Las víctimas de Ruanda, veinte años buscando justicia
Dancila Nyirabazungu, una de las supervivientes del genocidio ruandés, en el memorial de la iglesia de Ntarama, donde miles de personas fueron masacradas - efe

Las víctimas de Ruanda, veinte años buscando justicia

Supervivientes del genocidio de 1994 en el país africano rememoran en ABC unos crímenes con todavía aún muchas heridas que cicatrizar

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Veinte años después del inicio del genocidio de Ruanda, los recuerdos de Rose Mukamusana se astillan en la voz.

«Mi padre fue asesinado el 8 de abril 1994 en Kigali. Dos días después también lo sería mi marido», reconoce en conversación con ABC.

Durante semanas, Mukamusana vagaría por las calles de la capital de Ruanda huyendo de las masacres contra la población (mayoritariamente) tutsi. Su refugio final y el de sus hijos, el orfanato dirigido por Damas Gisimba, miembros de una familia mestiza de hutus y tutsis, y donde residirían por un año.

«El marido (de Rose) era amigo mío antes del genocidio, vivía a solo 600 metros de mi casa», asevera Gisimba, en cuyo hospicio se cobijaron de las matanzas entre 400 y 500 personas. Apenas una isla de salvación en un océano de 800.000 muertos. Decenas de ellos, familiares de la joven Rose Mukamusana. Solo tenía 31 años.

Ahora, dos décadas del inicio de estos crímenes, Mukamusana trabaja como coordinadora de la organización «Avega», dedicada a ofrecer apoyo psicológico y económico a las viudas del genocidio.

«En este tiempo, ha habido un cambio notable en la vida de estas mujeres, pero sigue siendo una tarea muy difícil de realizar», destaca esta antigua víctima, convertida en improvisado ángel custodio.

Para muestra, un leve apunte sanitario: De las 1.125 mujeres entrevistas por la organización (de cerca de nueve mil tratadas), al menos el 67% eran portadoras del VIH. Muchas de ellas, violadas y contagiadas por sus asaltantes.

«Es posible perdonar, pero no debemos olvidar», destaca el obispo John Rucyahana, quien preside la Comisión Nacional para la Unidad y la Reconciliación, encaminada a cerrar las heridas del genocidio.

Que nadie se engañe, la cirugía moral no resulta sencilla. Sobre todo, frente al maniqueísmo del post-conflicto.

En febrero, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (ICTR) absolvía a Augustin Ndindiliyimana, uno de los principales líderes de la policía paramilitar ruandesa, de los cargos relacionados con el genocidio.

Para el tribunal, Ndindiliyimana (uno de los militares de más alto rango juzgados por esta corte con sede en la ciudad tanzana de Arusha) no tenía «suficiente autoridad» sobre sus subordinados, por lo que los once años que ha permanecido a la espera de juicio ya son suficiente condena.

En este sentido, la conocida como Ibuka, una asociación de supervivientes del genocidio de Ruanda, denunciaba la «escandalosa» decisión.

«Es una negación de la Justicia», asegura Jean-Pierre Dusingizemungu, líder del grupo de supervivientes.

Sin «peces gordos»

Establecido desde 1995 en la ciudad tanzana de Arusha, el ICTR ha llevado a cabo cerca de 50 juicios con 29 resoluciones. Sin embargo, la mayoría de los «peces gordos», tales como Félicien Kabuga, quien alimentó el genocidio de Ruanda desde la Radio Télévision Libre des Mille Collines, de la que era propietario, continúan en paradero desconocido.

Y es ahora, con el esperado cierre del tribunal a finales de año, cuando se abren aún más incógnitas. Primero, ante el impacto económico que tendrá en Arusha la salida de la corte (que da empleo a cerca de 5.000 ciudadanos locales). Y, más importante aún, qué ocurrirá con tan importantes reos, muchos de ellos liberados en los últimos meses (más de veinte encausados han pasado diez años o más a la espera de juicio, en una detención preventiva que se volvió totalmente descontrolada).

Éste es el caso de Agustin Ndindiliyimana, detenido en 2000 en Bélgica, el regreso de a su país de origen resulta casi demencial. De igual modo, no parece demasiado probable que ningún Estado esté dispuesto a acoger a tan reputado reo, a pesar de su liberación.

Entretanto, ajenos a estas diatribas diplomáticas, Rose Mukamusana, Damas Gisimba o Jean-Pierre Dusingizemungu continuarán con su cruzada para cicatrizar las heridas del conflicto.