Gestos políticos que nos tocaron la fibra
Enrico Letta respondió con una misiva publicada en un periódico a la carta que un lector enfadado con el país había remitido a ese mismo rotativo - reuters

Gestos políticos que nos tocaron la fibra

No hay que remontarse a los «grandes» de la historia para encontrar ejemplos de mandatarios que espolearon a la humanidad por su viveza, espontaneidad o su rabia contenida

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  1. La carta de Enrico Letta, un torpedo sin «pay per view»

    Enrico Letta respondió con una misiva publicada en un periódico a la carta que un lector enfadado con el país había remitido a ese mismo rotativo
    Enrico Letta respondió con una misiva publicada en un periódico a la carta que un lector enfadado con el país había remitido a ese mismo rotativo - reuters

    Parece el de la política un oficio desgastado. Siempre más visto por los malos ojos cuando asalta un caso de corrupción o se destapa un escándalo sexual, lúdico o personal, que por los buenos cuando algún mandatario consigue una gesta, logra un acuerdo crucial o se retrata por su simpatía, su viveza, su naturaleza espontánea o, en una palabra, por su humanidad. El desencanto por la clase política está en su punto más álgido al albur de las corruptelas que se hacen rutina. Pero existe otro tipo de dirigente dedicado al servicio público y que debe ser noticia también por actuar de modo honrado. Y si hay algo que delata a los políticos son sus gestos. No es corriente ver a un alto dirigente llorando o dejándose arrastrar embriagado por la emoción. Pero haber, hay ejemplos, alguno de los cuales podrás ver en el siguiente repaso a esos grandes guiños políticos que aguijonearon conciencias y espolearon los ánimos de los oyentes. Algunos de ellos ayudaron de alguna manera a voltear el mundo desde el mismo minuto en que sorprendieron con su gran y simbólico ademán.Uno de los más recientes de esta selección que realizamos a vuelapluma, en un salto histórico muy voluble, lo protagonizó el primer ministro italiano. Pocos meses después de asumir su cargo, Enrico Letta publica una carta el pasado 2 de junio en el diario turinés «La Stampa». Una misiva abierta, dirigida como un torpedo directo al corazón del lector, del espectador, del pueblo del que ahora rige sus designios. ¿Cuántas veces se ha asistido a una publicación en la que un gobernante pida disculpas al ciudadano de forma sentida por los errores cometidos en el pasado y los emplace a superarlos en lo venidero? Letta exprimió por escrito la pena que sentía por aquellos conciudadanos que se habían visto obligados a emigrar a otros países azotados por la intensa crisis económica y por la impotencia por no poder dar alas a las oportunidades en su Italia natal. Según el jefe del Gobierno de coalición formado en el país transalpino, durante años los políticos que le precedieron «eludieron sus responsabilidades». Y de aquellos polvos... los lodos actuales.

    «Cuando a generaciones enteras se les arrancan la esperanza y la confianza -no en un arrebato, sino, peor aún, lentamente, día a día- no hay coartada o disociación personal y política que aguante», reza uno de los párrafos de esa publicación en el rotativo que sorprendió a toda Italia.

    Lo que hace todavía más icónico el gesto del dirigente del Partido Demócrata (PD) de centroizquierda es que la carta respondía a una de esas otras que envía un lector cabreado a un periódico y que parece que solo la lean unos pocos interesados. El lector se quejaba amargamente de cómo sus amigos se ven obligados a marcharse de «un país moribundo, sin esperanza y sin futuro».

  2. Pimentel y su dimisión, un gesto inusual y sin responsabilidad

    Manuel Pimentel, un ministro que estuvo 13 meses en la cartera de Trabajo y dio una lección insólita de honestidad en la política española
    Manuel Pimentel, un ministro que estuvo 13 meses en la cartera de Trabajo y dio una lección insólita de honestidad en la política española - abc

