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China y Hong Kong, «dos países y un único sistema»

La fórmula de Pekín para respetar la autonomía de la excolonia británica («Un país, dos sistemas») ha salido al revés, ahondando las diferencias entre la isla y el continente

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Cuando China recuperó Hong Kong en 1997 tras 155 años de ocupación británica, se comprometió a respetar su sistema capitalista y sus costumbres, como las carreras de caballos o las discotecas. Pragmático, Pekín se sacó de la manga las fórmulas de «un país, dos sistemas» y «alto nivel de autonomía» para no espantar a los hongkoneses, temerosos de perder su hegemonía como centro financiero y comercial de Asia bajo un régimen comunista. Con el tiempo, el proceso fue más bien al revés. Apoyada en buena medida por los bancos y magnates de Hong Kong, China abrió su economía al capitalismo mientras se modernizaba a marchas forzadas.

Hoy ambas comparten el mismo sistema capitalista, pero no está tan claro que en la práctica funcionen como un único país. Dejando a un lado la autonomía del Gobierno regional, que debe seguir las órdenes de Pekín en los asuntos importantes, los chinos necesitan visado para entrar en Hong Kong y sólo 50.000 al año pueden obtener el permiso de residencia por el pequeño tamaño de este enclave superpoblado.

Aunque Pekín ha incrementado tanto los viajes turísticos como los asentamientos en Hong Kong, hay dos comunidades diferenciadas en parte por la lengua (el cantonés de la isla frente al mandarín del continente) y, sobre todo, por la cultura, que es la que forja el espíritu nacional. Según la última encuesta anual de la Universidad de Hong Kong, de junio, el 40 por ciento se considera hongkonés y el 27 por ciento hongkonés de China; mientras que el 19 por ciento se considera chino y el 11 por ciento chino de Hong Kong.

Estas diferencias han aflorado con las protestas reclamando democracia al régimen de Pekín, que muchos miembros de la comunidad china se han tomado como una afrenta a la madre patria. Por eso, mientras un contrario a las protestas enarbolaba estos días la bandera roja con las cinco estrellas amarillas de la República Popular, un simpatizante le recomendaba volverse a China si no le gustaba Hong Kong.

Para acabar con esta brecha, Pekín intenta fomentar el nacionalismo chino desde las aulas. Pero, hace dos años, los mismos estudiantes que ahora lideran la Revolución de los Paraguas se manifestaron en masa contra una Ley de Educación Patriótica que consideraban un lavado de cerebro y forzaron su retirada.

«En Hong Kong promovemos las mentes abiertas, la creatividad y las habilidades comunicativas, mientras que la escuela china trata de imponer la doctrina del Partido Comunista», explica Man Ng, antiguo maestro que asesora a centros de enseñanza. «A los hongkoneses, sumamente respetuosos con las formas, les irrita además el rudo comportamiento de los chinos, que vienen de turismo en masa y disparan los precios», expone Man Ng, quien también señala que «muchas mujeres embarazadas de Shenzhen cruzan la frontera y dan a luz aquí para que sus hijos sean ciudadanos de Hong Kong y puedan disfrutar de sus colegios y hospitales».

En el extremo opuesto, un detractor de las protestas, que se identifica como Hong Kong-er (hongkonés en inglés o Hong Kong II en mandarín) para evitar decir su nombre real, denuncia una campaña contra los chinos por medios como el periódico «Apple». «Los estudiantes dicen que el Partido Comunista nos lava el cerebro, pero a ellos se los lava ese diario, cuyo dueño solo publica noticias negativas sobre el Gobierno y su corrupción y sobre los chinos que vienen a Hong Kong», criticaba haciendo referencia al magnate Jimmy Lai, una de las voces más combativas con Pekín.

Partiendo de estas diferencias educativas y de su desarrollo histórico, a hongkoneses y chinos los separa algo más que la frontera de Shenzhen; los divide un mundo, como si fueran dos países, pero bajo un mismo sistema.