RQ-1 Predator
RQ-1 Predator - epa

Estados Unidos, los drones y la gallina ciega

Los drones llevan años matando a civiles, pero han tenido que morir dos cooperantes occidentales para que Washington empiece a darse cuenta de que no es un método infalible para eliminar el terrorismo sin daños colaterales

f. j. calero/a. alamillos
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Obama reconoció ante las cámaras de medio mundo «un error» en la operación contra un campamento de Al Qaida en la frontera entre Pakistán y Afganistán. Ese «error» consistía en la muerte por un ataque de un drone controlado por la CIA de dos cooperantes occidentales, el estadounidense Warren Weinstein (73 años), y el italiano Giovanni Lo Porto (39 años). El presidente de EE.UU. asumió «toda la responsabilidad» y subrayó que como padre y marido entiende perfectamente el dolor de las familias de los dos hombres.

Las muertes se produjeron al atacar un campamento de Al Qaida, en el que falleció además un miembro estadounidense de la rama yihadista, Ahmed Farouq. Como informó el corresponsal de ABC en Washington, el presidente de Estados Unidos «tuvo» que comparecer, obligado por una información de «The Wall Street» sobre este hecho producido el pasado enero. Ahora, Obama se ha comprometido a desvelar a las familias de las víctimas todos los detalles de la operación, hasta ahora clasificados, tras excusarse diciendo que los responsables desconocían que en el campamento había rehenes de Al Qaida.

Así las cosas, las muertes de los cooperantes lo ha puesto de nuevo en el centro del debate. « The New York Times» abría la edición digital del pasado viernes con un análisis acerca de la incómoda realidad de los drones: «Estados Unidos a veces no puede asegurar a quien va a matar». El autor recuerda un discurso de Obama sobre los drones de 2013, en el que aseguraba que no se disparará a menos que se tenga la certeza de que ningún civil pueda salir herido. Además, Obama añadió que las muertes de civiles a manos de estadounidense le perseguirán toda su vida.

En este «error» reconocido por Obama no entran los cientos de víctimas civiles, hasta 1063, según estimaciones del «Bureau of Investigative Journalism», después de operaciones como esta. Para algunas oenegés contrarias al uso de drones para la guerra, estos muertos sin nombre son considerados como condenados a pena de muerte sin juicio previo.

Pocos días después del 11-S, y tras años de investigación y desarrollo, la CIA ejecutó a su primer objetivo mediante un avión no tripulado, o drone. Desde entonces, los ataques con estos dispositivos han jugado un importante rol en la «guerra contra el terror» de Estados Unidos en países como Afganistán, Pakistán, Yemen o Somalia.

Todo empieza en Yemen

Todo empezó en Yemen. Durante la administración Bush, según se incluye en la revista «A Fondo», la CIA dirigió en este país, actualmente en guerra, un drone RQ-1 Predator contra un vehículo en movimiento. Los disparos con misiles Hellfire acabaron con seis personas que iban en el vehículo, acusadas de estar vinculadas a Al Qaida, entre ellas, un alto dirigente de la organización, Abu Ali al-Harithi.

Tras los primeros éxitos, la CIA incluso señaló que sus drones eran «el arma más precisa jamás inventada», tan perfecta, que los civiles nunca más serían víctimas colaterales de la guerra, según recoge el analista Chris Wood en su libro «Justicia súbita: la guerra secreta de los drones de Estados Unidos».

Sin embargo y a pesar de la intensa actividad de Al Qaida, Estados Unidos no volvió a realizar «asesinatos selectivos» desde 2002 hasta 2009, el año de la llegada al poder de Barack Obama.

Tras un ataque con drones estadounidenses en la ciudad paquistaní de Khashamir, en septiembre de 2013, que además de matar a dos terroristas de Al Qaeda se cobró también la vida de un clérigo y un policía ajenos al grupo yihadista, cada uno de los hombres, mujeres y niños de la localidad vieron las fotos de los restos del ataque, según recogió la organización Human Rigths Watch en un informe titulado «Entre un dron y Al Qaida», en 2013. Todos ellos vieron los cuerpos desmembrados. Ahora, cuenta un familiar de las víctimas a HRW, «cuando los del pueblo ven esas fotos, piensan en Estados Unidos».

Sin que mueran soldados

A Obama le gustaba la idea de retomar las operaciones de asesinatos selectivos con drones: podía acabar con terroristas peligrosos en poco tiempo y sin poner en juego la vida de soldados estadounidenses. Cada militar muerto es una pesadilla de relaciones públicas, especialmente para un Gobierno como el de Obama, que llegó al poder hablando de salir de Irak y que en cambio ha acabado metido en el fango hasta la cintura en otras guerras sucias, mientras que la muerte de civiles en Pakistán, siempre susceptibles de ser catalogados como terroristas o afines a grupos terroristas, no lo es.

En Pakistán, Yemen y Somalia, la administración de Obama ordenó más de 400 ataques con drones, ocho veces más que los ordenados durante la presidencia de George Bush, según señala el TBIJ.

Y no sólo paquistaníes, afganos, yemeníes o somalíes (países donde EE.UU. despliega de forma oficial sus drones). Lo peor para Washington, por tener un coste político incalculable, serían las víctimas estadounidenses. Hasta ahora lo habían sido sospechosos por terrorismo -aunque solo uno, Anwar al-Awlaki, imán acusado de servir a Al Qaida, era un objetivo de la inteligencia-. Pero con la muerte de Warren Weinstein (ya irían ocho norteamericanos) a tiros por un drone, este hecho se convierte de inmediato en carne de cañón para los críticos del que supuestamente era un método infalible con el que cumplir objetivos sin daños colaterales.