Un periodista revisa los niveles de radiación cerca de la central nuclear de Fukushima
Un periodista revisa los niveles de radiación cerca de la central nuclear de Fukushima - efe

Japón reconoce el primer caso de cáncer por la radiactividad de Fukushima

Un operario de la central sufre leucemia tras trabajar un año cerca de los reactores que se fundieron en el tsunami de 2011

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Cuatro años y medio después del peor desastre nuclear de Chernóbil, la sombra de Fukushima es alargada. Por primera vez, el Gobierno japonés reconoció ayer que un operario de la siniestrada planta atómica pudo haber desarrollado un cáncer como consecuencia de las fugas radiactivas en tres de sus seis reactores, que se fundieron total o parcialmente al ser golpeados por el tsunami que arrasó la costa nororiental del país en marzo de 2011.

Al trabajador, que se dedicó a colocar cubiertas sobre los reactores dañados entre octubre de 2012 y diciembre de 2013, se le diagnosticó leucemia cuando solo tenía treinta y tantos años. Según la prensa nipona, durante ese tiempo recibió una dosis de radiación de 15,7 «milisieverts», por debajo del límite de 50 mSv previsto para los empleados de la industria nuclear, pero el triple de lo que marca la ley para fijar la relación con dicha enfermedad. El operario, que ya está en sus cuarenta años, recibirá una pensión por lo que el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar ha considerado un accidente laboral. «Aunque la relación entre la exposición a la radiación y la enfermedad no está clara, lo hemos certificado desde el punto vista de la indemnización del trabajador», detalló un funcionario del Ministerio, informa la agencia Reuters.

La admisión de este primer caso puede desatar una cascada de acciones legales contra Tepco, la eléctrica que gestiona la central de Fukushima 1, y el Gobierno, que desde el principio minimizó el impacto de las fugas radiactivas pese a desalojar a los 80.000 vecinos que vivían en un radio de 20 kilómetros alrededor de la planta. Hasta julio, las indemnizaciones pagadas a los afectados ascendían a siete billones de yenes (51.000 millones de euros), pero siempre han sido por los perjuicios materiales derivados de la evacuación masiva en torno a la central.

Abriendo un nuevo frente legal, otro extrabajador de Fukushima presentó el pasado verano la primera demanda contra Tepco por haber desarrollado un cáncer debido a un exceso de radiación. Su causa no será fácil porque ni siquiera el propio director de la central durante la catástrofe, Masao Yoshida, fallecido en julio de 2013 de un cáncer de esófago a los 58 años, pudo acreditar que su enfermedad se debía a la radiación. A Yoshida, que llevaba solo diez meses en el cargo cuando tuvo que enfrentarse al accidente, le diagnosticaron el cáncer en noviembre de 2011, poco después de la crisis, pero los médicos nunca lo relacionaron con las fugas radiactivas.

Junto a los riesgos para la salud que entraña trabajar en Fukushima, donde 7.000 operarios descontaminan la planta mientras intentan controlar sus fugas radiactivas, un estudio de los doctores Takeshi Tanigawa y Jun Shigemura sobre 885 trabajadores descubrió en 2012 que sufrían estrés postraumático y hasta discriminación por parte de sus vecinos. Y es que, al ser empleados de Tepco, los afectados los culpaban de todos sus males por haber sido evacuados debido a la radiación.

Además de esta marginación social, tanto los empleados de Fukushima 1 como los de la cercana Fukushima 2, que también fue dañada por el tsunami pero no registró fugas radiactivas, se quejaban de padecer depresión, ansiedad y abatimiento. Para combatir los nervios, muchos se habían entregado a la bebida o fumaban de forma compulsiva, con el consiguiente riesgo para sus vidas y su trabajo. Lo mismo ocurrió con los empleados que trabajaron en las labores de limpieza de Chernóbil, que siguen sufriendo estrés, migrañas y pensamientos suicidas casi tres décadas después de la tragedia.

Lo peor de todo es que el desmantelamiento de la central de Fukushima, donde este corresponsal entró el pasado mes de abril, durará todavía 40 años más. A partir de entonces se calcula que habrá la tecnología adecuada para retirar el material nuclear fundido de sus reactores, cuya alargada sombra sigue proyectándose sobre el futuro de Japón.