Un vehículo de policía vigila la plaza de Tiananmen en Pekín, China, durante los preparativos del desfile
Un vehículo de policía vigila la plaza de Tiananmen en Pekín, China, durante los preparativos del desfile - efe

Pekín encierra en casa a sus ciudadanos para el desfile por la victoria sobre Japón

Por primera vez, China celebra mañana una parada militar en el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial para mostrarse como superpotencia

pablo m. díez
Actualizado:

Para que una ciudad como Pekín, que tiene más de 20 millones de habitantes, se quede prácticamente desierta tiene que pasar algo muy grave o muy importante: una epidemia (Buda no lo quiera), la noche del Año Nuevo chino o, como es el caso en esta ocasión, un gran desfile militar. Para conmemorar el 70 aniversario de la victoria de China sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial, 12.000 soldados marcharán este jueves por la plaza de Tiananmen acompañados de 500 vehículos, como tanques y lanzaderas de misiles, y 200 aviones y helicópteros. A las tropas del Ejército Popular de Liberación, que mostrarán su más avanzado armamento, se sumarán las de otros 17 países, como Rusia, Serbia, Cuba, México y algunos vecinos asiáticos.

Dentro del auge del nacionalismo en Extremo Oriente, se trata del primer evento de estas características que organiza el autoritario régimen chino para festejar el fin de la contienda. Dirigiendo su primer desfile, el presidente Xi Jinping pronunciará un discurso que será seguido con especial atención en Japón, que firmó su rendición el 2 de septiembre de 1945 tras las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. «Esperamos que, a través del desfile militar de este año, la historia y el futuro se conecten, China y el mundo se conecten y el mensaje de paz y desarrollo pueda difundirse», anunció el general Qu Rui, encargado de dirigir a las tropas.

Aunque la parada militar recuerda «el triunfo del pueblo chino en la guerra de resistencia antifascista contra la agresión japonesa», como insisten machaconamente los medios controlados por la propaganda, se trata de una fiesta del pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo.

Desde este miércoles, y hasta que termine el desfile, millones de pequineses se ven obligados a quedarse en sus casas y no salir a la calle para que nada, ni nadie, estropee los fastos preparados por el régimen del Partido Comunista. La orden es particularmente estricta en los barrios del centro por donde pasará el desfile, que recorrerá Pekín de este a oeste por la avenida Chang'an y atravesará la plaza de Tiananmen. Bajo el retrato de Mao, que preside la entrada a la Ciudad Prohibida, se han instalado tribunas para las autoridades, periodistas y el selecto grupo de invitados meticulosamente escogido para asistir a la celebración. El resto tendrá que quedarse en su casa viendo el desfile por la televisión, ya que la Policía ha dado orden a los guardias de seguridad de los bloques de viviendas para que los vecinos no salgan a la calle. En realidad, eso no significa que un vecino no pueda sacar al perro a la puerta de su edificio, pero bastan las notas de la Policía mandando quedarse en casa para que todo el mundo las cumpla a rajatabla. Y, además, tampoco es que se pueda hacer nada fuera porque las calles están vacías.

En medio de un ambiente extrañamente fantasmagórico para una ciudad superpoblada como Pekín, los restaurantes, comercios y bares han cerrado sus puertas durante estos tres días de vacaciones, en los que los trabajadores no tendrán que ir a sus oficinas ni fábricas ni los estudiantes al colegio o la universidad. Con el tráfico cortado en el centro de la ciudad, más de 20 paradas de siete líneas de metro serán clausuradas desde esta medianoche hasta pasado el mediodía del jueves, una vez haya concluido el desfile. Lo mismo ocurrió cuando, hace dos semanas, tuvo lugar su ensayo general, que paralizó por completo la ciudad.

«Esto es un fastidio. No podemos ir a ningún sitio. ¿Y todo para qué? Por un estúpido desfile para lucir músculo militar y demostrar que China es una superpotencia. Otros países, como Estados Unidos, no necesitan hacer este tipo de alardes», se queja un pequinés que vive cerca de la avenida de Jianguomen, por donde pasarán los soldados, y prefiere no decir su identidad.

Al margen de estos inconvenientes, el régimen chino quiere aprovechar la ocasión para exaltar su creciente nacionalismo frente a Japón y recordar sus atrocidades durante la ocupación, que duró desde 1931 hasta 1945. Por ese motivo, ni el primer ministro nipón, Shinzo Abe, ni los dirigentes de las principales democracias occidentales acudirán al desfile, pero sí lo harán los principales aliados de Pekín, como el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el de Pakistán, Mamnoon Hussain.

«Si China enfatiza en exceso 'la victoria sobre Japón' de hace más de 70 años para hacer un asunto de la Historia, lo que ocurrió en el pasado no contribuirá a la paz regional ni a la cooperación», advirtió este miércoles en su comparecencia ante los medios en Tokio el secretario de Prensa del Ministerio de Exteriores nipón, Yasuhisa Kawamura. El Gobierno de Japón, con el que Pekín mantiene serias disputas territoriales e históricas, no enviará a ningún representante al desfile.

Aunque más de una veintena de jefes de Estado y de Gobierno presenciarán la parada militar, de la Unión Europea solo estará presente el presidente de la República Checa, Milos Zeman. Mientras Francia e Italia enviarán a sus ministros de Exteriores, otras democracias occidentales, como Estados Unidos, Alemania y Canadá, delegarán en sus embajadores. A título personal asistirán el ex primer ministro británico, Tony Blair, y el de Japón, Tomoiichi Murayama, quien en 1995 pronunció la declaración más sincera de disculpas de su país por su pasado belicista.

Además del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, otros invitados destacados son la presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye; el de Sudáfrica, Jacob Zuma; el de Venezuela, Nicolás Maduro; y el de Egipto, Abdel-Fattah El Sisi. Junto a ellos, figuran los mandatarios de países vecinos como el rey de Camboya, Norodom Sihamoni; y los presidentes de Kazajistán, Nursultan Nazarbayev, y Mongolia, Tsakhiagiin Elbegdorj.

Con este desfile, el autoritario régimen chino volverá a lucirse en una fiesta para deslumbrar al mundo con su poderío militar y llenar de orgullo a su pueblo, pero este solo podrá presenciarlo por televisión al no poder salir a la calle.