El cadáver del político Aldo Moro en el maletero de un coche en Roma, en mayo de 1978
El cadáver del político Aldo Moro en el maletero de un coche en Roma, en mayo de 1978 - ap
35 aniversario

El atentado de la estación de Bolonia, epítome de los «años de plomo» en Italia

La mañana del 2 de agosto de 1980, una bomba provocó la muerte de 84 personas y dejó más de 200 heridos

silvia nieto
Actualizado:

El 2 de agosto de 1980, Maria Fresu esperaba junto a su hija Angela, de tres años, en una sala de la estación ferroviaria de Bolonia. Ese día ambas salían de viaje al Lago de Garda, situado al pie de los Alpes. Nunca llegaron a su destino. Sobre las diez y media de la mañana, una bomba explotó y acabó con la vida de 84 personas. Alrededor de 200 resultaron gravemente heridas, como las hermanas Maria y Clara Trolese, de 16 y 15 años, que sufrieron quemaduras en todo el cuerpo. Tres décadas y media más tarde, Italia todavía padece las secuelas de uno de los peores atentados perpetrado por un grupo neofascista en el país.

«Maria Fresu tendría ahora mi edad, sería abuela. La identificaron días más tarde, en pequeños fragmentos», explicó Marco Marozzi, enviado del diario italiano «La Repubblica» para cubrir la masacre, en una crónica de agosto de 2013. Cuando llegó a la estación, lo primero que contempló fue el amasijo de ruinas y cadáveres provocado por la bomba: «Un fuego amarillo, naranja, negro. Un hongo de humo. El polvo que se mezclará durante horas con el calor. La oscuridad, el infierno. Nos hundimos los hombres, las objetos, los vivos, los muertos».

El atentado contra la estación de Bolonia fue el epítome de la oleada de violencia que azotó a Italia desde el final de la década de los años 60. Acabado el crecimiento económico de la postguerra, retratado con la mirada crítica de Federico Fellini en la película «La dolce vita» (1960), las tensiones aumentaron en el país. El primer ataque de envergadura se produjo contra el Banco de Agricultura de Milán, donde murieron 16 personas en diciembre de 1969. Los responsables, tres fascistas, fueron sentenciados a cadena perpetua una década más tarde. La aparición del grupo terrorista de extrema izquierda Brigadas Rojas agravó la situación.

Años de plomo

Durante la Guerra Fría, la situación de Italia era excepcional. Las tensiones se traducían en la dicotomía política. La Democracia Cristiana, un partido conservador, católico e inmerso en intrigas y corruptelas, gobernaba el país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Fundado por Alcide de Gasperi en 1942, su líder más carismático fue Giulio Andreotti, el siete veces primer ministro retratado en la película «Il Divo» (2008), de Paolo Sorrentino. El periodista italiano Indro Montanelli resumió así el talante de ambos personajes: «Cuando entraban en una iglesia, De Gasperi hablaba con Dios y Andreotti con el cura».

Ante la hegemonía de la Democracia Cristiana se alzaba el poderoso Partido Comunista de Italia, que en las elecciones generales de junio de 1976 obtuvo el 34% de los votos, frente al 38% de los conservadores. Enrico Berlinguer, uno de los impulsores del eurocomunismo junto al francés Georges Marchais y el español Santiago Carrillo, fue nombrado secretario general de la formación en 1972. Con iniciativa reformista, Berlinguer intentó impulsar el «compromesso storico», el compromiso histórico, una política de acercamiento a la Democracia Cristiana posible gracias a la mano tendida por Aldo Moro. La extrema izquierda se sintió traicionada. En marzo de 1978, las Brigadas Rojas secuestraron al democristiano, al que ocultaron en un piso de Roma y asesinaron dos meses más tarde. Su cadáver apareció en el maletero de un coche, tiroteado.

En abril de 2014, el primer ministro italiano Matteo Renzi indicó su deseo de desclasificar la documentación relativa a los años de violencia. «Se trata de un deber hacia los ciudadanos y los familiares de las víctimas», señaló entonces. Un asunto controvertido, dado que la complicidad o no de los servicios secretos u otros actores en algunas de estas matanzas alimentan sospechas y teorías de la conspiración.