    Es la de Manuel Pimentel una de esas dimisiones que se recordarán allende los años. Por su honestidad política, por su lección inaudita en la política española. El ministro más joven del Gobierno y de la «era Aznar» pone fin a su carrera un buen día de febrero del año 2000. ¿Por qué? Lo llamativo de su cese «irrevocable» fue que el ministro dimisionario no tenía ninguna responsabilidad en el llamado «caso Aycart», pero sí uno de sus colaboradores y amigos, así como que el adiós llegó a solo 22 días de las elecciones generales y al cumplirse 13 meses de su nombramiento. Le sustituyó en la cartera de Trabajo y Asuntos Sociales Juan Carlos Aparicio. Pimentel da una lección cuando convoca a los periodistas interrumpiendo de pronto su descanso del fin de semana. No había meditado su determinación con el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar. «Las decisiones importantes se toman personalmente», responde al informador que le lanza el interrogante. Pimentel informa a los medios a las 19.11 horas en la sede de su hasta entonces Ministerio, vestido con su impecable traje azul oscuro combinado con una camisa azul de pigmentación clara. A las 19.35 horas remite su carta de despedida a La Moncloa, para telefonear posteriormente a los sindicatos y comunicarles su determinación.

    «Si tiene rédito electoral, será para el partido que tiene un ministro que dimite», dijo PimentelLa dimisión se debe a que la esposa de uno de sus colaboradores más fieles, Juan Aycart, director general de Migraciones, participa en la empresa Centro Politécnico a Distancia y Editorial, que había obtenido una subvención reciente de 2.000 millones de pesetas por parte del Inem. La imagen del Instituto de Empleo ligado colateralmente al Ministerio de Trabajo fue tremebunda para Pimentel, que además se confesó «engañado»: «Juan Aycart era más que un colaborador; era un amigo que no me había trasladado siquiera la existencia de esa empresa», dice y así lo recogen las crónicas de la época. Y éstas atestiguan al mismo tiempo otras frases tan necesarias como inusuales en política. «Los políticos deben asumir su responsabilidad por acción y por omisión», agrega, para ser interpelado por último acerca de si no pensaba que su despedida de esa guisa asestaría un revés electoral a la campaña del PP. Sorpréndase de nuevo con los términos en los que se va: «Si tiene algún impacto electoral será para darle más votos al partido que tiene un ministro que dimite porque asume su responsabilidad política». El PP barrió en las elecciones generales del 12 de marzo 2000.

  3. Elsa Fornero controló la cartera de Trabajo pero no su llanto

    Cuando la emoción y las lágrimas superan la trascendencia del momento: la responsable italiana de Trabajo no pudo contenerse al anunciar dolorosos ajustes - ap / vídeo youtube

    Volvemos a la Italia reciente para encontrar otro episodio político «diferente». El país se ha sometido, entre la crisis política arreciada por dirigentes que han antepuesto cualesquiera intereses personales a los de su pueblo y una crisis económica acuciante, a una de las etapas más duras de su historia. La ministra de Trabajo del anterior Ejecutivo tecnócrata de Mario Monti, Elsa Fornero, comienza de este modo en diciembre de 2011 a anunciar el paquete de ajustes: «Tenemos que hacerlo y nos produce un dolor psicológico; hemos tenido que pedir un...». Fornero se ve desbordada por el llanto que brota espontáneo y no puede poner fin a la frase.

    Tiene que ser Monti quien recoge el testigo de sus palabras inconclusas y completa: «Ella quiere decir sacrificios...». Y, no en vano, se trata de una batería de recortes realmente dura, los más dolorosos de los cuales atentan contra los derechos adquiridos por los pensionistas en «el país de la bota». El volumen del ajuste aprobado es d 30.000 millones de euros entre 2012 y 2014 y se corta el grifo de los gastos en 12.000 millones de euros.

    La sola instantánea de un alto cargo tan dolida no hace más llevadera la medida, pero sí consigue atenuar la devastadora sacudida inicial. Pasados los años, la imagen de lo restrictivo del «tijeretazo» sigue siendo Fornero bañada en lágrimas.

