Ben Rhodes, durante la entrevista con ABC en Madrid
Ben Rhodes, durante la entrevista con ABC en Madrid - José Ramón Ladra
Entrevista

«En 50 años nadie recordará los tuits de Trump, pero sí los discursos de Obama»

Ben Rhodes, el asesor de confianza de Barack Obama en política exterior, habla de sus ocho años en la Casa Blanca

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De las manos de Ben Rhodes (Nueva York, 1977) salieron buena parte de las intervenciones por las que se recordará a Barack Obama. Escribió sus discursos desde que se incorporó a su primera campaña electoral de 2007 y fue su consejero adjunto de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, convirtiéndose en uno de los asesores de mayor confianza del 44º presidente de Estados Unidos. Estuvo en la cocina de los grandes asuntos internacionales que marcaron los dos mandatos de Obama, desde la intervención militar en Libia y la guerra de Siria hasta la ofensiva de Moscú sobre Crimea y el este de Ucrania o el acuerdo nuclear con Irán. Pero donde Rhodes cobró mayor protagonismo fue en el deshielo de las relaciones entre EE.UU. y Cuba, en las que se encargó directamente de negociar en secreto con Alejandro Castro, hijo de Raúl y sobrino de Fidel.

En su libro «El mundo tal y como es» (Debate), que se presenta este martes en España, el antiguo consejo de Seguridad Nacional cuenta sus momentos de confidencia con Obama en el Despacho Oval, a bordo del Air Force One y de la Bestia -la limusina presidencial-, así como los entresijos de la complicada toma de decisiones de alcance planetario desde el ala oeste de la Casa Blanca, pero también de las zancadillas y sinsabores de un puesto en el que cualquier desliz tiene consecuencias imprevisibles.

Orgulloso de su aportación a los dos mandatos del primer presidente negro en la historia de EE.UU., Ben Rhodes vio como el 20 de enero de 2017 accedía al poder Donald Trump, dispuesto a liquidar la obra de su antecesor.

Qué queda del legado de Obama

Trump trata de desmantelar todo lo que puede, pero la ley de sanidad sobrevive pese a sus esfuerzos por acabar con ella, y con un Congreso demócrata será incapaz de cambiar la ley. En los aspectos internacionales, en los que yo trabajaba, intentó también sacar a Estados Unidos de las cosas que hizo Obama, pero el próximo presidente podría regresar al Acuerdo del Cambio Climático de París o retomar lo que Obama empezó con Cuba. El legado es una cosa viva. Si Trump es reelegido y esa es la dirección de la política estadounidense, el legado de Obama será eliminado, mientras que si gana un demócrata la próxima elección, la puede extenderse la legislación sanitaria, el Acuerdo del Clima y el compromiso con Cuba e incluso volver al acuerdo nuclear con Irán. Por tanto, la historia no acaba cuando se deja el cargo, ni durante el mandato del sucesor. Si EE.UU. acaba yendo en la dirección de Obama, en diez o veinte años será visto como un presidente histórico que apuntó a la dirección en que los cambios tendrían lugar. Si Trump y las políticas que representa prevalece, Obama será una extraña excepción en la historia. Por tanto, es una cuestión abierta.

En su libro describe el complejo proceso de escribir un discurso de Obama, escogiendo con cuidado cada palabra y recibiendo aportaciones de diferentes asesores e informes de otros departamentos, etc. Ahora Trump se levanta cada mañana, acude a Twitter y escribe lo primero que le viene a la mente. ¿Es más eficaz este comportamiento?

Sí, en el libro muestro el cuidado que Obama ponía en sus palabras y discursos. Yo, como escritor de discursos del presidente de EE.UU., era consciente de que hablaba al pueblo americano y del mundo, y de que una frase incorrecta puede provocar un gran problema. Obviamente, todo ha cambiado con Trump. Él no parece pensar lo que dice y no lo somete a asesoramiento y revisión. En términos de eficacia, es difícil de decir. Para Obama era eficaz como lo hacía y fue elegido dos veces. En mi formación política, mi héroe era John Kennedy, pero no podría recordar sus leyes o logros en política exterior.

Eran sus discursos, su inspiración, lo que permaneció mucho después, incluso hasta hoy. En ese sentido, el estilo de Obama es más eficaz para la historia, porque no creo que nadie recuerde lo que Trump dice en sus tuits en 50 años, pero sí algunas de las cosas que dijo Obama. A largo plazo, es más eficaz tomarse en serio los discursos. Twitter puede ser efectivo ese día, pero no tiene un impacto duradero.

