césped una tapa que da a otro túnel y grita entre risas: «Moatassim, ¿estás ahí?».