  4. El bombero y George W. Bush: la Nación se recupera del golpe

    George Walker Bush se apoya como sostén político y moral en el bombero Bob Beckwith y habla a los terroristas desde su megáfono - reuters. vídeo: youtube del momento

    La siguiente historia puede ser la de un presidente golpeado por un hachazo terrorista y renacido de los escombros. O también la del bombero Bob Beckwith y cómo su indumentaria y su megáfono se convirtieron en asidero del comentario político por el que se rememora a George Walker Bush en la «zona cero» del World Trade Center devastada por Al Qaida un 11 de septiembre de 2001. En esa data, Beckwith es un bombero retirado desde hacía siete años. Lleva a su nieto al hospital porque había sido atropellado cuando montaba en bicicleta. Bob acude al centro de Manhattan después de ver por televisión, como otros cientos de millones de personas, cómo dos aviones impactan contra las Torres Gemelas de su ciudad. Se asegura de que su nieto está bien, se va a casa, coge lo que necesita, incluido su viejo casco de bombero, y se dirige a la zona de la tragedia. Ayuda en todo lo que puede, en todo lo que recuerda acerca de cómo se desenvuelve un bombero profesional en medio de la catástrofe más inesperada.

    Cuando le sobreviene el malestar, llega el presidente norteamericano a la zona. Sus agentes secretos reclaman a Beckwith que aúpe a Bush hasta lo alto de un camión de bomberos para que dirija un «speech» a quienes luchan contra los efectos de la barbarie. El mandatario, no obstante, se decanta por pasar su mano por encima del hombro del bombero reempleado el 11-S, coge el altavoz de los bomberos y habla para los presentes. En mitad del discurso, un bombero grita desde la lejanía: «¡No te escucho, Bush!», a lo que el político cuyo índice de popularidad se dispara desde ese mismo instante responde: «Yo sí puedo escucharte, y el resto del mundo puede escucharte y los tipos que derribaron estas torres nos escucharán». Nunca un comunicado de prensa de un Gobierno fue más enérgico; nunca una declaración de guerra se coreó desde detrás de un megáfono con más fuerza. Los asistentes prorrumpen con vítores y cánticos de «U. S. A. (iu es ei) y Bush».

    No solo Bush sale ganando. Beckwith, aquel bombero que corrió en auxilio de aquel al que pudiera socorrer, ocupa la consiguiente primera plana de la revista «Time». Su historia pasa a representar los principios y el coraje demostrados por el cuerpo de bomberos de Nueva York y su ardua tarea aquellos días, y de la patria americana, en suma. «América Unida» («Una Nación, América, indivisible») es el titular con que la prestigiosa publicación rubrica la epopeya política. Mucho más eficaz que un arma. O un avión.

  5. El alcalde de Ermua encara a los radicales sin revanchismo

    Carlos Totorica pidió «no ser como ellos» ante la escalada de tensión que sacudió Ermua tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. «Ellos» eran los radicales y fanáticos filoetarras
    Carlos Totorica pidió «no ser como ellos» ante la escalada de tensión que sacudió Ermua tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. «Ellos» eran los radicales y fanáticos filoetarras - ángel de antonio

    De aquel alcalde socialista que estaba marchando hacia Madrid desde su natal municipio vizcaíno de Ermua para reclamar un polideportivo mucho se ha hablado desde que saltó a la palestra de la actualidad más triste en julio de 1997. Por causas ajenas a su voluntad. Tras recibir una llamada telefónica, el regidor da marcha atrás a sus pasos, regresa al pueblo que ya estaba tomado por una nube de medios de comunicación y atiende la necesidad de auxilio que tenía todo un municipio amenazado, amedrentado, coaccionado y derrengado por ETA. El chantaje mortal de un concejal de 25 años, el popular Miguel Ángel Blanco, se lleva a la práctica mientras Carlos Totorica piensa para sus adentros que es imparable el desenlace trágico. Sabía que habría que hacer frente no solo al consuelo y apoyo debidos a la familia Blanco Garrido, sino que pese a la ejecución dramática él tendría que mantener una firmeza sin quebranto contra los terroristas y sus acólitos.

    Totorica encabeza manifestaciones históricas de repulsa, jornadas de luto, sentadas con velas y actos cívicos en recuerdo del querido edil de su Consistorio. Es el icono de una rebelión ciudadana surgida de manera espontánea contra el afán de los filoetarras de imponer su ley de sangre. No obstante, en medio de la sinrazón, también da muestras de una cordura ciudadana como pocas. No se deja llevar por la ira que estallaba en su alma cuando una representación de comerciantes simpatizantes de Herri Batasuna (HB) denuncian que, en las postrimerías del brutal secuestro y asesinato a 48 horas de Miguel Ángel, están sufriendo un boicot por parte de la ciudadanía que conlleva una sangría económica alarmante.