Trump dice merecer el Premio Nobel de la Paz por su éxito con Corea del Norte. ¿Qué opina?

Llevó años de negociación lograr que Irán diera marcha atrás en su programa nuclear y que permitiera inspecciones. En cambio, Trump no ha logrado en realidad más que reunirse con Kim Jong-un, que no ha renunciado a las armas nucleares ni a los misiles. Es la psicología de Trump: el objetivo es solo la foto, el espectáculo, aunque sea sin conseguir nada. Trump ha socavado la cooperación internacional y ha apoyado el autoritarismo, por lo que ha ido en contra de los valores que representa el Premio Nobel de la Paz.

Es muy inusual que Obama obtuviera el galardón al principio de su presidencia, pero acabó haciendo cosas, como el acuerdo con Irán, el Acuerdo del Clima, la normalización de relaciones con Cuba, con las que cumplió sus promesas. Además, está lo que representa en el mundo para el progreso de personas con orígenes humildes y una política inclusiva que persigue la paz, en total contraste con Trump.

«Trump venció a Hillary Clinton, que era muy impopular. En cambio, Obama seguía siendo muy popular al final de su presidencia»

En su libro, culpa de la victoria de Trump a los medios de la derecha, el 11-S, Rusia... No hay mucha autocrítica. ¿Cree que Trump es, de alguna forma, fruto de las políticas de Obama? El expresidente se centró en minorías y personas desfavorecidas, pero ¿puede que olvidara a la mayoría de estadounidenses trabajarores del llamado Cinturón del Óxido o la población blanca de las zonas rurales?

Realmente no lo creo. Su política no se centró en las minorías. De hecho, se le criticó por no hacer más por la población negra. La ley de Salud fue para todo el mundo, los esfuerzos en la economía se centraron en crear empleo para todos y el paro bajó del 10 a casi el 5%. Fue reelegido en algunas de esas zonas, como Michigan, Wisconsin o Pensilvania, en las que Hillary Clinton no ganó. Donald Trump venció a Hillary Clinton, que era una candidata muy impopular. Al final, las elecciones presidenciales son entre seres humanos. El cambio en la politicia estadounidense se dio en el Partido Republicano, pasando de nombrar candidato a John McCain a Donald Trump.

En el libro describo su radicalización, a través de Fox News, Breitbart y los medios de la derecha. Obama seguía siendo muy popular al final de su presidencia. Probablemente hubo un fracaso en la organización política, no creo que fuera por una falta de agenda política. Hay parte de los votantes blancos a los que no les gusta el cambio demográfico que Obama representaba. Es difícil culpar a Obama por la reacción contra un presidente negro. Lo que vemos hoy es la última expresión de la competencia en la historia de EE.UU. entre la gente que quiere hacer progresos en temas como derechos civiles o igualdad y los que quieren resistirse a los cambios.

¿Cómo ve al Partido Demócrata, con candidatos que incluso se declaran socialistas?

En el Congreso han entrado personas más jóvenes, diversos, progresistas, y creo que eso es bueno, es la expresión de la dirección en la que tratábamos de ir. El Partido Demócrata es más como Obama que cuando se convirtió en presidente, en 2009. Refleja la dirección hacia la que va gran parte del país. Obama impulsó una ley de salud que, sin establecer un sistema sanitario público universal, extendió la cobertura a 20 millones de personas y creó nuevas protecciones. Gracias a ese cambio, ahora se puede imaginar un sistema de salud, que se llame socialista o como se quiera, sea más universal, y es bueno. Aunque hay que ser precavido para no ir demasiado lejos demasiado deprisa.

Usted fue el negociador en el deshielo entre EE.UU. y Cuba. ¿Se siente decepcionado por la falta de cambios en la isla?

No, nunca imaginé que Cuba se transformaría deprisa. Lo que intentamos fue acabar con un conflicto de la Guerra Fría en el que aún estábamos. No pensamos que fuera a haber necesariamente un cambio de régimen, pero sí una evolución, de manea que las mayores oportunidades económicas y el acceso a la información permitieran al pueblo cubano cambiar su sociedad con el tiempo. El embargo y las políticas estadounidenses estaban aislando a Cuba, lo que facilita al gobierno cubano el control. Trump ha paralizado cualquier nueva actividad y eso impide los cambios en Cuba. Lo más decepcionante es que se despertaron expectativas entre los cubanos y Trump las ha frenado.

¿Cómo era tratar con Alejandro y Raúl Castro?