    El regidor de todos los ciudadanos de Ermua desde el 20 de junio de 1991 considera que esa revolución no podía llegar a los extremos de una «caza de brujas» cuando acierta a comprobar cómo se están repartiendo octavillas y pasquines entre los habitantes de su pueblo, instando a no prodigarse en los establecimientos cuyos propietarios fueran simpatizantes batasunos. Totorica tacha ésta de «una actitud impropia de una sociedad democrática», precisamente la que defendería en vida Blanco Garrido, condena con coherencia inusitada el boicot a los radicales e insta a sus vecinos a que no den rienda suelta a una venganza que no devolvería en ningún aspecto un hálito de la vida arrebatada por los canallas. En las puertas de una «herriko taberna», frente a una tienda de un gerente de HB y en varias entrevistas se puede escuchar y leer la voz del alcalde del PSOE: «Son gentes como nosotros; tienen sus ideas, mejores o peores, más equivocadas o menos, pero desde el Ayuntamiento apostamos y queremos impulsar actitudes que no propicien el aislamiento, sino la integración de las personas».

    El solo hecho de imaginar a su municipio con reductos aislados, con vecinos metidos en un gueto de izquierda radical, y comercios hundidos ante la llamada del rencor sacude como un seísmo a Totorica. En aquellos panfletos, sus conciudadanos, los del lado de la bondad y el sentido común, escribían textualmente frases como ésta: «Vamos a hundirles como nos han hundido a nosotros y a cambiar la vida de los que apoyan a los asesinos». Una década después, en una gran entrevista concedida a David Guadilla del periódico «El Correo», Totorica reconoce que aquello «fue una vorágine; entonces no se podía pensar. Sabía que la situación se podía descontrolar y estallar en cualquier esquina». Afirma sin espíritu revanchista: «No podíamos permitirlo. Somos mejores que ellos». Retrotrae con su criterio a lo que sentía Ermua en ese momento, y él mismo, pero como primer edil responsable arrostró la situación sin dejarse vencer por la calamidad, el ánimo belicista y la desesperanza.

  6. Palomares y Fraga: una relación imperecedera

    Manuel Fraga, dándose un baño en las aguas de la población almeriense de Palomares para demostrar que no eran radiactivas
    Manuel Fraga, dándose un baño en las aguas de la población almeriense de Palomares para demostrar que no eran radiactivas - archivo abc

    Manuel Fraga era el carisma hecho política, o la política mudada en una personalidad carismática. Se podía estar más o menos de acuerdo, pero el «león de Villaba» tenía cosas de esas que forjan a un dirigente distinto y reconocido. El ciclón Fraga era un hombre gestual por excelencia, sabedor como pocos del valor de lanzar esas muecas al respetable. En su caso, deja una frase - el mítico «La calle es mía» de este robinsón irreductible de legajo de anaquel de biblioteca- y una imagen perenne para la historia: el controvertido baño que se da a mediados de enero de 1966 en las aguas que bañan la costa almeriense de Palomares. El entonces ministro de Turismo e Información se da una chapuzón para despejar duras, no dejar escapar a las oleadas de foráneos que venían a España en busca de la fórmula manida del «sol+playa» y encarna una de esas fotografías que valen mucho más que centenares de miles de palabras. Se cuenta que el atribulado ministro protagonizó, en realidad, dos baños, uno en Mojácar, a 15 kilómetros del accidente, hasta que llegó a la Playa de Quitapellejos de Palomares donde no se despellejó, sino que combatió con su propio cuerpo uno de los accidentes «broken arrow» (pérdida total de armas nucleares) más graves de la historia. Lo que pasó ya se conoce: dos aviones militares chocaron en el espacio aéreo que cubre Palomares. Una de las dos naves, un bombardero B-52, pierde durante el incidente cuatro bombas atómicas y una de ellas cae al mar Mediterráneo. Siete tripulantes mueren y cuatro logran salvarse merced al paracaídas. De la maniobra de rutina se pasa a sembrar el pánico a la peligrosidad radiactiva en la zona.

    Nunca corto ni perezoso, Fraga se hace acompañar de inmediato por el embajador de Estados Unidos en este país, Angier Biddle, ambos se enfundan el poco estético traje de baño y disipan el temor a una fuga nuclear con la primera ola. La imagen da la vuelta al mundo y llega hasta la gran pantalla. Hollywood da vida al percance en «Hombres de Honor», de George Tillman.

  7. El rugby y Mandela como catalizadores de la unión de un país

    4 de febrero de 2010: fotografía del expresidente sudafricano y premio Nobel de la Paz Nelson Mandela (izq.), emocionado mientras suena el himno nacional en un partido de rugby en Pretoria
    4 de febrero de 2010: fotografía del expresidente sudafricano y premio Nobel de la Paz Nelson Mandela (izq.), emocionado mientras suena el himno nacional en un partido de rugby en Pretoria - efe

    También Clint Eastwood elevó al séptimo arte («Invictus» es el nombre de la cinta) la categoría humana de Nelson Mandela simplificada y ejemplarizada con un gesto, que pone fin al «apartheid» más bravo en su país, Sudáfrica. El vínculo de «Madiba» con el rugby no es el de un mandatario por un deporte practicado en la nación.

    Su nombre tribal es «xhosa», pero todo el mundo conoce a Nelson Mandela como «Madiba». Se trata de una de las figuras más representativas de todo el siglo XX, aunque su inefable energía vital comienza a diluirse pasada la barrera de los 95 años en esta veintiuna centuria. Su gesto es de esos que no se olvidan, con toda probabilidad uno de los más gloriosos que ha dado un político en toda la historia. Él solito consigue la unificación de un país dividido a través de un deporte, el rugby, con 72.000 personas coreando en la grada de un estadio el nombre del máximo mandatario en 1995, en su querida Sudáfrica.

    Para comprender la valía de un gesto, ponerse una camiseta verde con el número 6 a su espalda y el nombre del capitán de la selección nacional, François Pienaar, y estrechar la mano de todos los jugadores de raza blanca antes de desearles suerte para el partido de sus vidas, la apoteósica final del Mundial de Rugby ante Nueva Zelanda, hay que saber quién era Madiba y qué significaba este deporte en el país que cierra el continente negro.

    Mandela siempre consiguió lo que se propuso y en el mundial organizado por su país cuando apenas llevaba un año como presidente fue la mejor prueba de ello. Había salido de prisión un lustro antes, tras haber sido condenado a 28 años de prisión por encabezar un movimiento pacifista que luchaba contra la tremenda segregación entre blancos y negros que subyugó durante casi todo el siglo a Sudáfrica, fue la mejor prueba de ello. El «apartheid» (segregación) había instaurado en el país una división extraordinaria que llegaba hasta la posibilidad de sentarse en uno u otro banco público. Los blancos eran los propietarios de todo, y los negros se veían obligados a emigrar o a vivir bajo el yugo. La clasificación racial llegaba a la apariencia, la descendencia o la aceptación social.

    Los blancos eran dueños de todo; los negros vivían bajo el yugo o emigraban Para superar todos estos rencores sedimentados en la convulsa historia del país, su principal dirigente escoge un deporte nacional, practicado solo por la raza dominante que promulgaba las leyes a su favor, la blanca. En la selección nacional de rugby sudafricana, solo había un mulato, el resto eran blancos. También era pálido Pienaar, el gran capitán a quien Mandela no duda en llamar a su despacho para resquebrajar de un plumazo el «apartheid» instalado desde hacía décadas.

    Los negros detestan este deporte y el evento internacional que iba a alojar Sudáfrica. Era un símbolo más de aquello que se les había impedido practicar, a golpe de decreto ley redactado por los blancos. Mandela pide a Pienaar que le ayude a lograr que los negros se identifiquen de alguna manera por esa plantilla de jugadores íntegramente blancos, mientras él mismo como presidente intenta introducir lo más posible un himno zulú para que los negros también canten en honor a aquel equipo.

    Dicen los historiadores y cronistas como el inglés John Carlin, que escribe la novela «El factor humano» (Seix Barral) donde repasa la figura de Nelson Mandela, que aquel mandatario de color logró reciclar la percepción que la población negra sudafricana tenía del rugby, un deporte que encarnaba el poder blanco, para lograr algo nunca visto hasta ese momento en todo el país, «que todos, blancos y negros, pelearan por un objetivo común». Y vaya si lo hicieron.