Raúl y Alejandro Castro están comprometidos con la revolución cubana y el Partido Comunista, pero también son pragmáticos. A veces, los estadounidenses se equivocan, en los países autoritarios, al asumir que son monolíticos. Fidel y Raúl son muy diferentes. Fidel era más ideológico, mientras que Raúl llegó al convencimiento de que Cuba necesitaba evolucionar. Raúl es un personaje peculiar. Cuando, tras la victoria de Trump, le dije que intentara un acuerdo con él, me respondió que una vez un general de Osetia tenía autorización para lanzar misiles desde su territorio sin consultarle, por lo que aseguró: «He tenido que lidiar con cosas más difíciles que Trump». Es un superviviente y un pragmático.

Ben Rhodes posa para ABC en Madrid
Ben Rhodes posa para ABC en Madrid - José Ramón Ladra

¿Qué opina de la respuesta de EE.UU. a la crisis en Venezuela? ¿Habría respaldado Obama a Juan Guaidó? ¿Su enfoque habría sido el mismo?

No, es importante reconocer que Maduro ha perdido toda legitimidad. No solo ha tratado de desmontar las instituciones democráticas en Venezuela, sino que sus elecciones fueron fraudulentas. Simpatizo con la idea de una transición y un gobierno que pueda restaurar las instituciones democráticas y abordar la crisis humanitaria. Pero la manera de reconocer a Guaidó fue prematura. El foco debería ponerse en las elecciones y tratar de negociar con las diferentes facciones. Mi preocupación es: reconocemos a Guaidó, Maduro sigue ahí y los militares le siguen apoyando, hay una intervención militar de EE.UU. para romper el estancamiento de la situación. Sería un error. La legitimidad del nuevo gobierno se vería socavado si EE.UU. propicia un cambio de régimen en Venezuela. Me preocupa que la política de Venezuela sea como conducir un coche muy deprisa sin saber adónde ir.

¿Está usted más cerca de la postura europea?

La postura europea es correcta. No se trata solo de echar a Maduro, sino de qué pasa a continuación. Puedes sacarlo por la fuerza y que se vea a Guaidó como un líder instalado por EE.UU. No creo que la manera de hacerlo sea reconocer inmediatamente a Guaidó, porque eso polariza Venezuela.

«Una intervención militar de EE.UU. en Venezuela sería un error, ya que si propicia un cambio de régimen socavaría la legitimidad del nuevo gobierno»

Angela Merkel era uno de los mejores aliados de Obama, mientras que ahora hay una preocupante brecha entre EE.UU. y Alemania, en general con Europa. ¿Cuáles son los riesgos?

Hay dos riesgos. En un mundo con la competencia de potencias como China y Rusia, es más importante para EE.UU. y Europa funcionar de forma conjunta. Nos hace más fuertes en aspectos comerciales y de seguridad que estar divididos. Pero también hay riesgos en el interior de EE.UU. y la UE. Si prevalece este tipo de populismo de derechas, veremos una descomposición de las instituciones democráticas.

¿Cuál es la mayor virtud y el peor defecto de Obama?

Es increíblemente carismático y ambicioso en sus objetivos, pero también decente en su conducta personal. Es alguien capaz de motivar a la gente para hacer cosas, para implicarse. Su capacidad para inspirar es su mejor virtud. Algunas de sus fortalezas son sus debilidad. Nunca sobreactuaba y eso te puede dejar detrás de otros políticos que lideran el debate.

¿Cuál es su mejor recuerdo de la etapa con Obama?

Fue ir al Vaticano a concluir el acuerdo con Cuba. Como allí no trabajan por correo electrónico, desconocían que habíamos llegado a un acuerdo para la normalización de relaciones y el cardenal Pietro Parolin habló por separado con Alejandro Castro y conmigo para verificar nuestro compromiso. En un mundo con tantos conflictos, mostrábamos que hay otra forma de resolver las diferencias entre países. Muy pocas veces en el gobierno sabes que estás acertado y con Cuba yo sentía que esto era lo correcto y la respuesta de los funcionarios me lo confirmaron.

¿Y el peor? ¿Tal vez las acusaciones por lo sucedido en Bengasi (Libia)?

Sí, en esa tragedia, en la que murieron cuatro personas, mi papel era simplemente comunicar lo que habíamos hecho. Pero los medios de la derecha decían que queríamos que murieran y hubo una teoría de la conspiración. Tuve la horrible experiencia de verme convertido en un personaje que no era yo, sino alguien que inventaban como un antiamericano y mentiroso propagandista. Pero eran ellos los propagandistas, hacían todo de lo que nos acusaban a nosotros. En política no pasa como en el deporte, que hay un árbitro que dice quién ha violado las normas. Y ver que los que no respetan las reglas ganaban en las elecciones fue traumático.