    En una final de infarto, Sudáfrica gana en la prórroga a Nueva Zelanda. Empuja el graderío compuesto al 95% por blancos, pero desde los bares, miles de negros se desgañitan enloquecidos por el rugby, exactamente igual que los de la otra raza. Antes de que el árbitro pitara el inicio del partido, se produce la imagen para la historia. Nelson Mandela, enfundado en una camiseta de los Springbooks de color verde, el color de la opresión blanca, llega al estadio una hora antes. Baja a saludar a los jugadores, y lo hace uno por uno, negro sobre blanco, blanco sobre negro. El silencio en el estadio parece interminable, hasta que más de 70.000 gargantas prorrumpen casi al unísono en un «¡Nelson, Nelson!» atronador.

    Basta repasar las declaraciones de los presentes para saber que eso fue más que un gesto político, fue un giro a la historia, a los tiempos: «En ese momento nos dimos cuenta de que había un país entero detrás nuestro y que este hombre tuviera puesta la camiseta de los Springboks era un signo, no solo para nosotros, sino también para toda Sudáfrica, que tenemos que unirnos y tenemos que unirnos hoy», comentó el jugador Joost van der Westhuizen. En la bancada rival, Jonah Lomu, el jugador estrella, apreció: «Primero te intimida darle la mano a Nelson Mandela con la camiseta de los Springboks, y te hace sentir que toda la presión estaba sobre nosotros porque ellos tenían a su presidente de su lado y tenían a un país unido después de años de lucha. Ese día todos estaban unidos». Y jugaban juntos. Así que no podían hacer otra cosa salvo ganar.

    Mandela reconocería que fueron minutos de angustia, casi más que aquellos en los que fue condenado a muerte e ingresó en el penal de Robben Island. La imagen ulterior de «Madiba» entregando el trofeo a su amigo Pineaar se guarece para siempre en la retina de las instantáneas más grandilocuentes del siglo XX, que Eastwood inmortaliza en su cinta con Morgan Freeman en la piel de Mandela y Matt Damon, encarnando la de François Pienaar.

    «Gracias por lo que habéis hecho por nuestro país», comenta Mandela al acreditar la victoria épica ante Pienaar, y el gran capitán de rugby, blanco, le dice a un negro: «No es nada comparado con lo que usted ha hecho por nuestro país». Nada menos que que el «apartheid» se dejara seducir para siempre por Mandela y tocase a su fin. Sudáfrica dejó de ser, en un día, el país más dividido del mundo.

  8. Obama 2.0 revoluciona la Casa Blanca

    El primer presidente negro ha hecho de la cercanía a los ciudadanos su principal baluarte
    El primer presidente negro ha hecho de la cercanía a los ciudadanos su principal baluarte - reuters

    Advierten quienes siguen de cerca la trayectoria política de Barack Obama que es un gran estudiante de Mandela y sus maneras. Y, en cierta manera, también es un unificador. O ése es, al menos, el «leitmotiv» de la campaña con la que un presidente negro escala por primera vez hasta la White House de Washington. El «Yes, we can» marca un antes y un después. En la primera potencia del mundo en la que todas las argucias electorales parecen descubiertas y explotadas, un líder afroamericano llega con sus modos 2.0 para revolucionar al electorado y transformar, a la postre, la Casa Blanca. Lo hace con una iconografía, una escenografía y una verborrea que incumbe a su mujer, Michelle Obama, y su familia. El matrimonio Obama es moderno, cercano, amable, dicharachero, espontáneo… Da muestras de ello en cada ámbito de su vida: en el familiar, donde se practica deporte y no se comen grasas; en el estilístico, donde Michelle es adalid de las nuevas y buenas tendencias; en el político, donde el pacifismo de Obama sacude la dependencia militar del país; y en el social, donde los usualmente distantes mandatarios se acercan a comer a un centro de acogida o distribuyen alimentos en plena catástrofe.

    La campaña de imagen alrededor de los Obama casi solo es comparable a la que engendró y arrastró el matrimonio Kennedy en los sesenta. A todos estos elementos hay que añadir que en la época que le ha tocado vivir a Barack Obama como primer espadachín de la política mundial las nuevas tecnologías ocupan un papel primordial, así que él mismo y su gabinete se han puesto manos a la obra para hacer de Twitter, las redes sociales y la comunicación instantánea y digital sus principales herramientas.

    Para muestra, el primer botón de su legado: la primera frase que se cuelga en el nuevo blog del presidente gallardo en la web de la Casa Blanca es «siguiendo el mismo camino que Abraham Lincoln hace 150 años» y se publica un minuto después de haber sido coronado como jefe de la Administración estadounidense. A partir de este gesto, abriendo una fórmula de comunicación directa con el ciudadano, el primer presidente negro que había dado Norteamérica sella lo que había quedado claro durante la campaña: necesita más canales de interlocución con el votante y ciudadano y va a apoyarse en internet como el mejor escudero para divulgar sus ideales políticos.

    El abogado nacido en Honolulu y radicado en Chicago, casado y con dos hijas, seguía no solo la estela de Lincoln como publicaban sus asesores en el primer bitácora, sino también, cómo no, la del idolatrado John F. Kennedy, cuando hizo gala de su dominio del nuevo medio, la televisión, y se enfrentó a Richard Nixon en un debate retransmitido para todo el país donde casi ridiculizó al contrincante y marcó una época, un hito en la forma de hacer política y la supremacía de los medios. Si Kennedy inauguró la etapa de los políticos audiovisuales, el tirón popular que se vive en 2008 y 2009 con el huracán despierto de la «Obamanía» consolida la entrada a otra era, la de los políticos 2.0 del siglo XXI.

  9. El beso de la historia no es el de Doisneau, sino el de Breznev y Honecker

    Leónidas Breznev (líder de la URSS) y Eric Honecker (líder de la RDA), en su eterno ósculo en junio de 1979
    Leónidas Breznev (líder de la URSS) y Eric Honecker (líder de la RDA), en su eterno ósculo en junio de 1979 - archivo abc

    El beso para la historia no es el que Robert Doisneau dejó plasmado por encargo de la agenda Rapho para la revista «Life Magazine» en el París del amor después de la Guerra Mundial, ni siquiera el ósculo del joven marinero y la enfermera que retrató el fotoperiodista alemán Alfred Eisenstaedt disparando su obturador en Times Square durante las celebraciones del Día de la Victoria sobre Japón el 14 de agosto de 1945. Que también.

    Pero el morreo con tintes de historicidad sempiterna es el que se dan los líderes comunistas Leónidas Breznev, jefe de Estado de la Unión Soviética, y Erich Honecker, líder de Alemania Oriental, en la conmemoración del treinta aniversario de la República Democrática Alemana (RDA) en junio de 1979. Lo hacen de forma espontánea o no como símbolo de ligazón socialista, de intereses comunes. Según cuentan los anales, a la fama de besucones de ambos dirigentes, precede que Honecker se convierte en líder del Partido Socialista Alemán en 1971 gracias al apoyo de su correligionario ruso. Como líder de la RDA, lanza una serie de reformas económicas que llevan al país dividido al llamado «socialismo de consumo», y traza desde entonces una auténtica historia de amor con su análogo y pareja de besuqueo. LA RDA y la URSS se necesitan y se lo dan todo: la primera se convierte en el paladín del comunismo en una época en la que éste está siendo muy cuestionado y la Unión Soviética garantiza la intervención del Ejército Rojo en Alemania en caso de estadillo popular de los detractores del presidente de la RDA. Hasta tal punto simboliza el ósculo la confraternización de dos dirigentes y dos Estados y dos ideologías unidas en una que hoy en día todavía puede verse un retazo pictórico de aquel beso en la cara oriental de los restos del muro de Berlín, pintado por el artista Dimitri Vrubel tras la caída de la barrera que separaba las dos Alemanias. Debajo de la obra, que tiene un título también muy elocuente -«El Beso de la Muerte»-, se puede leer el lema: «Dios, ayúdame a sobrevivir a este amor letal».

    Así las cosas, el líder germano-oriental repite beso con un máximo dirigente ruso, pero cambia de pareja: Mijail Gorbachov celebra de visita a la Alemania Oriental en octubre de 1989 el mismo aniversario, pero con diez años más, emulando el gesto y estampa idéntico beso a Honecker. Gorbachov anda metido en faena en el proceso de reformas categorizado como «la perestroika», con la intención de extender este cambio de estructuras socioeconómicas y políticas al resto de Estados aliados y firmantes del Pacto de Varsovia. ¿Quién se resiste a implantar ese cambio? Honecker.

    El beso de ambos roza la frialdad, el intercambio es solo de reticencias del dirigente comunista a comprometerse con la oleada de cambios que sopla desde Moscú. Días después de este cuadragésimo aniversario, se inicia la caída de Honecker al frente de la política de la RDA y comienza la apertura del Muro de Berlín, antesala de la reunificación alemana y del final de la Guerra Fría.

    Cuando Gorbachov llega al poder, el romance termina. No tenía intención de imponer su régimen político en Europa del Este, y su beso fue protocolario. Menos de un año después, la RDA había dejado de existir. Un chiste de la época muestra a Breznev mirando el avión de un mandatario extranjero que acaba de partir y exclama con sorna: «Como político, es horrible... pero ¡hay que ver cómo besa!».

  10. Suárez, el único e irrepetible, encara a Tejero el 23-F

    Adolfo Suárez, presidente del Gobierno de UCD, sale de su escaño en el momento en que los golpistas entran en el hemiciclo
    Adolfo Suárez, presidente del Gobierno de UCD, sale de su escaño en el momento en que los golpistas entran en el hemiciclo - manuel h. de león (agencia efe)

    El memorable comportamiento de Adolfo Suárez el 23-F es de los que no tienen parangón. La ciudadanía valora como en ninguna otra ocasión las imágenes que pasan uno y otro 23 de febrero de cada año la gallardía y la contención demostrada por el presidente del Gobierno de UCD. Suárez se juega el tipo, literalmente, en defensa de una democracia novel, pero que necesitaba reafirmarse por sí sola. Sin ayuda de las balas.

    El gesto de Suárez es el de un hombre sin miedo a morir que se queda sentado en su escaño, el principal del hemiciclo, mientras el resto de diputados tienen la reacción compartida por cualquier ser humano: refugiarse, agacharse, mientras el teniente coronel Antonio Tejero y los demás golpistas arredran con sus amenazas y disparan varias veces sus armas al cielo del Parlamento. Es más, entre el abulense de Cebreros y Tejero se produce un tenso diálogo, del que luego han participado otros ilustres de aquel Congreso de los Diputados de 1981. Alfonso Guerra reveló en 2012 que la noche del golpe de Estado Suárez trata de amilanar a Tejero para que desistra de su empeño. La acalorada discusión entre un armado y un jefe del Ejecutivo tiene lugar, cuenta el veterano parlamentario socialista, en una salita del Congreso de los leones adonde les conduce un ujier. El portero, como si fuera consciente de la trascendencia que iba a tener esa conversación, toma notas a mano de lo que escucha y con el paso de los años las transcribe literalmente:

    Suárez encara a Tejero: «¡Explique qué locura es ésta!»

    Tejero: «¡Por España, todo por España!»

    Suárez: «¡Qué vergüenza para España! ¿Quién hay detrás de esto? ¿Con quién puedo hablar?»

    Tejero: «No hay nada de qué hablar. Solo debe salir»

    Suárez: «¿Pero quién es el responsable?»

    Tejero: «Todos, estamos todos»

    Suárez: «Como presidente le ordeno que deponga su actitud»

    Tejero: «Usted ya no es el presidente de nadie»

    Suárez: «Le ordeno»

    Tejero: «Yo solo recibo órdenes de mi general»

    Suárez: «¿Qué general?»

    Tejero: «No tengo nada más que hablar»

    Suárez: «Le insisto, soy el presidente»

    Tejero: «No me provoque»

    Suárez: «¡Pare esto antes de que ocurra alguna tragedia, se lo ordeno!»

    Tejero: «Usted se calla. Todo por España»

    Suárez: «Le ordeno»

    Tejero: «Cállese, siéntese y usted (al ujier que escuchó la conversación y se la facilitó a Guerra) fuera».

    Del compromiso con la libertad y el sistema democrático de Suárez nunca se hablará suficiente. Pero este gesto, esta conversación transcrita, puede ser un valeroso inicio para hacerlo.